Un condenado a muerte agradece conmovido la intervención del Papa

Derek R. Barnabei debería ser ajusticiado el 14 de septiembre

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ROMA, 30 julio (ZENIT.org).- «Ha sido para mí una alegría indescriptible». Con estas palabras ha respondido Derek Rocco Barnabei a la petición de clemencia que ha pedido para él Juan Pablo II. Si el llamamiento del Papa no es acogido por Jim Gilmore, gobernador del Estado de Virginia, el próximo 14 de septiembre morirá ejecutado.

En varias ocasiones, el Santo Padre se ha movilizado para pedir que, en el espíritu del Jubileo, se conceda «un acto de clemencia» a este hombre de 33 años. El pontífice, en su petición, no alude a cuestiones judiciales ni entra en el mérito del caso, menciona simplemente motivos de carácter religioso. Sin embargo, hasta ahora no hay acusaciones concluyentes contra Barnabei, acusado de haber asesinado a una estudiante.

«La intervención del Santo Padre ha sido para mí una alegría imposible de describir –ha afirmado Derek Rocco Barnabei en declaraciones a «Radio Vaticano»–. Nunca me habría atrevido a esperar algo tan maravilloso, pero obviamente él mismo es un hombre maravilloso. Esta intervención suya, y sus oraciones por mí me han tocado profundamente. No es una casualidad que inmediatamente después de la intervención del Santo Padre me haya podido encontrar con el gobernador y con sus abogados para discutir la posibilidad de realizar nuevos exámenes del ADN. Hay unas sesenta pruebas que exigen el test del ADN; nosotros lo hemos pedido para doce, quizá nos lo concederán para cinco. ¡Estoy convencido de que cada una de estas pruebas –singularmente o en su conjunto– demostrará mi inocencia! Espero que quieran escucharnos y que nos permitan efectuar estos exámenes».

Desde 1976 hasta hoy, en los Estados Unidos, 87 condenados a muerte han sido liberados, tras haberse demostrado su inocencia. Sin embargo, esta estadística no afecta a Virginia, donde a causa de la «ley de los 21 días», que prohíbe la presentación de nuevas pruebas después de este plazo al final de un proceso, nadie ha podido salir del «corredor de la muerte».

Barnabei, que vive en esta situación, confirma: «En el mejor de los casos, la condena ha sido conmutada en cadena perpetua. En otras palabras: aunque uno sea inocente, la condena capital se convierte, de todos modos, en una condena para toda la vida… Es espantoso… Esto me ha hecho pensar mucho y he llegado a la conclusión de que cuando se comete un homicidio horrible en la sociedad, el rencor entre las personas crea un clima de «cacería de brujas». Después se involucran los medios de comunicación y se llega a una especie de locura «mediática»; y una persona que pasaba en el momento y en el lugar equivocadoa, puede ser chupada por este remolino de odio y de rabia. Es mucho más fácil de lo que se puede imaginar. Por esto me he rebelado, pues los derechos que no se me conceden hoy son los mismos que pueden ser arrebatados a cualquier otro mañana».

La jornada del detenido se compone de horas interminables y de burlas de todo tipo, en espera del inexorable día. Una pesadilla que Barnabei, al concluir su dramático testimonio a «Radio Vaticano» ha tratado de describir: «Es una vida reducida a lo mínimo indispensable. Es difícil expresar con palabras hasta qué punto es deprimente. Es un ambiente de violencia potencial. Vivimos amontonados, es como un almacén de cuerpos, un edificio hecho de pequeñas cajas y de baños de acero. Estamos circundados por hombres en uniforme que abusan de su posición y nos pegan… Es horrible».

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ZENIT Staff

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