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Comida en familia - Pixabay

Monseñor Enrique Díaz Díaz: “Vivir con generosidad”

XXII Domingo Ordinario

Sirácide 3, 19-21. 30-31: “Hazte pequeño y hayarás gracia ante Dios”

Salmo 67: “Dios da libertad y riqueza a los cautivos”

Hebreos 12, 18-19. 22-24: “Se han acercado ustedes a Sión, el monte y la ciudad del Dios viviente”

San Lucas 14, 1. 7-14: “El que se engrandece a sí mismo, será humillado y el que se humilla será engrandecido

Las personas son como los árboles. Algunos crecen libremente y buscan alcanzar las alturas, dan frescura, sombra, flores y hasta frutos. Otros necesitan de otras plantas para crecer, pero al mismo tiempo que se nutren de ellas, las adornan, las protegen y hasta las tonifican. En cambio, algunas plantas parásitas, no conformes con nutrirse de otro árbol, lo ahogan, lo estrangulan y acaban secándolo. Igual las personas. Me agradan las plantas del café, no sólo por su exquisito fruto, sino por su estilo de vida. Pequeños y sencillos, necesitan árboles más grandes que les den la protección y la temperatura necesarias, que les nutran el suelo y que los protejan de los vientos, del sol y de las plagas. Siempre necesitan un árbol cercano, no para treparse en él, sino para juntos dar vida. Son bellísimos en flor, es rico el café, es admirable su forma de crecer, de vivir.

¿Nos sorprende lo que denuncia Jesús? Quizás nos parecería más extraño lo contrario. Nos cuesta ceder el paso, darle atención al otro, buscarle un lugar a quien lo necesita. La vida se ha tornado una competencia desenfrenada por conquistar lugares, por subir a lo más alto, no importa que se tenga que aplastar a los demás. Hemos hecho de la máxima griega: “más alto, más fuerte, más veloz…” una consigna de nuestra existencia. No es mala consigna cuando se entiende en su sentido más profundo, pero cuando es expresión de un egoísmo y una ambición desmedida, cuando nada sacia el corazón del hombre, la persona se torna un saco agujerado que nada es capaz de llenarlo y siempre está deseando más y más, a costa de los hermanos. A tal grado se ha ilusionado con tener más y poder más, que con que con frecuencia lleva una vida hueca, triste y vacía porque nunca tiene bastante. En su afán de buscar tener más y subir más, muchos terminan llevando una existencia desabrida, inmersos en sus ambiciones, insatisfechos por no alcanzar los logros, siempre anhelando lo que no se tiene. Y se buscan entonces los primeros lugares y la ostentación y la apariencia.

Los valores de nuestra sociedad son puestos en evidencia por los convidados que luchan por los primeros puestos, en oposición a los valores de Jesús: una comida para todos y un banquete de hermanos. Jesús invierte la escala de valores que ofrece el mundo y pide una mesa de servicio, de apertura y de atención. Propone buscar los últimos lugares, no para eludir responsabilidades, sino como participación de iguales. Mientras la sociedad alaba y enseñorea a los grandes, Jesús nos dice: “el que se engrandece será humillado; y el que se humilla será engrandecido”. Así, el signo del Reino se torna más evidente: todos son hermanos, comparten la comida porque comparten la misma vida, se hacen cercanos, buscan establecer intimidad y participación. Jesús no busca la mediocridad o el apocamiento como muchos cristianos lo hacen como falsa humildad, todo lo contrario: nos lanza a ideales insospechados y propone alturas no conocidas, pero no trepando a costa de los demás, no arrebatándoles lo que les pertenece, no despreciando a los hermanos. El signo del banquete es la señal más cercana al Reino de los Cielos, pero no podemos pervertirlo con privilegios, con acaparamientos, con individualismos y discriminaciones.

Jesús clarifica aún más sus enseñanzas: no utilizar la comida e invitaciones para manipular los beneficios. Jesús no critica la amistad, las relaciones familiares ni el amor gozosamente correspondido, al contrario, nos invita a reflexionar sobre la verdad última que mueve nuestras acciones. Propone unas relaciones humanas basadas en la semejanza con nuestro Padre Dios, gratuitas, en libertad y en amor. La relación y la amistad siempre deben hacernos crecer, nunca debemos manipular a las personas. ¿Qué provecho puedo sacar de esta persona?  Es el pensamiento del mundo y con mucha frecuencia las relaciones que se establecen tienen fines utilitarios y es difícil vivir de manera desinteresada. Muchos se preguntan cuánto han recibido y de quién esperan un reconocimiento, por el contrario, Jesús enseña que lo importante no es recibir, sino dar, dar con alegría, dar con prontitud, dar con gratuidad.

El afán de recibir, de aparecer, de adquirir notoriedad, se anida en el corazón del hombre. Igual que a los ídolos del dinero y del poder, el hombre se esclaviza al afán de honores y búsqueda de prestigio. Por ello lucha y se esfuerza. Tiene miedo a una existencia desapercibida y termina ahogándose en una pobre vida, mezquina, sin sentido, llena de egoísmo y de sí mismo. Olvida que el verdadero valor de la persona es dar más que recibir. Si por el contrario se quiere acumular y esconder, reteniendo todo egoístamente, se corre el riesgo de acumular cosas, prestigio y dinero, pero se termina siendo una piedra fría, un cirio hermoso pero apagado, una semilla estéril. La ley evangélica de perder para encontrar, de dar para ser feliz, de morir para vivir, es dura en su seguimiento, pero es la única que nos permite tener una vida plena y feliz. Sí, el hombre es como las plantas hay algunas que dan vida, frescura y felicidad, y hay otras que en su afán de crecer ahogan el árbol de donde tomaban vida. Hay hombres cuya generosidad hacer crecer a los demás y otros que, en su lucha por encumbrarse, terminan solos y abandonados.

La imagen de una mesa compartida, donde todo se ofrece gratuitamente, donde podemos participar con alegría, donde todos somos hermanos, requiere la generosidad, la pequeñez y el servicio que sólo pueden vivirse en el amor al estilo de Jesús. ¿Cómo vivimos nuestra relación con los demás? ¿Cómo compartimos lo poco o mucho que tenemos? ¿A quiénes invitamos a la mesa de la vida y a quiénes hemos rechazado? ¿Qué nos dice Jesús?

Dios, Padre bueno, que por amor nos has creado y gratuitamente nos has regalado la vida, danos un corazón grande para amar, fuerte para luchar y generoso para donarnos como tu hijo Jesús. Amén.

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