el mensaje reconoce que el panorama político y social del país se ha visto profundamente alterado por los acontecimientos del 3 de enero Foto: Conferencia Episcopal Venezolana

Así se encuentra Venezuela tras mes y medio sin Maduro: Obispos venezolanos interpretan la crisis y publican exhortación

Publicado el 9 de febrero de 2026 por la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), el mensaje reconoce que el panorama político y social del país se ha visto profundamente alterado por los acontecimientos del 3 de enero

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(ZENIT Noticias / Caracas, 10.02.2026).- Al cierre de su 125.ª Asamblea Plenaria Ordinaria, los obispos católicos de Venezuela no optaron por el silencio ni el alarmismo: recurrieron a las Escrituras. Inspirándose en el profeta Isaías —«Tu luz nacerá como la aurora»—, emitieron una exhortación pastoral que interpreta la turbulencia actual de Venezuela a través de una lente marcada por la esperanza, el realismo y la urgencia moral.

Publicado el 9 de febrero de 2026 por la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), el mensaje reconoce que el panorama político y social del país se ha visto profundamente alterado por los acontecimientos del 3 de enero. Sin minimizar la incertidumbre y el miedo que aquejan a amplios sectores de la población, los obispos anclan deliberadamente su lectura de la historia en la imagen evangélica de Cristo calmando la tormenta. El mensaje es explícito: la barca puede estar maltrecha, pero no abandonada. Jesús sigue siendo «Dios con nosotros», Emmanuel, incluso en medio de la conmoción nacional.

El documento se sitúa en continuidad con el discurso del Ángelus del Papa León XIV del 4 de enero, cuando el Pontífice insistió en que «el bien del amado pueblo venezolano debe prevalecer sobre cualquier otra consideración». Esta frase se convierte en la clave interpretativa del diagnóstico que los obispos hacen de las heridas del país. Enumeran, con notable claridad, las realidades cotidianas que afligen a los venezolanos: la escasez de empleos justamente remunerados, la corrupción sistémica que opera con impunidad y las reiteradas violaciones de los derechos humanos y civiles, en particular la libertad de expresión, el debido proceso y el derecho a la defensa legal.

A partir de ahí, el texto se adentra decisivamente en el terreno institucional. Para los obispos, la soberanía y la democracia no son lemas abstractos, sino realidades tangibles. Argumentan que la reconstrucción de la nación requiere restaurar la independencia de los poderes públicos y asegurar la credibilidad de las instituciones clave, especialmente el Tribunal Supremo de Justicia y el Consejo Nacional Electoral. Solo las instituciones percibidas como imparciales y confiables, enfatizan, pueden garantizar unas elecciones verdaderamente libres y justas. Los obispos hacen una referencia directa a las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, señalando que la soberanía popular —expresada mediante el sufragio universal, directo y secreto— se vio socavada cuando las autoridades estatales no publicaron los resultados electorales detallados. En este contexto, los acontecimientos del 3 de enero se reconocen como controvertidos: muchos los interpretan como una violación del derecho internacional, pero otros también los ven como una posible puerta de entrada a la renovación democrática. Los obispos no respaldan ni condenan estas interpretaciones rotundamente, pero reconocen su trascendencia disruptiva.

Una de las dimensiones más impactantes del mensaje es su solidaridad concreta. Los obispos renuevan su cercanía a los presos políticos y sus familias, a los millones de personas obligadas a migrar, a los pacientes que no pueden acceder a medicamentos esenciales, a los jóvenes cuyo futuro educativo y profesional se ha visto descarrilado, a las comunidades indígenas marginadas y a quienes han perdido sus bienes a causa de confiscaciones arbitrarias. También conmemoran a las víctimas de la violencia, pasadas y presentes, describiendo sus muertes como pérdidas insensatas de vidas humanas irremplazables.

En sus 22 puntos, la exhortación vuelve repetidamente a la autocomprensión de la Iglesia. Los obispos reafirman su compromiso con el bien común, especialmente con los pobres y los más vulnerables, y llaman a todos los sectores de la sociedad a anteponer este objetivo a intereses personales, ideológicos, partidistas o económicos. La paz, argumentan, no puede construirse sobre el resentimiento ni la propaganda. Requiere rechazar la violencia, desmantelar las mentiras y silenciar lo que describen como la «guerra de palabras» que corroe la confianza social.

El camino a seguir, en su opinión, es exigente. Implica procesos de acercamiento, reconocimiento mutuo, perdón y reconciliación, junto con una purificación de la memoria histórica basada en la verdad y la justicia. El respeto a la dignidad humana y la práctica cotidiana de la fraternidad se presentan no como virtudes opcionales, sino como requisitos previos para la sanación nacional.

Los derechos humanos ocupan un lugar central en el llamamiento de los obispos. Insisten en que el desarrollo sostenible y pacífico es imposible sin el pleno respeto de las libertades civiles y políticas. En la práctica, exigen la derogación de las leyes que restringen los derechos fundamentales, en particular las que afectan la libertad de expresión, la participación electoral y la labor de las organizaciones de la sociedad civil. Si bien celebran la reciente liberación de algunos detenidos por motivos políticos o por expresar opiniones disidentes, reiteran su exigencia de la liberación incondicional de todos los presos políticos. En el mismo espíritu, abogan por una ley de amnistía general amplia e inclusiva como paso decisivo hacia la reconciliación y la convivencia democrática.

El mensaje también va más allá de la reforma institucional y se centra en el propio tejido social. Los obispos destacan a la familia como piedra angular del desarrollo humano integral e instan a una mayor participación de todos los sectores de la sociedad. La justicia económica ocupa un lugar destacado: denuncian el empobrecimiento generalizado que afecta a gran parte de la población e insisten en que los ingresos procedentes de la reactivación de la industria petrolera deben destinarse a salarios justos y programas sociales verdaderamente equitativos. Estas políticas, advierten, deben evitar el clientelismo partidista y permitir que los ciudadanos satisfagan con dignidad sus necesidades materiales, sociales e intelectuales fundamentales.

La exhortación concluye con un llamado: los obispos invitan a los venezolanos a encontrar fuerza en la oración diaria y a hacer de la Cuaresma un tiempo de renovada vida interior mediante prácticas como la lectio divina, la adoración eucarística, el Vía Crucis y los encuentros espirituales comunitarios. Estos, sugieren, pueden reconstruir los lazos entre los ciudadanos como hijos de una misma tierra.

Encomendando la nación a la intercesión de Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela, los obispos concluyen con un llamado a asumir la responsabilidad personal y colectiva por el futuro del país y a caminar juntos, sin atajos, por caminos de libertad, justicia y paz.

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Redacción Zenit

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