MADRID, sábado, 2 de abril de 2011 (ZENIT.org).- Publicamos el testimonio que ofrecerá el sacerdote Jesús de las Heras Muela, director de la revista Ecclesia, en el programa  “Testimonio” de TVE-2 con motivo de la beatificación del Papa Juan Pablo II, en la emisión del 10 de abril de 2011, 10:25 hora. Karol Wojtyla falleció hace seis años, el 2 de abril de 2005.

* * *
 

El anuncio de la beatificación del Papa Juan Pablo II para el próximo 1 de mayo me ha llenado a mí también de gozo y de agradecimiento. Además, me ha permitido viajar con la memoria –esto es, recordar: volver a traer al corazón– a aquellos inolvidables y apasionantes 27 años que vivimos con Juan Pablo II, el Papa de nuestras vidas. 

En mi caso, como en el de tantos y tantos miles y miles de personas de todos los rincones del mundo, la alegría por su próxima beatificación se une, como decía, a imágenes, impresiones, recuerdos y vivencias, más o menos personales, con Juan Pablo II.

Creo que en torno a una decena de ocasiones tuve la suerte y la gracia de poder saludarlo personalmente, de poder estar con él. Y en cuatro de estas ocasiones, el saludo fue mucho más que un encuentro al uso.

El Papa Juan Pablo II me ordenó sacerdote el 8 de noviembre de 1982, en Valencia, en el transcurso de su primera visita apostólica a nuestro país. Desde entonces y ya para siempre, mi vida y mi ministerio están ligados con él, en clave de agradecimiento y también de interpelación, pues son muchas las veces que retornan a mis oídos y a mi corazón aquellas palabras suyas durante mi ordenación en Valencia: “¡Sed sacerdotes de cuerpo entero!”.

El segundo de estos encuentros, también largo e intenso, tuvo lugar en los mismos apartamentos pontificios el 20 de octubre de 1999 cuando fui invitado a compartir el almuerzo con él y otra docena de integrantes de la II Asamblea del Sínodo de los Obispos para Europa. Entre los comensales de aquel memorable día se hallaba también el hermano Roger de Taizé. Y recordar ahora el haber estado tan cerca de dos santos de cuerpo entero, me produce –¡cómo no!– estremecimiento agradecido y emocionado.

Los días 3 y 4 de mayo de 2003, Juan Pablo II visitó España por quinta y última vez. Y a mí me correspondió ser el responsable de Comunicación de aquel viaje. Durante los cuatro meses previos al mismo trabajamos sin cesar día y noche. Circunstancias familiares –felizmente superadas– me hicieron más complicado y complejo aquel trabajo, que formó y forma parte de una de las experiencias más apasionantes, intensas, arduas e inolvidables de mi vida,… con Juan Pablo II también como fondo y como forma.

Por fin, el 7 de abril de 2005, sólo la Providencia explica que pudiera ir a “despedirme” del Papa Wojtyla en el último y tan multitudinario día de su capilla ardiente. También, milagrosamente, pude permanecer durante más de media hora a apenas dos metros de su cuerpo ya sin vida. Y aquella media hora, que valió como casi 27 años…, fue un regalo, un tesoro, que me hacía el amigo Juan Pablo II, que me hacía nuestro querido Dios.

En dos o tres ocasiones tuve asimismo la oportunidad de concelebrar la eucaristía, a la hora del alba, con el Papa Juan Pablo II, y conservo fresco e imborrable en el arcón de mis mejores recuerdos, su intensa oración previa y posterior de rodillas, su concentración y piedad durante la misa, todo lo cual exhalaba y exhala el inequívoco buen olor de un hombre radicalmente de Dios.

Por eso y por tantos otros motivos, el “reencuentro” de ahora con él, con motivo de su beatificación, me llena de gozo. ¿A quién no le gustaría tener un santo, un beato, en su familia, entre sus amigos? Pues eso es lo que ahora el buen Dios nos regala: un maestro, un padre, un hermano, un amigo en los altares. Un maestro, un padre, un hermano, un amigo, un testigo que nos muestra, mucho más allá de su inagotable y experiencia cristiana y humana, mucho más de mil y una anécdotas e historias, más allá de todos los récords habidos y por haber, una lección para siempre: Dios es el único y verdadero fundamento de todos nuestros esfuerzos.

Y es que, sí, Juan Pablo II, el queridísimo Papa Juan Pablo II, fue un signo claro, elocuente y convincente de que Dios es, de que Dios existe, de que Dios es amor. Y de que, por ello, nuestras vidas han de estar dirigidas a Él, que siempre nos abraza y acompaña con su Divina Misericordia.

 

Benedicto XVI, en el libro-entrevista Luz del Mundo, abunda en distintas ocasiones en la necesidad de “recuperar” a Dios, en poner a Dios en el lugar que le corresponde, en hacer del tema de Dios el centro de todos nuestros esfuerzos y quehaceres. “¿No deberíamos –se pregunta Benedicto XVI- empezar todo de nuevo desde Dios?". “Hoy lo importante -prosigue- es que se vea, de nuevo, que Dios existe, que Dios nos incumbe, que Dios nos responde… Por eso, hoy debemos colocar, como nuevo acento, la prioridad de la pregunta sobre Dios”. Y a ella, sí, Juan Pablo II, ahora ya casi beato, nos vuelve a responder: Dios es amor, el amor que vence al odio, el amor que supera la muerte, el amor que es más fuerte que el mal, el amor que nos salva en su Divina Misericordia.

El perdón devaluado

Por monseñor Juan del Río Martín*

MADRID, martes 29 de marzo de 2011 (ZENIT.org).- El eclipse de Dios en la sociedad contemporánea ha traído, entre otras consecuencias, que el perdón humano se ha “descafeinado”, se ha reducido a mera disculpa protocolaría, a venganza camuflada con el tan conocido: “yo perdono pero no olvido” y con los “perdones históricos” para evaluar hechos del pasado con mentalidad de hoy. Este tipo de perdón ni reconcilia, ni salva, ni es sanador porque le falta la fe en Dios que es clave para perdonar a “fondo perdido”.

De esta secularización del perdón no se ha librado algunos sectores del catolicismo donde se ha olvidado el sentido del pecado y el significado de la misericordia eterna. En este tiempo de Cuaresma abundan las lecturas bíblicas que nos hablan de cómo es el perdón divino y de cómo debemos perdonar a nuestros semejantes. La recuperación de la centralidad de Dios en la vida cristiana, trae consigo la vuelta a lo genuinamente evangélico que es el amor a nuestros enemigos (cf. Mt 5,38), frente a la ley judaica del talión y la justa venganza que predica otros credos.

Jesucristo nos revela a un Dios de misericordia “lento a la cólera y rico en piedad”. Un ejemplo de ello lo encontramos en el evangelista Lucas que ha escogido tres parábolas que tienen una estrecha relación entre sí: la oveja perdida, la moneda extraviada, el hijo pródigo (Lc 15). Todos han perdido algo. Es el mismo Dios, bajo la figura de un Buen Pastor o de un Padre, quién sale a buscar al descarriado. La alegría es grande en el encuentro entre lo que estaba perdido y Aquel que lo halló. Estamos ante el misterio del perdón divino que por muy numerosos que fueran nuestros pecados mayor es su misericordia, porque únicamente Él: olvida y limpia el pasado del pecador, se alegra con el que ha vuelto al “aprisco” y llena con su gracia el futuro del arrepentido. ¿Dónde hallar este tesoro de salvación? En la celebración frecuente del Sacramento de la Penitencia donde sentimos “la mano del Buen Pastor” que nos saca de nuestras miserias y nos conduce a la “casa del Padre” para vestirnos con la túnica de su gracia y hacernos dignos de la fiesta del banquete eucarístico.

La humildad de corazón nos posibilita a experimentar el perdón de Dios. Cuando este se conoce, la reconciliación con nuestros semejantes tiene otras claves distintas que no son las del mundo basadas en el consenso de intereses o estrategias del momento. Los cristianos en el perdón humano tenemos como único modelo a imitar a Jesucristo que murió amando a sus enemigos hasta el extremo de exclamar: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Desde ese acontecimiento de Muerte y Resurrección, todo ser humano es más grande que su culpa y el amor en la dimensión de la cruz sobrepasa toda justicia, vence al odio y edifica la paz entre los hombres.  

——-

*Monseñor Juan del Río Martín es el arzobispo castrense de España