Se trata de la “escuela diplomática” del Vaticano, una de las más antiguas del mundo y que este 2026 cumple 325 años de fundación Foto: Vatican Media

Algunos rasgos del sacerdote diplomático pontificio: las tareas de León XIV a los que se preparan para ser sus embajadores

Discurso del Santo Padre a la comunidad de la Pontificia Academia Eclesiástica en ocasión de 2u 325 aniversario

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(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 27.04.2026).- Por la tarde del lunes 27 de abril, el Papa León XIV se trasladó desde la Ciudad del Vaticano a la sede la Pontificia Academia Eclesiástica en el centro de Roma. Se trata de la “escuela diplomática” del Vaticano, una de las más antiguas del mundo y que este 2026 cumple 325 años de fundación. La Pontificia Academia Eclesiástica, antiguamente Academia Pontificia de Nobles Eclesiásticos, fundada por Clemente XI en 1701, tiene como objetivo preparar, mediante un programa de estudios especializados, a jóvenes clérigos para el servicio diplomático de la Santa Sede, tras obtener un título eclesiástico. Sus Estatutos fueron reformados por Pío VI en 1775, León XII en 1829 y León XIII en 1879. El 8 de septiembre de 1937, Pío XI estableció que el Cardenal Secretario de Estado pro tempore sería el Protector de la Academia.

Ofrecemos a continuación la traducción al castellano del discurso del Papa:

***

Eminencia,

Excelencias,

queridos Superiores y Alumnos de la Pontificia Academia Eclesiástica,

me complace realizar mi primera visita como Romano Pontífice a esta antigua y noble institución, con motivo del jubileo por su 325.º aniversario de fundación. Ya hace unos años, en el marco de los encuentros propuestos a los alumnos, cuando vine aquí a dar mi testimonio en calidad de Prefecto del Dicasterio para los Obispos, tuve ocasión de reflexionar sobre la misión esencial que desempeña el Alma Mater de los diplomáticos pontificios. Hoy, casi un año después del inicio de mi ministerio petrino, acompañado por el diligente compromiso de la Secretaría de Estado y de las Representaciones Pontificias, esos sentimientos han encontrado confirmación. Contemplo, por tanto, con profunda gratitud la historia de dedicación y servicio que celebra este gozoso aniversario.

Dicha historia —arraigada en la propia catolicidad de la Iglesia— ha visto a lo largo de los siglos una cadena ininterrumpida de sacerdotes, procedentes de diversas partes del mundo, contribuir con sus humildes fuerzas a la construcción de esa unidad en Cristo que, en la diversidad de los orígenes, hace de la comunión una característica fundamental del servicio diplomático de la Santa Sede. Las reformas —la última de las cuales fue impulsada por mi inmediato Predecesor, de venerada memoria— siempre han tenido como objetivo preservar este rasgo distintivo y constitutivo de la acción de nuestra diplomacia, llamada cada día a orar y trabajar «ut unum sint» (Jn 17, 21).

En particular, los recientes cambios relativos a diversos aspectos de la formación académica e intelectual han dotado a la Institución de la autonomía necesaria para renovar el plan de estudios de las disciplinas jurídicas, históricas, politológicas y económicas, junto con el de las lenguas utilizadas en las relaciones internacionales. Sin embargo, me complace reiterar que la reforma más importante que se pide a quienes cruzan el umbral de esta Comunidad es la de un ejercicio constante de conversión, orientado a cultivar «la cercanía, la escucha atenta, el testimonio, el enfoque fraterno y el diálogo […] combinados con la humildad y la mansedumbre» (Francisco, Cartilla El ministerio petrino, 25 de marzo de 2025): virtudes que deben impregnar todo vuestro ministerio sacerdotal.

El encuentro de hoy, en esta Casa que ha contribuido al crecimiento intelectual, humano y espiritual de varios santos y beatos —entre ellos algunos de mis ilustres predecesores—, es para mí la ocasión de esbozar con vosotros algunos rasgos del sacerdote diplomático pontificio que, participando del ministerio del Sucesor de Pedro, acoge y cultiva una vocación especial al servicio de la paz, la verdad y la justicia.

I

Él debe ser, ante todo, un mensajero del anuncio pascual: «¡La paz esté con vosotros!» (Jn 20,19). Incluso cuando las esperanzas de diálogo y reconciliación parecen desvanecerse y la paz «tal como la da el mundo» es pisoteada y puesta a dura prueba, vosotros estáis llamados a seguir llevando a todos la palabra de Cristo Resucitado: «Os dejo la paz, os doy mi paz» (Jn 14,27). Y antes incluso de intentar construirla con nuestras pobres fuerzas, ante quienes no la buscan como don de Dios, vuestra misión os llama a ser «puentes» y «canales», para que la gracia que viene del cielo pueda abrirse camino entre los pliegues de la historia.

II

El diplomático pontificio, además, —al actuar en los más diversos contextos culturales y en los organismos internacionales— está especialmente llamado a dar testimonio de la Verdad que es Cristo, llevando su mensaje al foro de las naciones y haciéndose signo de su amor para con aquella parte de la humanidad que está confiada a su misión de pastor, antes incluso que de diplomático. Como tuve ocasión de señalar a principios de este año ante el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, hoy es absolutamente necesario que «las palabras vuelvan a expresar de manera inequívoca realidades ciertas», porque «solo así puede reanudarse un diálogo auténtico y sin malentendidos» (Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 9 de enero de 2026). También por esto es importante que llevéis al mundo la Palabra de Vida, que se reveló no con la afirmación de principios e ideas abstractas, sino haciéndose carne.

III

Por último, os preparáis para desempeñar un ministerio singular, que no se limita únicamente a la defensa del bien de la comunidad católica, sino de toda la familia humana que habita en una determinada nación o que participa en los foros de los distintos organismos internacionales. Esto os convierte en promotores de todas las formas de justicia que ayudan a reconocer, reconstruir y proteger la imagen de Dios impresa en cada persona. En la defensa de los derechos humanos —entre los que destacan los de libertad religiosa y a la vida—, os recomiendo, por tanto, que sigáis señalando el camino, no de la confrontación y la reivindicación, sino de la tutela de la dignidad de la persona, del desarrollo de los pueblos y las comunidades y de la promoción de la cooperación internacional. Estos son los únicos instrumentos que permiten iniciar auténticos caminos de paz.

Queridos Superiores y Alumnos, en un mundo marcado por las tensiones, que parece hacer de los conflictos la única forma de abordar las necesidades y las demandas, nuestra capacidad de dedicarnos al diálogo, a la escucha y a la reconciliación puede parecer insuficiente, a veces incluso inútil. ¡Esto no debe desanimarnos! Sigamos invocando con confianza el don de la paz de Cristo, sin temor. Y estad seguros de que vuestro generoso ministerio, en cualquier momento y en cualquier lugar, será siempre un instrumento para promover y custodiar la dignidad de cada hombre y mujer, creados a imagen y semejanza de Dios, y para incrementar el bien común.

Con estos deseos y con paternal benevolencia, invoco sobre cada uno de vosotros y sobre el futuro camino de la Pontificia Academia Eclesiástica, por intercesión de la Santísima Virgen María y de San Antonio Abad, vuestro Patrono, la Bendición Apostólica.

Traducción del original en lengua italiana realizado por el director editorial de ZENIT.

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Redacción Zenit

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