Las misiones populares modernas: un invento del futuro Pablo VI

Modelos, obreros, corredores de Bolsa…; la Iglesia salió de la sacristía

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MILAN, 7 mar 2001 (ZENIT.org).- En el contexto del Jubileo del año 2000, la Iglesia católica ha redescubierto las misiones populares, especialmente en las grandes ciudades. Una idea que comenzó en 1957 el arzobispo de Milán y futuro Pablo VI.

Un libro recién publicado en Italia, analiza aquella «sorprendente» idea para la época del arzobispo Giovanni Battista Montini, que le llevó, por ejemplo, hasta la misma Bolsa de valores para conversar con los «corredores» y agentes de la capital financiera italiana.

A sus sacerdotes les pidió ir aún más allá: el padre Fabbretti organizó retiros y cursos de una semana para setenta modelos de pasarela. Otro sacerdote, el padre Mazzolari, llenó las salas sindicales al dirigirse a los obreros ferroviarios comunistas.

Las tres semanas más intensas de la misión del arzobispo de Milán reunieron quizá por primera y última vez a toda la metrópoli italiana.

La revista francesa «Paris Match» definió aquella iniciativa «misión monstruo», y fue de hecho entonces «la mayor misión predicada en la Iglesia católica».

El cardenal canadiense Paul-Émile Léger pidió los documentos y la rehizo tal cual en Montreal.

Ahora, aquella experiencia que haría escuela es analizada por un libro publicado por un periodista que cubrió el acontecimiento, Antonio Airò. El título es «¡Venid y escuchad! Montini y la Misión de Milán» («¡Venite e ascoltate! Montini e la Missione di Milano», editado por el Centro Ambrosiano de
Milán).

El libro muestra cómo parece que Montini tenía ya en mente la idea cuando tomó posesión de la sede ambrosiana, en 1955. La anunció un año después, inspirándose seguramente en la «Misión de París», aunque fue una experiencia muy diferente.

El arzobispo apenas llegado intuyó el futuro de Milán, locomotora económica del país y también lugar de contradicciones, por la gran inmigración de trabajadores del sur. La apuesta fue alta y decidió dar un nuevo estilo: su misión no tendrá tonos de cruzada.

«Toca a cada puerta pero no debe echar abajo ninguna», no se propone en primer lugar convertir, no quiere defender un sistema ni político ni moral. Sólo desea volver a presentar las preguntas básicas del sentido religioso, de ahí la elección del tema: «Dios Padre». Su objetivo era despertar sobre todo «la religión de las conciencias».

Una misión «moderna» y dirigida sobre todo a los «lejanos», pues como él constataba «los lejanos son ya más numerosos que los cercanos».

Uno de los actos que más resonancia tuvo fue, de hecho, la «Carta a los lejanos» que Montini mandó el 7 de noviembre de 1957, pidiéndoles perdón «si no os hemos comprendido, si os hemos rechazado demasiado fácilmente… si os hemos tratado con ironía, con burla, con polémica».

La Misión conectó a las 127 parroquias ciudadanas con una poderosa y eficiente organización que puso los pelos de punta a los redactores del diario comunista «L´Unità», quienes alarmados titularon: «Las parroquias se están convirtiendo en verdaderas centrales de información». Eran los tiempos de don Camilo y don Pepone.

Durante tres semanas de meditaciones fueron contactados 1.228 predicadores externos, entre ellos dos cardenales, 24 obispos y numerosos sacerdotes «de fama». Además de las parroquias, se pusieron en marcha 35 cursos por categorías laborales y profesionales, desde periodistas hasta modelos de pasarela. Este último comenzó con tres y acabó con setenta. Hubo también encuentro para vigilantes nocturnos (obviamente organizados por la mañana).

En total, se implicaron a 600.000 milaneses implicados en los encuentros, la mitad de la población adulta de la ciudad. Se gastaron cerca de 70 millones de liras de la época (otra novedad de entonces: recogidos sin colectas sino a través de donaciones privadas).

El resultado pasó los confines de la urbe y atrajo sobre Milán la ambición de hacer de ella una diócesis-piloto para lanzar un modelo pastoral nuevo.

El libro muestra cómo, en una Iglesia que todavía no había vivido el Concilio la experiencia, vista a la luz de nuestros días, también tuvo sus límites: en particular, la escasa implicación de los laicos.

Pero las reacciones fueron de todos modos generalmente positivas incluso en el mundo anticlerical. Salvo la ridícula excepción del periódico «Avanti» (socialista, que antes había sido de Mussolini) que rayó en el ridículo: pidió la suspensión de la misión para evitar el contagio de la gripe que tenía lugar en esos días.

Como escribe Airò, desde aquella misión, el diálogo entre la Iglesia y el mundo moderno tomó otra dirección y Milán anticipó en cierto sentido algo del futuro Concilio Vaticano II.

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ZENIT Staff

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