CÓRDOBA, sábado, 14 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Publicamos la carta que ha escrito monseñor Demetrio Fernández, obispo de Córdoba, con motivo de las elecciones municipales que tendrán lugar en España el 22 de mayo.



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Estamos en plena campaña electoral, que nos conducirá a las urnas el próximo 22 de mayo. Por este cauce participamos todos de manera singular en la vida ciudadana, que  entre todos hemos de construir. El cristiano no "pasa" de las elecciones, sino que le interesan vivamente, porque es ciudadano de este mundo en el que su fe le invita al compromiso en las cosas de este mundo, con perspectiva de cielo.

En primer lugar, expresamos a los políticos la estima por su labor. La política es una tarea noble, que se asume para construir el bien común. Si se anteponen los propios intereses, personales o de partido, la política se corrompe. La cuota de poder que se alcanza con el respaldo de sus votantes es para servir mejor a la sociedad desde su ideario de un mundo más justo y más humano.

El momento concreto que vivimos nos lleva a anhelar trabajo para todos. Córdoba es lugar con los mayores índices de paro de toda España. En Córdoba por tanto se necesita un esfuerzo especial por dotar a la ciudad y a la provincia de abundantes puestos de trabajo. El trabajo es el ámbito donde crece y se proyecta una persona, donde construye con sus semejantes un mundo mejor. El trabajo dignifica a la persona porque la hace corresponsable. Del trabajo se deriva el salario, con el que una persona sostiene a su familia. El trabajo, por tanto, no es un producto bruto ni ha de medirse simplemente por sus resultados económicos. El centro del trabajo es la persona. Cuando no hay trabajo, la persona está en peligro. Pedimos que los mejores esfuerzos se orienten en este sentido para alcanzar una convivencia pacífica basada en la justicia. Hay otras muchas necesidades propias de cada municipio.

Un cristiano pide a los políticos que promuevan la libertad religiosa en un estado aconfesional, donde ninguna religión es la oficial, pero donde se respeta el derecho de todo ciudadano a vivir su propia fe y a expresarla individual o comunitariamente. La religión no es un estorbo para la ciudadanía, la religión es un factor de convivencia y de progreso. Abogamos por una laicidad positiva, que reconoce y respeta la autonomía de la sociedad civil e incorpora lo mejor de la religión a la convivencia de todos. La Iglesia católica no es un parásito, sino uno de los principales bienhechores de la sociedad en la que vivimos hoy. Atender las necesidades de la Iglesia no es ningún privilegio o reliquia del pasado, es un derecho que tienen los bautizados, que no son ciudadanos de segunda clase por su condición de creyentes.

Los católicos en nuestra sociedad no somos una minoría étnica -siempre muy respetable-, sino que representamos el 92 % de la población actual española, que no queremos imponer nada a nadie, pero pedimos al mismo tiempo que se respeten nuestros derechos. La atención al patrimonio histórico de nuestros templos, que pueden hundirse si no los restauramos, el derecho de los padres a la educación católica de sus hijos y a que se respeten sus convicciones en la escuela pública, el apoyo a las obras de beneficencia con ancianos o pobres de todo tipo, son otros tantos derechos, no privilegios, que reclaman los cristianos a sus políticos.

La promoción de la natalidad y la defensa de la familia y de la vida desde su concepción hasta su muerte natural es hoy un reto de primera magnitud para los que trabajan en la cosa pública. En este campo nos jugamos el futuro de nuestra sociedad. Los jóvenes no miran el futuro con esperanza porque les ofrezcamos pan y circo (hoy, preservativo y botellón), sino porque les ofrecemos valores más altos y estímulo para la propia superación. Son capaces de mucho más, no los degrademos.

Un cristiano acude a las urnas después de pedirle luz a Dios y de aconsejarse bien. El voto ha de ser responsable, porque con nuestro voto contribuimos al bien común. Que en todas las parroquias se eleven oraciones por estas intenciones, que a todos nos afectan.



El difícil arte del diálogo

Por monseñor Juan del Río Martín*

MADRID, martes 10 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Van para cincuenta años que el Papa Pablo VI  en su Carta Encíclica, Ecclesiam suam  (Roma 1964) afirmaba: “la Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo que le toca vivir. La Iglesia se hace palabra: la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio” (nº 67). No es algo que se ha quedado anticuado, sino que es una exigencia de la tarea misionera de todos los tiempos. Así, lo entendió el recién beatificado Juan Pablo II poniéndolo de manifiesto con el testimonio de su vida  y de su magisterio.

Benedicto XVI preocupado por el futuro del cristianismo y la inculturación de la fe en los nuevos escenarios de la evangelización, pone “el dedo en la llaga” en una de las notas esenciales para dialogar con los hombres del siglo XXI, a este respecto ha dicho: “sabemos bien que para la gente de hoy el lenguaje de la fe a menudo resulta lejano; sólo puede resultar cercano si en nosotros se transforma en lenguaje de nuestro tiempo” (Disc. 13/5/2005) De ahí, que todas sus enseñanzas tengan la profundidad del sabio y la sencillez del pastor; del padre de familia que sabe sacar “del arca lo nuevo y lo viejo”  (Mt 13,52)  de manera  que pueda llegar al mayor número de personas.

El actual pontífice bien podría ser llamado el “Papa del diálogo”,  ya que no se ha quedado en la mera palabra, sino que ha salido al encuentro de pensadores y divulgadores, de creyentes de otros credos y de aquellos que viven  en la indiferencia religiosa o en el ateísmo. Su corto pontificado está repleto de gestos y signos de diálogo con toda la humanidad. Algunas de sus últimas iniciativas nos hablan  de ello: el “Patio de los Gentiles”, la creación del Pontificio Consejo para la “Nueva Evangelización”, y la próxima Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo de Octubre en Asís.

Todo esto es como consecuencia de que el cristianismo es la religión del diálogo, como dice la carta a los Hebreos: después de hablar Dios  muchas veces y de diversos modos antiguamente (…) en estos días últimos nos ha hablado por medio de su Hijo Jesucristo (He 1,1-2). La historia de la salvación narra precisamente este largo y variado diálogo, que nace de Dios y teje con el hombre un coloquio paciente y amoroso. Por eso mismo, el diálogo pertenece al ser y la misión de la Iglesia y debe caracterizar el oficio ministerial, catequético, pastoral y misionero de todo bautizado. Cuando esto se da tanto con “los de cerca como con los de lejos” es un magnífico indicador de la vitalidad y santificación de la comunidad cristiana.

Ahora bien, en la cultura dominante,  el diálogo  es una palabra “mágica”. Los políticos utilizan este término constantemente; en muchas ocasiones lleva una fuerte carga de ideologización, que es utilizada para neutralizar al adversario.  Pero es evidente que las actitudes de diálogo son vitales en las relaciones familiares, sociales y eclesiales. Por eso es conveniente que aclaremos: ¿Qué es el diálogo? ¿Cuáles son sus propiedades y dimensiones? ¿Es diálogo toda conversación o recepción de información?

El diálogo es la característica esencial de la persona, que es  “espíritu encarnado” y está dotada de razón. Su estructura dialogal le capacita para abrirse a sus semejantes y al mismo Dios. Por ello, podemos definir el diálogo como el acontecimiento relacional que tiene por objeto la comprensión de aquello sobre lo que se conversa,  y de aquel con quien se conversa. Ahora bien, si todo fuera expresión hablada, el diálogo no sería nada. Para que haya coloquio es importante saber “lo que se dice”, “cómo se dice” y “quién lo dice”. Es decir, entran en juego las dimensiones humanas del pensamiento, de la estética y de la ética.

Las características esenciales del verdadero diálogo son: Claridad en lo que se expone. Afabilidad, para evitar los modos violentos o hirientes. Confianza, tanto en el valor de la propia palabra como en la disposición para acogerla por parte del interlocutor. Prudencia, para tener en cuenta las condiciones psicológicas, sociales y morales del que oye,  procurando adaptarse razonablemente, evitando el ser molesto o incomprensible. Cuando falla alguna de estas propiedades se produce la deformación del diálogo, entonces tenemos lo que se llama diálogo de sordos, diálogo estratégico, simples conversaciones, discusiones, tertulias, etc.

Para ser persona dialogante hace falta una buena dosis de sentido común, naturalidad, humildad y amor a la verdad. Por ello mismo, surgen muchas desconfianzas en el pueblo cuando el poder y los poderosos hablan de diálogo, porque ya se sabe en qué termina todo. El autosuficiente conversará, sostendrá monólogos con mayor o menor sentido pero, al final, revelará el dogmatismo de su pensamiento y la rigidez de sus actuaciones.

Aprendamos el difícil arte del diálogo teniendo como ejemplos a los sucesores de Pedro antes mencionados. Transitar por ese sendero es edificar la “Iglesia de la nueva evangelización”.

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*Monseñor Juan del Río Martín es el arzobispo castrense de España