El nuncio en España inaugura el año jubilar de Caravaca de la Cruz

MURCIA, 12 enero 2003 (ZENIT.org).- El Nuncio del Papa en España, monseñor Manuel Monteiro de Castro, inauguró este domingo el Año Jubilar de la Vera Cruz de Caravaca, en la localidad de Caravaca de la Cruz (Murcia).

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Constituye un acontecimiento singular, ya que sólo Roma, Santiago de Compostela, Santo Toribio de Liébana y Jerusalén, junto con Caravaca, disfrutan del privilegio de poder celebrar años jubilares.

Monseñor Monteiro celebró a las once de la mañana una misa en la explanada situada frente al castillo-santuario, que ha dado inicio al Año Jubilar y a la que han acudido más de 2.000 personas.

En 1998, la Santa Sede otorgó a Caravaca de la Cruz el privilegio de poder celebrar a perpetuidad cada siete años –a partir de 2003– el Año Jubilar. Caravaca ya posee una larga tradición en celebración de años santos, pero antiguamente se proclamaban sólo cuando el Papa lo concedía. En 1998 se estipuló que se celebraría cada siete años. Se trata de una medida extraordinaria, ya que tan sólo otras cuatro ciudades en todo el mundo –Roma, Santiago de Compostela, Santo Toribio de Liébana y Jerusalén– gozan de esta gracia.

Año Santo o Jubilar es un tiempo en que la Iglesia concede singulares gracias espirituales a los fieles, a imitación de lo que la Biblia dice del Año Jubilar de los israelitas. Según las Sagradas Escrituras, cada siete años se celebraba un Año Sabático, durante el cual, el que había vendido las tierras por necesidad las recuperaba y los esclavos adquirían la libertad (libro del Levítico, capítulo 25).

Todos los que peregrinen a Caravaca durante los próximos doce meses tendrán la posibilidad de ganar el Jubileo, una gracia especial que la Iglesia concede. Consiste fundamentalmente en una indulgencia plenaria para el perdón de la pena que provocan los pecados. Para ganarla, es necesario: Visitar el santuario de Caravaca; rezar alguna oración (al menos, el Credo, el Padrenuestro y pedir por las intenciones del Papa), aunque también se recomienda asistir a la Santa Misa y confesarse y comulgar 15 días antes o después de la peregrinación.

Las indulgencias, según explica el Código de Derecho Canónico en su número 992, son «la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones, consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los Santos.

Este Año Santo, además, se presenta con una esperanza especial. Desde hace varios meses, cuando se tuvo noticia de la visita de Juan Pablo II a España, prevista para los próximos 3 y 4 de mayo, se habló de la posibilidad de que el Santo Padre pisase la tierra de Caravaca para venerar la Vera Cruz. Es una posibilidad remota, que el propio obispo de Cartagena-Murcia, monseñor Manuel Ureña, reconocía como casi imposible. En una rueda de prensa el pasado jueves, el prelado aseguraba que «hay una luz de esperanza de que el Papa pudiera venir a Caravaca», aunque «no es nada fácil, en especial porque tendría que encajar en la programación de su viaje a España, pero no arrojo la toalla todavía». De todas formas, aseguró que durante este año el Santo Padre recibirá en audiencia privada «a una embajada de Murcia, que estará formada por las autoridades de la Cofradía de la Vera Cruz, la Iglesia Diocesana y la Comunidad Autónoma».

La cruz de Caravaca fue reconocida oficialmente muy pronto por la Iglesia. El padre Cuenca, en su historia sobre la Santísima Cruz (escrita en 1722), afirma que apenas ha habido algún Pontífice que no haya concedido alguna gracia o indulgencia a la Cruz, como consta por papeles y bulas que existen en el archivo de la Real Capilla del Santuario; documentos que desgraciadamente desaparecieron durante la invasión napoleónica y la Guerra Civil española. Entre otros, destacaba la bula del Papa Clemente VII (1392). En 1736 se concede a la Cruz el culto de latría.

La difusión de la devoción a la Vera Cruz de Caravaca coincide con el auge de la Monarquía española, especialmente durante la época de los Reyes Católicos, de Carlos I y de Felipe II. San Juan de la Cruz y Santa Teresa llegaron a fundar conventos, que aún permanecen en la localidad.

La reliquia ha permanecido en la localidad de Caravaca de la Cruz desde 1.232, según la tradición histórica local. Reinaba por aquel entonces Fernando III el Santo en Castilla y León y Jaime I en Aragón. Caravaca permanecía bajo dominio musulmán, cuyas tierras pasarían a Castilla once años más tarde.

Según relata la tradición, el said almohade de Valencia, Abu-Ceit, conquistó Caravaca entre 1230 y 1231. Algún tiempo más tarde, entre los cristianos prisioneros en el castillo, estaba el sacerdote Ginés Pérez Chirinos quien, venido de Cuenca, predicaba el Evangelio a la morisma.

El sayid Abu-Ceit preguntó a los cautivos sobre sus respectivos oficios. El sacerdote contestó que el suyo era decir la misa. Logró suscitar la curiosidad y el interés del musulmán, el cual dispuso lo necesario para presenciar dicho acto litúrgico. Mandó traer los ornamentos necesarios desde tierras cristianas, y comenzó a celebrarse la liturgia. Sin embargo, al poco tiempo el sacerdote se detuvo y dijo que no podía continuar por faltar en el altar el símbolo de un crucifico, sin el cual no podía oficiar la Santa Misa. En ese momento, por la ventana del salón, dos ángeles trajeron un «lignum crucis» –un trozo de la verdadera cruz en donde fue crucificado Cristo–, que depositaron sobre el altar, y así pudo continuar la misa.

Ante la maravillosa aparición, el sayid Abu-Ceit y toda su corte se convirtió. Después se comprobó que la cruz era del Patriarca Roberto de Jerusalén.

El «lignum crucis» se conserva en el interior de la conocida cruz de doble brazo. Sin embargo, a lo largo de los siglos y con el fin de proteger la madera, se confeccionaron distintos relicarios. En el siglo XIII se recubrió con un engaste de plata sobredorada. En 1660, el Concejo de la ciudad hizo un nuevo engaste de oro fino. Fue en 1711 cuando el Duque de Montalto regaló una rica teca de oro y pedrería con abertura que permitía tocar a través de varias perforaciones el preciado madero.

Más tarde, la casa de Alba regaló una teca-estuche de oro y pedrería que llegó a Caravaca en agosto de 1.777, siendo la forma de este estuche la que ha llegado hasta nuestros días y como se conoce universalmente a la Cruz de Caravaca.

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ZENIT Staff

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