B. Aragoneses
(ZENIT Noticias / Roma, 27.02.2025).- Si hay algo con lo que Alejandro de la Concha se ha vuelto de Roma, del Jubileo de los Diáconos, ha sido con un sentimiento de acogida y de eclesialidad. Recién cumplidos los 60, él fue uno de los dos elegidos de la diócesis de Madrid —junto a Willy Vargas— para ser ordenado diácono permanente en Roma durante el Jubileo de los Diáconos. Fue el pasado domingo, 23 de febrero, en la basílica de San Pedro, en una ceremonia presidida por el arzobispo Rino Fisichella en sustitución del Papa Francisco.
«Me marcaron mucho todos los momentos de la ceremonia», explica recién llegado de Roma, este martes 25 de febrero. El de prometer obediencia al obispo, la postración en el suelo mientras se cantaban las letanías para implorar la gracia de Dios en favor de los candidatos… Y, como le pasó a Willy, cuando el arzobispo Fisichella le impuso las manos en el rito en sí de la ordenación «sentí como si Dios me dijera: “Aquí estás ya para ser diácono”». Un momento, resume, «de mucha intensidad».
Después, el abrazo de paz con el arzobispo y con el resto de hermanos diáconos, que le iban diciendo «bienvenido al Orden, bienvenido a la diaconía», le supuso un sentimiento profundo de acogida. «En todo esto he visto a la Iglesia cercana». Igual que cuando salieron, en procesión, al terminar la celebración, mientras el resto de diáconos permanentes congregados en Roma para el Jubileo, unos 4.000, no paraban de aplaudirles.
Alejandro se supo también acompañado por la Iglesia diocesana de Madrid. Antes de empezar la ceremonia, el obispo auxiliar de Madrid Vicente Martín, presente en Roma para el acontecimiento, se acercó «y me abrazó». «Esto es lo que me hacía falta —le dijo el ordenando—, el abrazo de mi obispo». Era «la Iglesia, que nos acoge de verdad». Y al terminar, el propio obispo auxiliar les mostró un mensaje de cercanía del cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid. «Esto no es una diaconía en solitario, es de la Iglesia universal y de la Iglesia particular en Madrid».
También como a Willy, a Alejandro le emocionó hasta las lágrimas el que sus compañeros ya diáconos permanentes que los habían acompañado a Roma le pidieran su bendición al terminar, en la plaza de San Pedro. Instantes antes había podido saludar a su esposa, Marisa —«el primer abrazo fue para ella»—, a sus hijos, al novio de su hija, a su hermano pequeño (en la imagn principal) y a un buen grupo de su comunidad de fe en la parroquia de la Epifanía del Señor (en la imagen superior, con Alejandro, de camisa blanca, en medio). «Yo creo que lloré con todos», reconoce el ya diácono permanente, aún emocionado. «Vaya regalo que nos has hecho, Alejandro», le dijeron durante la comida posterior, después de que bendijera la mesa, «que fue más acción de gracias que bendición». «El regalo es del Señor», pensó él.
Al día siguiente de la ordenación, el lunes, un día que aún pasaba en Roma ya que el vuelo salía a la tarde, «sentí la necesidad de volver a celebrar la Eucaristía allí». Así que al punto de la mañana se presentó en Santa María in Traspontina, en la misma Via de la Conciliazione y, ya con su certificado de diácono permanente, le preguntó al sacerdote si podía asistir en la Misa. «”Por supuesto”, me contestó». «¡Mi primera Misa como diácono, en el Vaticano!», exclama.
«Ha sido una experiencia eclesial muy potente», resume Alejandro, de la que se vuelve con «una sensación de gratitud hacia Dios» y una petición: «Que nos haga dignos de este ministerio».
Con información de Infomadrid
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