LA HABANA, sábado, 5 de febrero de 2011 (ZENIT.org).- Presentamos el análisis que ha publicado "Espacio laical", revista del Consejo Arquidiocesano de Laicos de La Habana con el título "La urgencia de un nuevo pacto social".

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Desde hace tiempo se han venido desdibujando los elementos que han integrado el pacto social que hubo en Cuba durante el último medio siglo.

Esta realidad no ha implicado aún una pérdida de la gobernabilidad en el país. Tampoco ha conseguido que importantes sectores pierdan afinidad con el imaginario -sobre todo el original- que hizo posible la Revolución cubana. Sin embargo, dicho proceso de fractura sí ha dañado cuotas de legitimidad que poseía el proyecto oficial, ha perjudicado el consenso mínimo a partir del cual debe desarrollarse todo el universo de relaciones en el país, y ha generado un clima sostenido de crisis. Esto, por supuesto, ha atentado contra el esfuerzo mancomunado que demandan el equilibrio y el progreso nacional. 

El país contaba con un contrato social que emanaba de ciertos consensos en relación con la posibilidad de una educación general y gratuita, de un tipo de acceso a la cultura, del disfrute de un sistema de salud también general y gratuito, del derecho al trabajo, de determinadas cuotas de seguridad social, de una férrea defensa de la soberanía nacional y de la esperanza de poder democratizar, cada vez más, los modelos político y económico. Como es lógico, nunca dejó de existir una pluralidad de opiniones críticas acerca de cómo debían marchar estas realidades. Incluso, un sector nacional ha aborrecido de plano todas esas políticas. No obstante, la inmensa mayoría sentía seguridad y compromiso con el desempeño de estas realidades.

De ese universo de acuerdos, que imbricaba a la ciudadanía con el gobierno, hoy quedan en pie únicamente los consensos acerca de la defensa de la soberanía, así como del acceso a la educación y a la salud; no sin grandes insatisfacciones por el deterioro de estos dos servicios y por la existencia en el país de una diversidad amplia de opiniones acerca de cómo reestructurarlos. Sobre las otras cuestiones, es tan grande el abismo entre los diversos criterios, que al respecto se hace difícil hablar de consensos.

Son múltiples las visiones que existen en la ciudadanía acerca de todas estas realidades: sobre cómo enrumbar el desempeño espiritual y cultural de la nación, sobre cómo refundar nuestra democracia social, económica y política. Y es muy grande la distancia que existe entre muchos aspectos de estos imaginarios, así como entre ellos y los de una buena cantidad de funcionarios que van formulando, con sus actitudes, la política oficial.

Cuba ha vivido en los últimos tiempos un proceso creciente de diversificación de las identidades sociales. La distancia entre la inmensa mayoría de la juventud del país y los contenidos del pasado pacto social cubano ha comenzado a ahondarse progresivamente. Un número nada despreciable de ciudadanos, que gozan de una buena educación y cultura, se ha dedicado a formular nuevos imaginarios. De este quehacer han emanado "diversas Cubas", que hoy son constatables en la sociedad insular. Esta amalgama de proyectos, al parecer, sería fácil de consensuar porque tiene en común el anhelo de una libertad responsable, el disfrute de todos los derechos -tanto individuales como sociales-, la defensa de la soberanía, el despliegue de la iniciativa económica y el diseño de un modelo político capaz de incrementar sistemáticamente las cuotas de participación y protagonismo ciudadano. Es plural el criterio acerca de cómo poder  materializar estas realidades, pero los evidentes puntos de contacto entre ellos podrían facilitar el diálogo y el consenso.

Según sus propias declaraciones, el presidente Raúl Castro tiene conciencia de este gran desafío y pretende contribuir, hasta donde le sea posible, a la articulación de un camino de conciliación nacional. Como es de suponer, intenta hacerlo desde sus criterios y perspectivas, que necesariamente no coinciden con los de la totalidad de los ciudadanos. Sin embargo, el gobierno logrará avanzar hasta donde le exige su responsabilidad histórica si consigue incluir y articular a la mayoría de los criterios presentes en la sociedad cubana. Parece que el Presidente no tiene prejuicio en hacerlo, pues en reiteradas ocasiones ha convocado a respetar, escuchar y tener en cuenta las opiniones de todos. Y para avanzar en ese camino, que inevitablemente será un proceso largo y complejo, invitó a toda la ciudadanía a debatir acerca de un nuevo proyecto económico para Cuba.

No obstante, la marcha de este proceso de diálogo sobre temas económicos indica la existencia de actitudes que, en cualquier circunstancia, pueden hacer fracasar dicho camino. Entre estos indicadores se encuentran sectores que actualmente no son afines al gobierno y manifiestan una incapacidad enorme para reconocerle su legitimidad y dialogar con el mismo; la apatía y la desconfianza de amplios segmentos de la población acerca de la posibilidad de ser realmente tenidos en cuenta; unos medios de comunicación incapaces de explicarle al pueblo la propuesta de la alta dirección del país, así como reflejar de manera real y con amplitud los criterios de la ciudadanía; y un funcionariado oficial que, en muchos casos, recela de todo cambio y, por tanto, rechaza cualquier opinión novedosa, incluso propuestas del Proyecto de Lineamientos para el VI Congreso del PCC, e intenta asfixiar el debate.

Resulta imprescindible y patriótico comprender que los cubanos debemos participar en un diálogo sobre diversos temas que nos atañen a todos. Solo así nos abriremos al bienestar que podemos ofrecernos mutuamente.

Resulta estratégico brindar confianza política y contribuir, críticamente, a la construcción de un nuevo pacto social que articule la diversidad de criterios presentes en nuestra nación.

Pero, además, debemos comprender que ante la crisis actual, tenemos poco tiempo para lograrlo, so pena de adentrarnos en un escenario muy difícil. Vivimos el tiempo preciso para, por encima de las diferencias existentes, contribuir mancomunadamente a la búsqueda de una Cuba donde quepamos, definitivamente, todos.

 



El SIDA y el preservativo (parte I)

Por monseñor Michel Schooyans*ROMA, lunes 31 de enero de 2011 (ZENIT.org).- Es cierto que muchas personas han sido contagiadas del SIDA sin tener la más mínima responsabilidad por ello, a través de transfusiones de sangre, errores médicos o contactos accidentales. También el personal sanitario arriesga el contagio, cuando cuida a personas seropositivas.

No vamos a tratar estos casos en esta ocasión. En vez de eso analizaremos las declaraciones realizadas por diversas personalidades de gran relevancia en el mundo académico y eclesiástico, sobre todo moralistas y pastores. Los llamaremos dignatarios, evitando citar nombres para no personalizar el debate y para focalizar la atención en la argumentación moral. [1]

Desorden y confusión

Ya que estas declaraciones se refieren al uso del preservativo como medio para no contraer el SIDA, a menudo producen una profunda confusión en la opinión pública y en la Iglesia. Estas declaraciones se acompañan frecuentemente de sorprendentes comentarios sobre la persona del Papa y sobre sus funciones, así como sobre la autoridad de la Iglesia. En este contexto también se producen las habituales quejas sobre la moral sexual, el celibato, la homosexualidad, la ordenación de las mujeres, la Comunión para los divorciados y los abortistas etc.. Son una ocasión para aprovechar y dar así resonancia global a estos temas.

Estos dignatarios se manifiestan, muy satisfechos, a través de los medios de comunicación social. Se declaran favorables al uso del condón para evitar el riesgo de contagio del SIDA. Según ellos la Iglesia debería cambiar su postura en este tema.

Estas declaraciones crean gran confusión en la mente de la gente. Confunden a los fieles, dividen a los sacerdotes, indisponen al episcopado, desacreditan al colegio cardenalicio, dañan al Magisterio de la Iglesia y acusan directamente al Santo Padre. Otros dignatarios, en estos momentos retirados o difuntos, condujeron en su momento este tipo de movimiento. Hoy, estas observaciones provocan a menudo la consternación, porque la gente espera mayor prudencia y rigor moral, teológico y de comportamiento de estos dignatarios que- influenciados por ideas de moda en ciertos ambientes- hacen de todo para “justificar” el uso del preservativo usando los habituales trucos del “daño menor” o del “doble efecto” como si fueran los vendedores.

Uno de estos dignatarios llegó al punto de considerar el uso del condón como una obligación moral basándose en el quinto mandamiento. En este sentido se dice que si la persona infectada por el virus se niega a practicar la abstinencia, deberá proteger a su pareja y que el único modo de hacerlo, en este caso, es a través del preservativo.

Este tipo de observaciones son suficientes para dejar a la gente perpleja y revelan un conocimiento incompleto y tendencioso de la moral más natural y en particular de la moral cristiana. El modo de presentar las cosas es cuanto menos sorprendente.

Un problema de moral natural

Algunas consideraciones tranquilizadoras pero falsas

Los argumentos de estos dignatarios, con respecto al uso del condón, son sorprendentemente superficiales. Estas personas deberían basarse en estudios científicos y clínicos serios, evitando recuperar y dar crédito a bulos que hace tiempo que fueron refutados en cualquier revista de consumidores.

¿Cómo se puede no haber constatado que el efecto de contención del condón es en realidad bastante ilusorio? Es así en cuanto a que el preservativo es mecánicamente frágil, y que anima y incrementa el número de las parejas y la variedad de las experiencias sexuales. Por estos motivos se aumentan los riegos en vez de reducirlos.

La única forma eficaz de prevención resulta ser la de la fidelidad y la de la renuncia a los comportamientos de riesgo.

Desde este punto de vista, la calificación moral del uso del preservativo es un problema de honestidad científica y de moral natural. La Iglesia no sólo tiene el derecho, sino que también tiene el deber de pronunciarse sobre este tema.

Ineficacia que tiene como consecuencia la muerte

Las declaraciones de estos dignatarios no citan recientes estudios de innegable valor científico, como el del doctor Jacques Suaudeau[2]. Si ignorasen estos recientes estudios, podrían tener en cuenta, al menos aquellos previos, emitidos por las más altas autoridades científicas. Por ejemplo en 1996, se leía en un informe del profesor Henri Lestradet, de la Academia Nacional de Medicina (París) [3]:

“Es oportuno […] subrayar que el condón está considerado como un medio de anticoncepción. Sin embargo […] la tasa de fracaso está colocada generalmente entre el 5% y el 12% por pareja, y por año de uso”.

“A priori […] con el virus de VIH que es 500 veces más pequeño que el esperma, es difícil pensar en una tasa de fracaso inferior. En todo caso hay una enorme diferencia entre estas dos situaciones. Si el condón no es totalmente eficaz como medio anticonceptivo, la consecuencia de este fracaso es el desarrollo de la vida, mientras que en el caso de contagio del VIH es la muerte en todos los casos”. [4]

Después considerando el caso de los seropositivos, el mismo informe observa que: “El único comportamiento responsable de un hombre seropositivo es la abstención efectiva de las relaciones sexuales, de las protegidas y de las que no lo son. […] Si una pareja establece una relación estable, debería seguir estas recomendaciones: que cada uno se someta a análisis clínicos, repitiéndolos tres meses después, practicando en este periodo la abstinencia de toda relación sexual (con o sin condón), para poder ejercitarse en la fidelidad recíproca”. [5]

Los dignatarios, que son los autores de las consideraciones que estamos analizando, deberían tener en cuenta esta dramática conclusión que se extrae del informe que estamos citando:

“La declaración- realizada centenares de veces de los agentes sanitarios del Conseil supérieur del SIDA, y por asociaciones de lucha contra el SIDA- de la seguridad garantizada en cualquier circunstancia del uso del preservativo, es sin duda alguna, el principio de muchos contagios de los cuales todavía se niegan a buscar las causas”. [6]

Algunas campañas internacionales son realizadas en sociedades “expuestas”, inundándolas de preservativos. Se invita a las autoridades religiosas a dar su patrocinio. Pero no obstante estas campañas, y probablemente a causa de ellas, se observa regularmente una progresión de la pandemia.

En julio de 2004, una de las más eminentes autoridades mundiales del SIDA, el doctor belga Jean-Louis Lamboray, abandonó el UNAIDS (el programa de las Naciones Unidas contra el SIDA). El motivo que dio de este abandono fue “el fracaso de las políticas en la contención de esta enfermedad”. “Estas políticas han fallado porque la UNAIDS ha olvidado que las verdaderas medidas preventivas se deciden en las casas de las personas y no en las oficinas de los expertos”. [7]

Antes de emitir declaraciones perentorias, los dignatarios deberían recordar lo que otro doctor dijo; un doctor a quien los medios de comunicación dieron mucha importancia y que ciertamente no era sospechoso de simpatía hacia las posiciones de la Iglesia. Esto es lo que el difunto profesor Leon Schwartzenberg escribió en 1989:

“Son sobre todo los jóvenes los que extienden el SIDA; son completamente ignorantes de la tragedia del SIDA, que para ellos es una enfermedad que afecta a las personas ancianas. Esta convicción es reforzada por la actitud de la clase política mucho mayor que ellos, que son los responsables de esta propaganda: la publicidad oficial del preservativo parece estar creada por quien no lo usa nunca, para quien no quiere usarlo”. [8]

Los oyentes, los lectores y los espectadores de televisión, no pueden dar por bue
nas las consideraciones imprudentes de estos dignatarios, sin arriesgarse -como ellos- a verse acusados, antes o después, de ser “la raíz de muchos contagios”.