(ZENIT Noticias / Madrid, 22.07.2026).- El debate actual sobre la posesión demoníaca rara vez se desarrolla donde cabría esperar. No se encuentra necesariamente en el mundo de las películas de terror sensacionalistas ni en la televisión sensacionalista. Cada vez más, lo discuten médicos que han dedicado su vida profesional al estudio de la mente humana y que afirman que, en un pequeño número de casos, la explicación psiquiátrica no parece ser suficiente.
La última voz en adentrarse en este complejo terreno es la de José Miguel Gaona, neuropsiquiatra forense español cuyo reciente libro, «Posesión», fruto de cinco años de investigación y que abarca casi 1000 páginas. Sus conclusiones resultan sorprendentes precisamente porque provienen de un médico que inicialmente abordó el exorcismo sin ninguna intención de validar una explicación sobrenatural.
Gaona se involucró por primera vez en el tema hace aproximadamente 15 años, tras presenciar un exorcismo a un adolescente. Su interés inicial era puramente médico. Quería estudiar el comportamiento humano y, según él mismo afirma, al principio no consideró la dimensión sobrenatural. Su perspectiva cambió gradualmente tras asistir a cursos en la Pontificia Universidad Regina Apostolorum de Roma y, posteriormente, recibir permiso para observar varios exorcismos, incluyendo la instrucción del renombrado exorcista Padre Gabriele Amorth.
Su conclusión está cuidadosamente formulada, pero es inequívoca: cree que existe una fuerza maligna objetiva.
Sin embargo, esta postura no significa que considere a toda persona que afirma estar poseída como víctima de actividad demoníaca. Todo lo contrario. Según Gaona, la psiquiatría puede explicar la inmensa mayoría de estos casos. Estima que solo entre un 3 y un 5 por ciento se encuadran en la categoría de fenómenos que quedan fuera de las clasificaciones psiquiátricas establecidas.
Esta distinción es fundamental para el enfoque católico. La Iglesia no considera el exorcismo como un sustituto del diagnóstico médico. En circunstancias normales, una persona que cree estar poseída debe ser evaluada primero por profesionales médicos y de salud mental. Solo cuando se ha considerado seriamente una explicación natural plausible —y esta no logra explicar adecuadamente el fenómeno— puede un exorcista iniciar el proceso eclesial apropiado.
Las normas de la Iglesia son deliberadamente cautelosas precisamente por esta razón. Un exorcismo genuino no es un espectáculo público, y el rito se realiza normalmente con discreción, sin cámaras ni público. Esta cautela no es señal de incredulidad en lo sobrenatural; también es una protección contra diagnósticos erróneos, explotación y el daño espiritual que puede ocurrir cuando se confunde una enfermedad mental con posesión demoníaca.
Gaona, sin embargo, afirma que algunos casos lo han confrontado con fenómenos que no ha podido explicar convencionalmente. Recuerda un exorcismo en el que tuvo la impresión de que un adolescente se volvía más ligero y comenzaba a separarse del suelo. En otro caso, dice, presenció lo que parecía ser la materialización repentina de objetos metálicos. Reconoce la posibilidad de engaño y afirma que, como científico, ha cuestionado repetidamente sus propias observaciones.
Sin embargo, argumenta que algunos episodios eran difíciles de conciliar con la idea de una actuación ordinaria. También describe casos que implican un marcado rechazo de material religioso, una fuerza física repentina y aparentemente desproporcionada, y la capacidad de producir un lenguaje desconocido para la persona en cuestión, un fenómeno conocido en psicología como xenoglosia.
Uno de los casos que recuerda involucra a una niña de aproximadamente 40 kilogramos que, según cuenta, levantó en el aire al asistente de un sacerdote.
Estos relatos son extraordinarios. Son precisamente el tipo de afirmaciones que requieren cautela. Un testimonio individual, por muy sincero o impactante que sea, no equivale a una evidencia científica verificada de forma independiente. El hecho de que un médico no pueda explicar un suceso no prueba, por sí solo, una causa sobrenatural. Sin embargo, la conclusión opuesta es igualmente injustificada: que toda experiencia inusual deba clasificarse automáticamente como psicosis, esquizofrenia u otro trastorno psiquiátrico.
Este es el punto que plantea Richard Gallagher, un psiquiatra estadounidense formado en Princeton y Yale que imparte clases en el New York Medical College y la Universidad de Columbia. Durante aproximadamente 25 años, Gallagher afirma haber estudiado alrededor de 100 casos que consideró ejemplos genuinos de lo que él denomina posesión total, y haber asistido como observador a cerca de un centenar de exorcismos.
Según se informa, su escepticismo inicial se disipó después de que dos destacados exorcistas estadounidenses le presentaran casos que le resultaba imposible descartar como simples trastornos psiquiátricos. Gallagher ha descrito haber observado a personas con escasa formación académica que aparentemente hablaban latín y respondían a oraciones de maneras que consideraba difíciles de explicar mediante los mecanismos psiquiátricos conocidos.
Su postura no es que se deba abandonar la ciencia. Es precisamente lo contrario. Gallagher ha insistido en que cree en la ciencia, enseña en una universidad de medicina y se basa en el conocimiento científico a diario. Su argumento es que la investigación científica no debe confundirse con el materialismo: la convicción filosófica de que solo pueden existir causas materiales.
Esta distinción es importante en el debate sobre la posesión. La ciencia puede investigar síntomas, actividad neurológica, comportamiento y trastornos psicológicos. Pero la cuestión de si toda realidad posible puede reducirse a las categorías actualmente disponibles para la ciencia es una cuestión tanto filosófica como científica.
El trabajo de Gallagher ha recibido el apoyo de Joseph English, exjefe del Departamento de Psiquiatría del New York Medical College, quien ha argumentado que los informes de tales fenómenos siguen ocurriendo y no pueden simplemente descartarse con explicaciones médicas o psiquiátricas simplistas.
Al mismo tiempo, la cautela de la Iglesia Católica se ve reforzada por psiquiatras que trabajan estrechamente con exorcistas. Luigi Janiri, psiquiatra del Hospital Gemelli de Roma y profesor de la Universidad Católica, ha subrayado que solo una minoría de las personas que creen estar poseídas son realmente consideradas como tales. En la gran mayoría de los casos, afirma, existen trastornos psiquiátricos subyacentes.
Para Janiri, la solución no reside en elegir entre psiquiatría y exorcismo, sino en mejorar la competencia de ambas. Los psiquiatras deben comprender los criterios que pueden indicar un caso que requiere la atención de un exorcista, mientras que los exorcistas deben recibir la formación suficiente en psicopatología para reconocer cuándo una persona necesita atención psiquiátrica.
Ese modelo podría ofrecer la vía más responsable para abordar un tema fácilmente distorsionado por la credulidad y el desprecio. La tradición católica no exige que todo comportamiento extraño se atribuya a Satanás, del mismo modo que un médico no debe asumir que toda realidad que se salga de una categoría diagnóstica conocida es, por lo tanto, irreal.
El testimonio de Gaona y Gallagher no constituye prueba de posesión demoníaca en el sentido científico. Tampoco justifica convertir el exorcismo en entretenimiento. Pero sí plantea una cuestión que la medicina, la religión y la filosofía modernas no han resuelto definitivamente: si se puede obtener una descripción completa de la persona humana examinando únicamente el cerebro y el comportamiento.
Para la Iglesia, la respuesta es no. Y para dos psiquiatras experimentados que han dedicado décadas a observar algunos de los casos más insólitos imaginables, la evidencia que han encontrado los ha llevado a una conclusión incómoda para una visión del mundo estrictamente materialista: en un pequeño número de casos, no se puede descartar sin más la posibilidad de un mal espiritual objetivo.
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