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«L’Osservatore Romano», un diario especial con lectores especiales

Tesis doctoral del periodista y vicedecano de Humanidades Salvador Aragonés

BARCELONA, lunes, 27 agosto 2007 (ZENIT.org).- «L’Osservatore Romano» es un periódico especial, leído por «poca gente pero influyente», explica a Zenit Salvador Aragonés, corresponsal en Roma durante varios años de la Agencia Europa Press, de la que ha sido director en Cataluña durante 28 años, y autor de una tesis doctoral sobre el periódico vaticano fundado en 1861.

Aragonés, actualmente vicedecano de Humanidades de la Universidad Internacional de Cataluña (UIC), confiesa que la idea de esta tesis le surgió cuando era corresponsal en Roma.

«Siempre vi entonces, y ahora también, al diario “L’Osservatore Romano” como un periódico muy singular: el diario vive prácticamente de suscripción, tiene unos lectores muy influyentes, es el único diario de un Estado y el director lo nombra el mismo Papa y está escrito en una lengua –el italiano– y en Italia no lo consideran un “diario italiano”, porque es un diario publicado fuera de Italia, aunque sus redactores son todos italianos».

«También me interesó cómo es la redacción, cómo funciona el diario por dentro, ya que es un diario “de tarde” desde sus orígenes hace casi 150 años, cuando han desaparecido los diarios de tarde, y muchas más cosas».

Por lo que se refiere a los contenidos, ha podido constatar que «con Juan Pablo II “L’Osservatore Romano” incrementó fuertemente el contenido religioso y redujo su información italiana».

El investigador llega a la conclusión de que es un diario muy particular, «tanto por sus contenidos –muy centrados en lo que hace y dice el Santo Padre y que sigue una línea muy ligada a la Secretaría de Estado en información internacional–, como por su organización empresarial».

«Otra conclusión es que sus lectores son “especiales”, pues es un diario leído por poca gente pero muy influyente (periodistas, diplomáticos, dirigentes eclesiásticos y dirigentes de otras religiones), lo que hace que la influencia del diario no tiene nada que ver con la tirada».

«Otra particularidad es la relación que tienen los redactores con sus superiores y con la “empresa” que es el Estado del Vaticano, así como una cierta separación orgánica entre la redacción y los equipos de informática y de gestión del producto “L’Osservatore Romano”».

«Otra característica del diario es que no tiene deportes, ni críticas de cine, teatro y espectáculos, ni una sección propia de economía».

El investigador sugiere una «compaginación» en línea con las últimas opciones de los grandes periódicos del mundo, «con un formato más pequeño y con la introducción del color (todas las audiencias y actos del Papa que van a primera página deberían ir a todo color, desde mi punto de vista)».

Aragonés ha analizado también el carácter de representatividad que tiene «L’Osservatore Romano».

«Desde el punto de vista de la información específica del Vaticano –la sección “Nostre Informazioni”– y del Santo Padre, se podría decir que es un diario oficial, pero sólo en estos dos puntos, y en lo demás puede decirse que es oficioso, porque no ofrece el pensamiento oficial de la Secretaría de Estado o del propio pontífice, en multitud de artículos e informaciones, tanto si son temas religiosos, como si son de política internacional».

«Evidentemente no contradicen ni se desvían de la línea oficial, pero no exponen el pensamiento del Papa y por tanto los califico de “oficiosos”. La mejor definición que se ha hecho del diario la hizo el Papa Juan Pablo II, al decir que “es la voz del Papa”, y esto es lo que le da identidad al diario».

Y el diario logra el objetivo que se plantea, añade el investigador: «no engaña, va dirigido a un público fiel lector de sus páginas, transmite con máxima fidelidad la actividad del Papa, y es altavoz de la doctrina de la Iglesia en la opinión pública, en los casos en los que hay conflicto».

Por lo que se refiere a sus sugerencias de modernización en la presentación o en algunas de sus secciones, el autor de la tesis propone dar los pasos necesarios, pero sin «hacer reformas de la noche a la mañana».

«El “tempo” vaticano y la autoridad de «L’Osservatore Romano» exigen hacer las cosas sin precipitaciones», concluye.

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