(ZENIT Noticias / Roma, 11.10.2026).- Respuesta del padre Edward McNamara, legionario de Cristo, profesor de liturgia y teología sacramental en la Pontificia Universidad Regina Apostolorum.
P: Muchas representaciones artísticas antiguas que muestran la comunión llevada a los enfermos destacan claramente la presencia de una vela, a veces portada por uno o varios acólitos, pero hoy en día esto parece muy poco frecuente. Cuando un clérigo o un ministro extraordinario de la sagrada comunión retira hostias del sagrario para distribuirlas a los impedidos y a los enfermos, ¿deberían encenderse velas a ambos lados del sagrario? ¿Debería ocurrir esto también cuando se devuelven las hostias al sagrario? ¿Debería encenderse una o más velas en los hogares o habitaciones de hospital donde se da la comunión a los impedidos y enfermos? ¿Podrían o deberían uno o más acólitos disponibles llevar una vela de camino a cada hogar, si fuera prácticamente posible? Por último, ¿existen normas universales sobre los ornamentos litúrgicos requeridos para este rito? — J.D., Wagga Wagga, Australia
R: Las normas actuales para llevar la comunión a los enfermos no mencionan el uso de velas al trasladar la Eucaristía desde la iglesia hasta el domicilio o la habitación de hospital de la persona. En el caso de llevar la comunión a los enfermos, el ritual para la atención pastoral de los enfermos ofrece la siguiente instrucción:
«Cuando se lleva la eucaristía a los enfermos, debe transportarse en una píxide u otro pequeño recipiente cerrado. Se pedirá a quienes están con el enfermo que preparen una mesa cubierta con un mantel de lino sobre la que se colocará el santísimo sacramento. Se preparan velas encendidas y, donde sea costumbre, un recipiente con agua bendita. Se procurará que la ocasión sea especial y alegre».
Esta es la única mención de velas en este contexto particular.
Las rúbricas de los libros rituales antiguos eran más detalladas y preveían una procesión con palio siempre que se llevara la comunión a los enfermos. Cuando esto no era posible, se indicaba:
«Si el trayecto fuera largo o difícil, o incluso hubiera de hacerse a caballo, será necesario que el recipiente con el sacramento quede seguramente guardado en una bolsa de hermosa factura, y esta sujeta al cuello y asegurada al pecho, de modo que se impida que el sacramento caiga o sea sacudido fuera de la píxide».
En ese caso difícil, las formalidades ceremoniales, como velas y palios, se dejan de lado en favor de lo más esencial: llevar el consuelo y el sustento de la Eucaristía al enfermo.
Creo que las normas actuales, mucho más sencillas, no constituyen una concesión ni un signo de falta de reverencia, sino una adaptación práctica a las realidades de la vida moderna.
Las formas rituales originales se desarrollaron en Europa, donde la mayor parte de los enfermos y moribundos permanecían en su casa a corta distancia de su iglesia parroquial. Llevar la Eucaristía a los enfermos y moribundos con palio y velas no era solo un signo de adoración pública hacia el Santísimo Sacramento, sino también una invitación pastoral a toda la comunidad a orar por un miembro enfermo de una comunidad frecuentemente muy unida.
Si bien las normas actuales no exigen nada de esto, en caso de que las condiciones locales fueran análogas, no vería ningún inconveniente en que un párroco llevara la Eucaristía a los enfermos de manera solemne si ello resultara pastoralmente fructuoso.
En la actualidad, sin embargo, muchos enfermos o ancianos se encuentran en hospitales, residencias de mayores, o incluso en apartamentos o edificios de varias plantas. Incluso las casas particulares pueden estar bastante alejadas de una parroquia.
Esto significa que sacerdotes, diáconos y ministros extraordinarios a menudo deben llevar la Eucaristía a los enfermos en sus coches. Ciertamente, durante el trayecto deben hacer todo lo posible por mantener un silencio y un recogimiento reverentes, estando al mismo tiempo atentos al tráfico.
Dadas las realidades de la atención pastoral a los enfermos en nuestra época moderna, creo que quienes reformaron y simplificaron el rito hicieron bien en prescribir únicamente lo que se consideraba esencial.
Por último, como mencionamos en una respuesta anterior sobre los ministros extraordinarios, existen algunas normas y ceremonias diocesanas para la recepción de las hostias que se han de llevar a los enfermos, especialmente cuando esto se hace al final de la Misa.
Sin embargo, no existen normas actuales que exijan encender velas cuando se abre el sagrario para tomar hostias fuera de la Misa, ni para reponer las hostias después de administrar la comunión a los enfermos.
De hecho, esta última situación de hostias sobrantes debería evitarse en general, si es posible, mediante una cuidadosa preparación de las visitas o incluso dando dos hostias a uno de los acompañantes del enfermo en caso de que este no pueda recibir la comunión.
Una vez más, dada la variedad de situaciones, los rituales no establecen ninguna norma respecto a los ornamentos. Salvo en situaciones de emergencia, como un accidente de tráfico, el sacerdote o el diácono debería llevar al menos una estola morada o blanca.
Con respecto a los demás ornamentos, el ministro ordenado puede añadir un alba o un roquete e incluso una capa pluvial, si esto hace que la celebración de la comunión a los enfermos resulte más orante y pastoralmente fructuosa, no solo para la persona enferma sino también para la familia y la comunidad de fe en sentido más amplio.
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