Laicos y religiosos: una misma misión evangelizadora, vocaciones diferentes

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Habla Jesús María Lecea, presidente de los religiosos en Europa

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MADRID, 17 enero 2003 (ZENIT.org).- La llamada de laicos y religiosos a trabajar juntos en la misión eclesial, las soluciones a la crisis de vocaciones y su específica contribución a Europa son desafíos y también esperanzas que hoy tiene por delante la vida religiosa.

El padre Jesús María Lecea, Presidente de la Conferencia Española de Religiosos (CONFER) y de la Unión de Conferencias Europeas de Superiores Mayores (UCESM), habló sobre esos retos en una entrevista concedida a Zenit.

–¿De qué manera están llamados los religiosos y los laicos a trabajar juntos en la misión de la Iglesia? ¿«Colaboración» no puede llegar a ser «confusión» entre la vocación específica de unos y otros?

–Jesús María Lecea: Es doctrina comúnmente admitida que todos los bautizados están llamados a integrarse en una misión común, la que señala el Evangelio y que la misma Iglesia, Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo, asume como mandato del Señor. La misión única y común marca a su vez la vocación común a la santidad, descrita siempre como perfección en el amor.

Al laico se le ofrecen muchas vías hacia la plenitud del amor con una identidad que le es propia en la Iglesia. La vida religiosa tiene igualmente sus caminos y su identidad, aunque unos y otros sean originarios de la consagración bautismal. Esta última agrupa la vocación religiosa y la vocación laical en general; pero su «consagración específica» da identidad especial a la vida religiosa.

Lo importante es no perder identidad en ningún caso: ni el laico debe renunciar a su identidad ni tampoco el religioso. Porque ahí está la riqueza de la Iglesia y la posibilidad de ser «cuerpo» del Señor, diferenciado en sus miembros, pero todos ellos necesarios e insustituibles para que viva.

Laicos y religiosos están llamados a trabajar aunados en la misión eclesial, lo que no significa confundir vocaciones. La vida religiosa ve hoy en la «misión compartida» un signo de los tiempos actuales, algo a trabajar con decisión y un estímulo renovador para sí misma.

–Cualquier estado de vida no está exento de dificultades. ¿Qué factores alimentan, a su juicio, la crisis generalizada de vocaciones a la vida religiosa? ¿Cómo puede descubrir un cristiano que también es posible ser religioso hoy?

–Jesús María Lecea: La zona geográfica más afectada por la crisis de vocaciones a la vida religiosa es la que llamamos «Occidente», refiriéndonos también a los países mejor dotados de medios económicos y de estructuras sociales democráticas. Los factores causantes de la disminución de vocaciones son muchos porque la situación es compleja.

Los religiosos están trabajando intensamente en este sector pastoral y rezando por las vocaciones, quizás más que nunca. Los frutos son escasos, ciertamente, y el hecho interroga; pero sería injusto culpar a los agentes de esta pastoral específica. Quizás hoy son los más amenazados por el cansancio y la insatisfacción del bregar echando las redes y retirándolas vacías.

Entre las causas de la merma vocacional hay un factor claro y poco discutible: el bajísimo nivel de natalidad. Existen también otros factores muy influyentes, como muchos de los ambientes donde viven o se mueven los jóvenes, en absoluto favorables a una consagración de por vida en la vida religiosa. Esta, en la apreciación social, carece de imagen o se percibe como algo trasnochado y nada «promocional». Es una dificultad grave en un mundo como el nuestro, fabricado desde el afán de prosperar social y económicamente. También es cierto que tales situaciones hacen más libres las vocaciones y colocan, como contrapartida, a la vida religiosa en situaciones de mayor transparencia evangélica.

Como factor determinante está también la crisis de conciencia eclesial entre los que se reconocen creyentes, en la práctica muy alejados de las instituciones de Iglesia y de sus orientaciones oficiales. Crisis de la misma comunidad eclesial que no se ve interpelada por la necesidad de proveerse a sí misma de los ministerios y vocaciones que necesita. Tal vez se producen deficiencias finalmente –cierro la lista sin pretensión de haber dicho todo ni lo más importante– en el testimonio mismo de la vida religiosa y en los lenguajes en que se expresa.

Un cristiano puede descubrir la vocación a la vida religiosa si asume su vocación cristiana con hondura y responsabilidad. Hay posibilidad de descubrimiento cuando se está cerca de los jóvenes con llamadas que toquen su sensibilidad y capacidad de percepción; ofreciendo cauces previos donde se cultive bien la vida de la fe, como comunidades, grupos cristianos, servicios motivados por la referencia al evangelio. La ayuda y el acompañamiento en el proceso humano, creyente y vocacional es otra manera de abrir posibilidades. Son también necesarias ciertas muestras perceptibles, o de impacto, de que el evangelio merece formas de vida así.

–En un momento en que los trabajos de la Convención Europea debaten la inclusión de las raíces cristianas en la futura Constitución, ¿qué puede aportar la vida religiosa de Europa? ¿Debería tal vez dejarse re-evangelizar por los demás continentes?

–Jesús María Lecea: En clave de aportación a la configuración de una nueva identidad europea, la vida religiosa tiene una historia muy aleccionadora a la que acudir. No para dejarse vencer por la nostalgia inoperante, sino para «recrear historia» en el presente, según invitación del mismo Juan Pablo II.

La especificidad en la aportación se entiende desde la peculiaridad misma de la vida religiosa, desde su vocación en la Iglesia y para el mundo, desde lo que le es más propio en su ser y actuar fuertemente unidos. Así, por ejemplo, el cultivo de una espiritualidad vigorosa y con sentido personalizador y comunitario, porque aflora cada vez con más fuerza una búsqueda o inquietud de amplios sectores de la sociedad europea en esa dirección; la experiencia de fraternidad como referencia a que es posible una comunidad europea diferente, abierta a la convivencia en medio de sus diferencias; el posicionamiento al lado y al servicio del pobre indicando que Europa debe abrirse a otros pueblos y gentes sobre todo a los necesitados; valores, procedentes del Evangelio, para un comportamiento más ético y honesto en las relaciones sociales, económicas, culturales y políticas entre los ciudadanos y pueblos de Europa.

Ante el peligro de cerrarse en sí misma, la vida religiosa europea, con su amplia experiencia misionera, puede ayudar al viejo continente a liberarse de su eurocentrismo autosuficiente o paternalista y dirigirse hacia caminos por recorrer juntos, codo a codo con otros pueblos y continentes, en el respeto mutuo y con la actitud abierta de quien sabe que aprende de los otros. En clave de evangelización esto significa evidentemente abrirse al compartir dones en la Iglesia y dejarse evangelizar también por experiencias misioneras que le vengan de fuera.

–¿Cuáles son las expectativas de las comunidades religiosas ante la adhesión de los países del Este a la Unión Europea?

–Jesús María Lecea: La vida religiosa ve con satisfacción y esperanza que la «casa común» europea se haga grande para acoger a todos sus países; que ensanche sus paredes y abra sus puertas a nuevos «familiares». Europa tiene un pasado amargo de mutua incomprensión entre sus pueblos, de rivalidades, confrontaciones y guerras. En muchos de estos conflictos la religión fue un factor condicionante, también la Iglesia católica. De la conciencia cristiana, sin embargo, aunque no sólo desde ella, nació la voluntad de reconvertir el camino de la confrontación en camino de encuentro para llegar a una «casa común», donde la unión de pueblos y naciones se dé en el respeto y la garantía de las libertades.

La vida religi
osa, que vive en su propio seno realidades de internacionalidad, incluso a nivel mundial, se alegra de la ampliación de la UE y se confirma en su misión de favorecer la creación de «familias de pueblos» en Europa y en el mundo.

La Unión de Conferencias Europeas de Superiores Mayores (UCESM), organismo de la vida religiosa europea, abraza las Conferencias Nacionales de toda Europa, no sólo de la Unión Europea, y podemos decir que ha sido un acierto para nosotros. La fraternidad común en la que se reconoce la vida religiosa de Europa logra superar las dificultades que también se dan. Desde nuestra modesta realidad, que nos resulta tan satisfactoria y gozosa, esperamos que la ampliación progresiva de la Unión nos ofrezca nuevas posibilidades de vida y misión europeas, a la vez que todos los países integrados salgan beneficiados de la unión.

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ZENIT Staff

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