CIUDAD DE MÉXICO, 31 julio 2002 ( HREF="http://www.zenit.org/">ZENIT.org).- La canonización de Juan Diego Cuauhtlatoatzin sirvió para que Juan Pablo II lanzara este miércoles un apremiante llamamiento al reconocimiento de los derechos de los indígenas, con frecuencia pisoteados.

«¡México necesita a sus indígenas y los indígenas necesitan a México!», fue el lema que el pontífice propuso en su homilía durante la solemne celebración que tuvo lugar en la Basílica de Guadalupe.

La «tarea de edificar un México mejor, más justo y solidario, requiere la colaboración de todos --insistió el Santo Padre. En particular es necesario apoyar hoy a los indígenas en sus legítimas aspiraciones, respetando y defendiendo los auténticos valores de cada grupo étnico».

Por otra parte, el pontífice garantizó a los herederos de las culturas precolombinas el apoyo y cariño de la Iglesia católica.

«Amados hermanos y hermanas de todas las etnias de México y América --dijo--, al ensalzar hoy la figura del indio Juan Diego, deseo expresarles la cercanía de la Iglesia y del Papa hacia todos ustedes, abrazándolos con amor y animándolos a superar con esperanza las difíciles situaciones que atraviesan».

Al evocar la figura de Juan Diego Cuauhtlatoatzin (que en náhuatl, el idioma que hablaba y en el que le habló la Virgen, significa «águila que habla»), el Santo Padre no abrazó sin embargo las propuestas ideológicas de quienes conciben los derechos étnicos como contraposición entre razas.

El primer santo indígena, aclaró, «facilitó el encuentro fecundo de dos mundos [el indígena y el europeo] y se convirtió en protagonista de la nueva identidad mexicana, íntimamente unida a la Virgen de Guadalupe, cuyo rostro mestizo expresa su maternidad espiritual que abraza a todos los mexicanos».

«Por ello --afirmó--, el testimonio de su vida debe seguir impulsando la construcción de la nación mexicana, promover la fraternidad entre todos sus hijos y favorecer cada vez más la reconciliación de México con sus orígenes, sus valores y tradiciones».

El pontífice concluyó recordando que en el cristianismo no hay razas ni color. Sin renunciar a la propia etnia, la fe presenta «la profunda verdad de la nueva humanidad, en la que todos están llamados a ser hijos de Dios en Cristo».

La canonización de Juan Diego «es el reconocimiento espiritual de un pueblo en base a sus raíces antiguas», declaró Jesús León, descendiente de etnia mexica y jefe de un grupo de danzantes tras la ceremonia.

En México, donde viven 102 millones de personas, se estima que un 10 por ciento de la población es indígena.