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© Cathopic/Dimitri Conejo Sanz

Monseñor Enrique Díaz Díaz: “¿Estamos preparados para el final?”

XXXIII Domingo Ordinario

Malaquías 3, 19-20: “Brillará para ustedes el sol de justicia”.

 Salmo 97: “Toda la tierra ha visto al Salvador”.

 II Tesalonicenses 3, 7-12: “El que no quiera trabajar, que no coma”.

 Lucas 21, 5-19: Si perseveran con paciencia, salvarán sus almas”.

 

¡Cuánto nos puede enseñar la naturaleza! Un campesino reflexionaba: “¿Cómo crees que será la vida del más allá? ¿Será como las hojas que se caen y terminan podridas en la tierra? ¿Será como el tronco que parece muerto pero que lleva vida por dentro y apenas llega la primavera y vuelve a reverdecer? ¿O será como las semillas que cuando las sembramos se pudren y parecen morir pero que después brotan con una nueva vida diferente a la semilla? ¿Cómo será la vida después de la muerte? ¿Quién lo puede saber? Lo cierto es que cada día nos vamos acercando más y lo tenemos que aceptar. Yo confío en Dios y me siento seguro en sus manos, pero no deja de inquietarme”

Pregunta inquietante también para toda persona: ¿qué hay en el más allá? Jesús muchas veces habló de la vida que hay después de la muerte. Siempre lo hizo con parábolas e imágenes que nos invitan a una participación plena con el Padre pero que nos dejan muchas lagunas en cuanto a la forma concreta de la vida que tendremos más allá. Tenemos mucha curiosidad y muchas dudas, sobre todo cuando sufrimos la pérdida de un ser querido o hemos estado en inminente peligro de muerte. El pasaje que hoy escuchamos nos da pistas, no para descubrir cómo será el cielo, sino para enseñarnos la forma en que debemos llevar la vida en vistas al final que se avecina. Tres actitudes muy precisas nos recomienda hoy Jesús. La primera va en relación a las seguridades que tenemos y a los valores que las sustentan. Nada más importante para un judío que el templo pues significaba la presencia de Dios  que los acompañaba, sostenía y protegía en toda su historia. Sin embargo, para muchos de ellos la arquitectura y el poder de la religión habían desplazado la fe y habían convertido los sacrificios, los rituales y la construcción en signos más poderosos que el mismo Dios de Israel. Por sus rituales dejaban a un lado los mandamientos más importantes pedidos como verdadero culto: la misericordia y la justicia social. Que Cristo les diga que será destruido, es para ellos una verdadera blasfemia, pero para Jesús es rectificar y dejar bien claro que si el templo no posibilita una relación con Dios y con los hermanos, si provoca divisiones sociales y relaciones injustas, no puede ser el sostén de la religión. Se deja a Dios por un templo material. Llamada de atención también para nosotros que ponemos muchas veces nuestra confianza no en la presencia de Dios, no en la relación con los hermanos, sino en las estructuras materiales que subyagan y esclavizan.

Cuando llegan los desastres a nuestros pueblos, llegan también interpretaciones alarmistas sobre los últimos días. Profetas que se atribuyen conocimientos del fin del mundo y que tratan de infundir miedo para conseguir sus propios fines. Sin embargo las palabras de Jesús hoy nos ponen en alerta. Nadie puede decir “yo soy”, pues está apropiándose el nombre divino. Nadie será dueño del tiempo y la eternidad, sino solamente Dios. Es cierto que habrá persecuciones y divisiones, que habrá desastres, pero nuestra confianza debe estar bien firme en el Señor. Ya San Pablo reprendía a los habitantes de Tesalónica que pensando que el reino estaba ya próximo, dejaban de esforzarse y se dedicaban a la ociosidad. La Venida del Reino lejos de excusarnos de nuestras obligaciones nos llena de mayor entusiasmo y de esperanza para trabajar con más dedicación en su construcción. De ningún modo el pensar en la eternidad nos puede llevar a descuidarnos en nuestra tareas o a angustiarnos por lo que vaya a pasar. Jesús  nos llama a la verdadera esperanza que construye y dinamiza, que se sostiene en la presencia eficaz de nuestro salvador en medio de todas las dificultades. Cuando reconocemos que la violencia ha alcanzado límites insospechados se hace necesario recordar estas palabras. No podemos darnos por vencidos sin poner todo nuestro esfuerzo. Recordemos que Cristo afirma que cuando haya persecuciones y divisiones, “grábense bien… que yo les daré palabras sabias”.

La tercera invitación de Jesús es a permanecer firmes para conseguir la vida eterna. Y es curioso que cuando anuncia los peores desastres que llevan hasta la traición y el  asesinato,  insista en la verdadera actitud del cristiano: la esperanza en la vida plena. Esta es la enseñanza fundamental en este domingo: este mundo pasará, junto con sus conquistas, su tecnología y su desarrollo científico, del que tanto presumimos. Todas las cosas, por las que nos afanamos, a veces en exceso, se acabarán. Nuestra existencia en esta tierra concluirá, aunque no sabemos cuándo ni cómo. A veces cuando más seguros nos sentimos, es cuando sobreviene la desgracia ¿Estamos preparados para el final? Necesitamos reflexionar dónde estamos poniendo el corazón y qué importancia le estamos dando a las cosas, a las personas y a Dios. La construcción del Reino de Dios, no es de un momento, nuestra esperanza será para toda la vida y más allá. En la primera lectura el profeta Malaquías al mismo tiempo que amenazaba a los malvados daba esperanza a los justos: “Ya viene el día del Señor, ardiente como un horno, y todos los soberbios y malvados serán como la paja… Pero para ustedes, los que temen al Señor, brillará el sol de justicia, que les traerá la salvación en sus rayos” La actitud que Jesús nos propone en este día es levantar la cabeza, no tener miedo, trabajar con perseverancia y mantener viva la esperanza. Cristo Resucitado nos llena de fortaleza frente a las incertidumbres del momento final.

¿Cómo miramos nosotros el fin del mundo? ¿Qué sentimientos suscita en nosotros? ¿Somos hombres de esperanza que generamos una sano optimismo?

Concédenos, Señor, tu ayuda para entregarnos fielmente a tu servicio, porque solo en el cumplimiento de tu voluntad podremos encontrar la felicidad eterna. Amén

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