(ZENIT Noticias / Roma, 09.01.2026).- El 13 de diciembre, en un auditorio repleto en Friedrichshafen, sur de Alemania, el Padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad San Pío X (FSSPX), abordó una de las cuestiones más sensibles en torno al grupo tradicionalista: la posibilidad de futuras consagraciones episcopales y la profunda crisis que, según él, sigue afligiendo a la Iglesia Católica. Su enfoque fue mesurado, deliberadamente comedido y se presentó menos como un anuncio que como un llamado a la oración, la paciencia y lo que él mismo describió repetidamente como «prudencia sobrenatural».
Hablando en francés, con fragmentos traducidos al alemán, Pagliarani dejó claro desde el principio que no revelaría fechas ni nombres relacionados con posibles consagraciones. En cambio, pidió a los presentes que trataran el asunto como una seria intención de oración. Entre el público se encontraban figuras prominentes de la FSSPX, incluyendo a dos ex Superiores Generales: Mons. Bernard Fellay y el Padre Franz Schmidberger, cuya presencia subrayó la gravedad del momento. En el centro de la intervención de Pagliarani se encontraba el concepto de «estado de necesidad», un argumento canónico y teológico invocado desde hace tiempo por la Compañía. Recordó que el arzobispo Marcel Lefebvre llegó a esta conclusión en 1988, interpretando la reunión interreligiosa de 1986 en Asís como una señal decisiva que justificaba medidas extraordinarias. Lejos de disminuir, argumentó Pagliarani, esta situación se ha intensificado con el tiempo, especialmente durante el pontificado del papa Francisco.
«Tras el pontificado del papa Francisco», dijo, ese período incluyó decisiones «trascendentales, catastróficas… y perdurables». Aunque Francisco ya falleció, Pagliarani insistió en que los efectos de esas decisiones siguen arraigados en la vida de la Iglesia. En su evaluación, todo el pontificado «representa y expresa este estado de necesidad», una condición que, según él, ya justifica el apostolado de la Fraternidad, independientemente de cualquier debate sobre consagraciones.
Pagliarani concretó el concepto. Argumentó que ingresar a lo que él llamaba una parroquia común hoy en día ya no garantiza el acceso a los medios esenciales de salvación: la predicación de la verdad y los sacramentos. Este diagnóstico, dijo, es «mucho más fácil de observar» ahora que en 1988, cuando Lefebvre dio su paso más controvertido.
Revisando ese momento, Pagliarani describió las consagraciones episcopales realizadas en 1988 no como una ruptura imprudente, sino como «un acto de virtud», específicamente un acto de prudencia sobrenatural. Lefebvre, enfatizó, esperó, oró y actuó abiertamente solo cuando consideró el momento oportuno, a pesar de los profundos desacuerdos que lo rodeaban en ese momento. Con el paso de los años, añadió Pagliarani, el número de quienes reconocen el valor de esa decisión sigue creciendo.
Las consecuencias históricas de 1988 siguen siendo centrales en la narrativa de la Fraternidad. Dichas consagraciones llevaron a la declaración de excomunión automática del propio Lefebvre, de su co-consagrador, el obispo Antônio de Castro Mayer, y de los cuatro obispos ordenados en esa ceremonia. La FSSPX ha cuestionado constantemente la validez de dicha sanción. En 2009, años después de la muerte de los dos obispos consagrantes, el Vaticano levantó formalmente las excomuniones de los cuatro hombres supervivientes. Desde entonces, dos de esos obispos también han fallecido, dejando solo a Bernard Fellay y Alfonso de Galarreta entre los cuatro originales.
Si alguna vez se realizaran consagraciones adicionales, advirtió Pagliarani, la preparación tendría que ir mucho más allá de las discusiones y los detalles ceremoniales. Lo que se requeriría sobre todo es la formación de «corazones», mediante la oración y la preparación espiritual. Cualquier paso en este sentido, insistió, se tomaría por el bien de la propia Iglesia, no solo para atender las necesidades internas de la Fraternidad.
Para concluir, Pagliarani enfatizó la continuidad en lugar de la ruptura. La FSSPX, dijo, explicaría sus acciones a Roma y a los fieles «con la mayor transparencia» cuando llegara el momento. El espíritu de la Compañía, argumentó, no ha cambiado. La comparó con un cohete que puede cambiar de velocidad o altitud, pero sigue siendo fundamentalmente el mismo vehículo.
La pregunta que dejó pendiente fue deliberada y sin resolver. Reconoció las expectativas de muchos, incluso a riesgo de decepcionarlos, pero volvió al mismo estribillo: sin fechas, sin nombres, solo una invitación a la oración. Si el momento actual refleja el de 1988, sugirió, no es solo una cuestión de estrategia o de tiempo, sino de discernir si el estado de necesidad que Lefebvre identificó en su momento sigue exigiendo medidas extraordinarias hoy.
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