Por Rafael Navarro-Valls  

MADRID, lunes 18 de abril de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos una nueva contribución en nuestra sección Observatorio Jurídico, sobre libertad, cuestiones relacionadas con los derechos humanos y su relación con la antropología y la fe cristianas, que dirige el español Rafael Navarro – Valls, catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, y secretario general de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España.

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El pasado 11 de abril, en su discurso al nuevo embajador de Croacia ante la Santa Sede Benedicto XVI reafirmaba gráficamente lo que fue un verdadero leitmotiv en la predicación de Juan Pablo II : “afirmar que Europa no tiene raíces cristianas equivale a pretender que un hombre pueda vivir sin oxígeno y sin alimento”. Coincidía así con lo que, muchos años antes , decía Arnold Toynbee : que para recuperar los valores espirituales de la cultura europea había que regresar “a respirar oxígeno” en la herencia de la cultura occidental cristiana.

Un observador superficial podría entender estas reiteradas afirmaciones de los últimos pontífices como nostálgicos ensueños de mentes ancladas en el pasado, mientras la gran sociedad sigue su curso por otros derroteros. Se equivocaría. Esas bases cristianas permanecen en capas subterráneas como lo hace el petróleo en la piedra pómez, hasta que súbitamente emergen en la escena política, social o cultural, como se dispara un muelle comprimido ante un estímulo externo.

Pensemos en un solo ejemplo: el derrumbamiento de los sistemas ideológicos que durante más de setenta años sustentaron a los países del Este europeo. Lo que provocó ese monumental seísmo político fue la conjunción de dos fuerzas cuya vitalidad había sido negadas por los ideólogos más sesudos de uno y otro lado de Europa : religión y nacionalismo. A través de ellas la nueva Europa redescubrió las viejas fuerzas que mueven la historia. El legado común y los valores ético-espirituales hicieron emerger esa comunidad de derechos fundamentales sobre las que se asienta .

Bajo una capa de hielo

En otras palabras,  la vieja Europa puede a primera vista haberse convertido en un desierto espiritual sobre el que abaten los rigores de un invierno que cubre de hielo la superficie de la tierra. Sin embargo, “bajo la capa de hielo permanecen adormecidas unas raíces cristianas, prontas a despertar de su letargo” (Orlandis).

Permítanme, para explicar lo que quiero decir, un desahogo poco técnico pero sintomático. Hay una novela de John Le Carré (“El espía no vuelve”) en la que se desarrolla una sombría conversación entre un agente del MSI (servicio de espionaje británico) y otro del KGB soviético. Este pregunta al británico , cuál es la ideología que representa el Cambridge Circus (sede del MSI). Este contesta que evidentemente ellos no son marxistas. El soviético inmediatamente afirma: “entonces, sois cristianos” . E insiste , “si no sois marxistas, la sociedad occidental tiene que ser cristiana”. Repárese que, para la mente agnóstica del agente soviético, no hay más alternativa, por lo menos en Occidente, que una mente, al menos, potencialmente cristiana.

Efectivamente, cuando se contempla el complejo entramado de relaciones entre cristianismo e instituciones jurídicas occidentales se detecta que nuestras opciones políticas fundamentales, nuestras esperanzas y reacciones más profundas dejan entrever reflejos secularizados y democratizados de lo que Moulin llama “infraestructuras religiosas”, que más de veinte siglos de cristianismo han inscrito en el patrimonio sociocultural de Europa. El influjo cristiano sobre nuestra cultura es simplemente abrumador: en la arquitectura, en la música (sobre todo clásica),en las artes figurativas, en la literatura o en la poesía. Como dice Weiler, “ no cabe eliminar el cristianismo de la historia de Europa, como no se pueden eliminar las cruces de los cementerios”.

Tiene así razón la Carta de Derechos Fundamentales de la UE (hoy incorporada al tratado de Lisboa) cuando hace depender del “patrimonio espiritual y moral “ en el que se basa Europa, – en otras palabras, la tradición judeo-cristiana – los valores indivisibles y universales de dignidad humana, de libertad, de igualdad y solidaridad

Las raíces del  viejo tronco

Se entiende  que, cuando hace un par de días, el pasado 16 de abril, la nueva embajadora de España ante la Santa Sede presentaba sus credenciales, el Papa mostrara su extrañeza ante “ formas, a menudo sofisticadas, de hostilidad contra la fe”, que, en definitiva, suponen “renegar de la historia de la mayoría de los ciudadanos de un pueblo” .

La impresión que da es que Benedicto XVI se encuentra hoy en el centro de una borrasca alimentada por dos  turbulencias  radicales: la de los fundamentalistas pseudoreligiosos, empeñados en hacer la voluntad de Dios, “lo quiera Dios o no lo quiera”, y el de los laicistas de viejo cuño , que proponen una versión extravagante, en clave ideocrática, del  cementerio de la teocracia : prohibido pensar diferente.

La respuesta equilibrada del problema es ir a las raíces del árbol  de nuestra civilización , el humus común en que se insertan . Redescubrir “el alma de Europa”, supone, en definitiva, bucear en sus raíces cristianas hasta encontrar el oxigeno necesario para restaurar el equilibrio. Es lo que, al principio de estas líneas, describía como la gran meta a la que hoy apunta el Papa Ratzinger y, ayer , pedía  el filósofo de la historia británico.

 



¿Por qué confesar con un cura?

Por monseñor Juan del Río Martín*

MADRID, martes 12 de abril de 2011 (ZENIT.org).- El olvido o la negación del pecado  por parte del hombre moderno no significan que la realidad no exista, basta contemplar el panorama diario del mundo para percatarnos de que el pecado y el mal está ahí; hace estragos en el corazón de las personas y de los pueblos. Todo eso no es un invento de la Iglesia para tener atemorizada a la gente, como dicen algunos.  Pero además, sucede que no podemos vivir sin la experiencia personal del perdón, ya que sería renunciar a la paz y a la tranquilidad de la conciencia. Ésta nos viene dada por la muerte y resurrección de Cristo, mediante la celebración del sacramento de la Penitencia según lo dispuesto por la Iglesia.

Surge una cuestión: ¿por qué hay que acudir a un sacerdote y decirles nuestros pecados? El penitente encuentra en el confesor, no al individuo particular, sino a un ministro de Cristo y de la comunidad. El Señor se ha revelado al hombre por medio de nuestra carne, ello demuestra que su gracia salvadora siempre nos llega a través de signos y lenguajes propios de nuestra condición humana. Nosotros tenemos necesidad de saber que Dios nos ha perdonado. Por eso requerimos de alguien que, revestido de la potestad de “perdonar y retener” que Cristo dio a sus discípulos (cf. Mt 18,18; 16,17-19; Jn 20,19-23), nos dé la certeza interior de haber sido realmente perdonados y acogido por Dios. Solos, nunca sabríamos  si lo que nos ha alcanzado es la gracia divina o la propia emoción.

La confesión no es un juicio de condena, sino la presencia del amor misericordioso de Dios, fuente de paz, alegría y consuelo. De ahí, la necesidad de recurrir a ella con frecuencia, porque mientras caminemos en “este valle de lágrimas” siempre habrá errores y debilidades. Para ello, es necesario hacer  con seriedad  los pasos que marca la tradición católica: contrición, confesión, y satisfacción (cf. Catecismo, 1450-1460).

El reciente discurso de Benedicto XVI a la Penitenciaria apostólica (25.3.2011),  nos recuerda como el sacramento de la Reconciliación es “la escuela penitencial”. Comienza con el examen de conciencia que tiene un valor pedagógico de enseñarnos a mirar a nuestro interior y confrontarlo con la verdad del Evangelio. Continuando con la experiencia de ser escuchado en profundidad,  a la vez de saber aceptar  las amonestaciones y consejos  del confesor, que son importantes para proseguir el camino espiritual y para la sanación interior del penitente. También la confesión integra de los pecados educa al cristiano en la humildad, en el reconocimiento de su propia fragilidad, en la necesidad del perdón divino y en la confianza de  que la Gracia transforma la vida. Por último, acoger la absolución con verdadero arrepentimientos de los pecados es un instante especial  donde se experimenta el amor misericordioso de Dios, a la vez  que es una incitación a la conversión continua.

Este milagro de amor que es el sacramento del Perdón,  no puede ser suplido por ningún gabinete psicológico, porque la Confesión no es un simple desahogo, sino la necesidad vital de cicatrizar las heridas de los pecados mediante el reencuentro con Dios y con la Iglesia.

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*Monseñor Juan del Río Martín es el arzobispo castrense de España