PAMPLONA, sábado, 4 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos un artículo de Ramiro Pellitero, profesor en el instituto Superior de Ciencias Religiosas de la Universidad de Navarra, sobre el mensaje central del pontificado de Benedicto XVI.

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El punto de partida de este pontificado ha sido la afirmación de Dios como amor ("Deus caritas est"). Esa es la Buena Noticia del cristianismo, lo más positivo, alegre y esperanzador que pueda conocerse y experimentarse. Luego, Benedicto XVI ha ido desarrollando ese mensaje central del Evangelio, dirigiéndose a la vez al mundo y al interior de la Iglesia, como hizo el Concilio Vaticano II. Todos sus textos y alocuciones contienen esta propuesta de valor único pero diferenciado, para la sociedad entera y particularmente para los cristianos.

En su primera encíclica se dirige a todos para que se abran a Dios como fuente del amor y, desde Él, al amor hacia los demás; a los cristianos les propone ser coherentes, viviendo la caridad como expresión de la naturaleza misma de la Iglesia. En la segunda (<i>Spe salvi), critica la modernidad por haber despreciado el espíritu del hombre y su libertad, a la vez que proclama la "gran esperanza" de la vida eterna y el juicio de Dios; a los cristianos les habla de aprender de nuevo la esperanza, rechazando el individualismo. En la tercera encíclica (Caritas in veritate) expone la necesidad del desarrollo integral del hombre, y, para los cristianos, les pide que unan la verdad con la caridad, especialmente en las cuestiones sociales.

También se encuentra esta bipolaridad en sus dos exhortaciones postsinodales. En la primera, sobre la Eucaristía (Sacramentum caritatis), proclama el misterio de la Eucaristía a la vez que solicita de los cristianos una respuesta de adoración y, coherentemente, de compromiso social. Por último, en la exhortación sobre la Palabra de Dios (Verbum Domini), vuelve a proponer esta Palabra ante el mundo, mientras desea que los cristianos la revaloricen y la sitúen en el centro de su vida.

Y así podría verse lo mismo en todas las actividades del ministerio papal. Por citar sólo su visita a Santiago de Compostela y a Barcelona, pidió a Europa que se abriera de nuevo a Dios y a la fraternidad universal (Santiago), respetando la vida y la familia (Barcelona). A los cristianos les habló de crecer en la "trasparencia de Cristo" profundizando en el significado de la Cruz (Santiago), de la belleza en la liturgia y de la caridad (Barcelona).

También en el libro-entrevista "Luz del mundo" se descubre esa doble propuesta, que corresponde a los dos aspectos de la crisis actual: "La crisis de la Iglesia es un aspecto, la crisis del secularismo, el otro. La primera crisis podrá ser grande, pero la otra se aproxima más y más a una catástrofe global permanente" (p. 55).

En la sociedad, el ateísmo práctico se viene extendiendo con el riesgo de convertirse en una actitud general, según la cual "la libertad no tiene ya más parámetros, todo es posible y todo está permitido" (lo que puede conducirnos a la autodestrucción). "Por eso también es tan urgente que la pregunta sobre Dios vuelva a colocarse en el centro. Por supuesto, no se trata de un Dios que de alguna manera existe, sino de un Dios que nos conoce, que nos habla y que nos incumbe. Y que, después, será también nuestro juez" (72).

En cuanto a la Iglesia y los cristianos, no deben quedarse en lo negativo, sino esforzarse en mostrar lo positivo, lo vivo y lo grande del Evangelio. No deben permitir en su vida "una suerte de esquizofrenia, una existencia dividida" (69): por un lado la fe o incluso una voluntad básicamente cristiana, y por otro lado participar de una cosmovisión secularista, no sólo pagana sino contraria a la religión. Deben apoyarse en la alegría que brinda el cristianismo, y, por eso mismo, tienen un "desafío urgente": mostrar en nuestro tiempo la necesidad de Dios. Para lograrlo, ellos mismos han de convertirse, colocar nuevamente a Dios en primer término -"son los santos los que viven el ser cristiano en el presente y en el futuro"-, y dejar que la Palabra de Dios ilumine sus vidas desde dentro.

Para todos vale -es el gran tema del libro- la propuesta de abrirse a Dios, que es la verdadera Luz del mundo: "Por así decirlo, debemos arriesgarnos nuevamente a hacer el experimento con Dios a fin de dejarlo actuar en nuestra sociedad" (76-77). Y cuando le interrogan por el significado que puede tener hoy una renovación interna de la Iglesia, responde: "Significa encontrar dónde se están arrastrando cosas superfluas, cosas inútiles. Y, por el otro lado, averiguar cómo se puede lograr mejor la realización de lo esencial, de modo que seamos realmente capaces de escuchar, vivir y anunciar en este tiempo la Palabra de Dios". Y añade: "Hoy se trata de presentar los grandes temas y, al mismo tiempo -como en la encíclica sobre la caridad Deus Caritas est-, hacer nuevamente visible el centro de la condición cristiana y, con ello, también la sencillez de esa condición cristiana" (88-89). Todo ello implica la necesidad de distinguir lo "esencialmente cristiano" de lo que es sólo expresión de una época determinada, que puede cambiar con los tiempos (cf. 151). Se trata de la reforma "en la continuidad", verdadera intención del Concilio Vaticano II.

Ante las crisis actuales (la crisis moral, ecológica y económica, etc., y también en el interior de la Iglesia), se pregunta Benedicto XVI: "¿Cómo nos manejamos en un mundo que se amenaza a sí mismo, en que el progreso se convierte en un peligro? ¿No tendremos que empezar de nuevo con Dios?" (88).


Los católicos y las nuevas ideologías

Por monseñor Giampaolo Crepaldi

ROMA, viernes 25 de noviembre de 2010 (ZENIT.org).- La razón política hoy tiende a ser débil en cuanto que viene flanqueada por el relativismo, que la hace a menudo incapaz de examinar racionalmente los valores morales y los contravalores, y valorar la utilidad de las diversas religiones para la construcción del bien común. Esta debilidad hace a la razón política mayormente disponible a las sirenas de las nuevas ideologías.

Tras el derrumbe de las grandes ideologías de los siglos XIX y XX, hecho que se hace remontar simbólicamente a la caída del muro de Berlín en 1989, las ideologías no han desaparecido de la escena política. De hecho han nacido muchas otras, y una sobre todo: el reduccionismo. El reduccionismo es la principal ideología de hoy. Mientras las ideologías anteriores eran integrales (e integristas), es decir, proponían una visión completa y omnicomprensiva de la realidad, la ideología que prevalece hoy es exactamente lo opuesto: descompone la realidad en ámbitos no medibles recíprocamente. Así, con la excusa de liberarse de las ideologías crea otra, también omnicomprensiva, aunque por defecto más que por exceso.

El reduccionismo está ampliamente difundido en todos los ámbitos. La persona es reducida a sus genes o a sus neuronas, el amor se reduce a química, la familia se reduce a un acuerdo, los derechos se reducen a deseos, la democracia se reduce a procedimiento, la religión se reduce a mito, la procreación se reduce a producción en laboratorio, el saber se reduce a ciencia y la ciencia se reduce a experimento, los valores morales se reducen a decisiones, las culturas se reducen a opiniones, la verdad se reduce a sensación, la veracidad se reduce a autenticidad, es decir, a coherencia con la propia autoafirmación.

Que las legislaciones de muchos Estados tercamente sigan financiando la investigación científica a través de las células madre embrionarias, incluso rechazando aplicar ese principio de “precaución” que en otros contextos se propone como un imperativo categórico. En este caso, si la mayoría de los científicos se dice favorable, no puede ser por motivos científicos, si acaso por una especie de “fe” en una libertad genérica de la investigación científica que presenta muchos síntomas de la ideología.

Este insinuarse de la ideología en las cuestiones que afectan al hombre y a su bien verdadero provoca una cierta dificultad para captar los problemas en su globalidad. La ideología, de hecho, se nutre de reduccionismo. Esta es una postura particular que pretende valer por entero. No toda reducción se convierte en ideología, sino solo la que esconde esta reducción y pretende hablar aún por el todo. La ideología, así, acaba por contaminar el cuadro del saber y de resquebrajar “la cohesión interior del cosmos de la razón” (Benedicto XVI).

Esto vale también para la razón política. Si la ciencia neonatal nos dice que un niño que nace prematuro en la semana 22 puede ser salvado, resulta difícil motivar por qué se puede seguir permitiendo el aborto legal hasta la semana 24. Si la ciencia nos dice que no se pueden utilizar las células madre embrionarias para la reconstrucción de tejidos enfermos porque tienen altas posibilidades cancerígenas y si la misma ciencia nos dice que existe la posibilidad de utilizar para fines terapéuticos las células madre adultas, las cuales pueden ser hechas retroceder al estado de las embrionarias con todas las potencialidades consiguientes pero sin riesgo, se hace muy difícil explicar para qué se amplían las posibilidades de la propia razón política y liberarla así de las nuevas ideologías.

La ampliación de la razón, sin embargo, no puede ser solo fruto de la razón, porque nadie da lo que no tiene. La Deus caritas est asigna a la fe esta tarea y la Spe salvi lo atribuye a la esperanza. En esta última encíclica, Benedicto XVI habla de hecho de la ampliación “del corazón” además de la razón. Refiriéndose a san Agustín, el Papa dice que “el hombre fue creado para una realidad grande […] pero su corazón es demasiado estrecho para la gran realidad que se le ha asignado. Debe ser ensanchado, […], agrandado y después limpiado”. Por esto la razón política necesita también la fe cristiana, porque para purificarse necesita también del corazón. Y mientras la razón es con todo una característica universal, el corazón es una característica personal. La política necesita hombre de fe, creyentes comprometidos en ella, para que la propia razón política pueda ampliarse hacia cuanto tiende el hombre en su totalidad y trascendencia. Las ideologías de hoy son por ejemplo el ecologismo, el vitalismo, el cientificismo, el materialismo, el psicologismo, el desarrollismo, el tercermundismo, el pauperismo, la ideología de género, la ideología de la diversidad, la de la tolerancia, el economicismo, la ideología del homo oeconomicus, el inclusivismo, el narcisismo.

El ecologismo es la exaltación de la naturaleza en cuanto tal hasta proclamar su superioridad respecto a la propia persona, vista como elemento de trastorno para la ecología natural. El ecologismo a menudo persigue una salvación entendida como bienestar y equilibrio psicofísico con el peligro de confundir la oración con el training autógeno. El vitalismo tiende a considerar todas las formas de vida como poseedoras de la misma dignidad hasta poner en duda la superioridad del hombre respecto a otros seres vivos y hablar, por ejemplo, de derechos de la naturaleza, derechos de los animales o derechos de las plantas.

El cientificismo es la exaltación de la ciencia como única forma de saber e incluso como salvación de la humanidad. Esto va al mismo paso con el materialismo en cuanto que la ciencia, se dice, constata sencillamente hechos y los mide, por tanto todo es fáctico y mensurable. El materialismo significa que todo está hecho de materia y que el espíritu no existe, por lo que la vida humana, incluso en sus manifestaciones más altas como la religiosa o ética o artística, sería fruto o de los genes o de las neuronas. Hoy hay un fuerte reduccionismo antropológico que reduce precisamente la persona humana a sus genes o a sus neuronas, e incluso el amor no sería sino química.

Una forma sutil de materialismo antropológico es el psicologismo, al que alude también la Caritas in veritate: todos los problemas interiores de la persona se reducen a problemas psicológicos y lo primero que se hace es ir al psicólogo. Pero hay problemas morales y espirituales que no pueden reducirse a lo psicológico. El confesor no es un analista, un papá y una mamá no pueden eximirse de educar en el bien moral a sus hijos delegando la cuestión a los psicólogos.

El materialismo es evidente también en el desarrollismo, es decir, en considerar los problemas del desarrollo solo como problemas materiales sin contar los factores culturales, religiosos o espirituales. Por el contrario, está también la ideología del decrecimiento o del post-desarrollo que niega valor al desarrollo y manifiesta una visión pesimista del hombre. El pauperismo es en cambio la ideología según la cual para estar todos mejor y para que haya mayor justicia sería necesario ser todos más pobres y dividir en partes iguales el pastel de la riqueza. El pauperismo se une a menudo con el tercermundismo, es decir, con dar toda la culpa del subdesarrollo a los países desarrollados, simplificando el cuadro de las responsabilidades.

La ideología del género significa pensar que las identidades sexuales son construcciones culturales y decisiones de trayectorias vitales, en lugar de una vocación contenida en nuestra naturaleza de nuestra naturaleza de personas sexuadas. La repercusión de esta ideología sobre la educación en la familia, en la procreación y en la filiación son muy negativas. Entre otras cosas comportan la pérdida incluso tot
al de la dimensión social de la sexualidad y la idea de que en el origen de la sociedad no hay dos individuos asexuados sino un hombre y una mujer en su complementariedad sexual.

La ideología de la diversidad consiste en absolutizar la diversidad como tal, independientemente de la verdad de la diversidad. Las diversidades son una riqueza, pero mientras permanecen dentro de un verdadero cuadro de humanidad y representan muchas vías para expresar la común naturaleza humana. Las diversidades en cuanto tales no son ni verdaderas ni falsas, ni buenas ni malas, y la convivencia no es un acercamiento indiferente de todas las diversidades, sin excluir ninguna, sino su integración al servicio de la humanidad común, lo que requiere la superación de la ideología de la tolerancia, dado que también hay cosas que no deben tolerarse.

La ideología del homo oeconomicus y del economicismo sostiene que todo cuanto el hombre hace sucede en vista de un interés material y que la economía, como sistema de persecución del self-interest, es el verdadero resorte de la historia. Se niegan así todas las relaciones desinteresadas e incluso el valor económico de la gratuidad.

El inclusivimo es la ideología que confunde el otorgamiento legítimo de derechos con el reconocimiento automático de los deseos como si fuesen derechos. Incluir es muy importante, porque la exclusión significa no reconocer a alguien los derechos inherentes a su dignidad de persona. Pero eso no puede significar la inclusión de todos los deseos, incluso los más narcisistas, egoístas, excéntricos, individualistas, voluptuosos, dentro de un sistema de ciudadanía. Sólo he dado unas pinceladas por cada una de las ideologías nombradas, aunque se podrían añadir otras.

El católico comprometido en política debería poner atención a las trampas de estas ideologías, que son muy insidiosas. Debería ser guiado por un sano realismo, es decir, por un realismo cristiano. La verdad es la realidad. El bien no es otra cosa que la realidad en cuanto es deseable. Que el católico se atenga a esta realidad y verá que a menudo las cosas no son como las ideologías las presentan. Que mantenga una libertad de juicio, que promueva puntos de vista alternativos, y hoy el realismo católico es la aproximación a los problemas más alternativa que exista.

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*Monseñor Giampaolo Crepaldi es arzobispo de Trieste y Presidente del Observatorio Internacional “Cardenal Van Thuân” sobre la doctrina social de la Iglesia.