El diálogo ecuménico, una prioridad para Benedicto XVI

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Avanza notablemente con los ortodoxos, pero se mantienen las incertidumbres con los luteranos

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CIUDAD DEL VATICANO, martes 20 de enero de 2009 (ZENIT.org).-El diálogo ecuménico es una prioridad para Benedicto XVI, como lo ha sido para todos los Papas desde Juan XXIII y el Concilio Vaticano II. Este diálogo avanza, aunque de forma desigual: con los ortodoxos se han dado grandes pasos adelante, pero siguen existiendo grandes incertidumbres con las comunidades surgidas de la Reforma.

Así lo afirma el secretario del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos, el obispo Brian Farrell L.C., en el primero de una serie de artículos que están siendo publicados por L’Osservatore Romano, con motivo de la anual Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

Monseñor Farrell explicó que para el actual pontífice, el diálogo ecuménico es una «cuestión prioritaria», como lo ponen de manifiesto «sus numerosos encuentros y discursos de carácter ecuménico».

Precisamente, aludió al último encuentro que los miembros de este dicasterio han tenido con el Papa, el pasado 12 de diciembre, como punto de referencia para explicar a qué punto se encuentra actualmente el diálogo con los «hermanos separados».

Farrell afirmó, recordando la intervención del Papa en aquel encuentro, que mientras que el diálogo con los ortodoxos «ha avanzado de forma significativa», no ha sucedido lo mismo por ahora con las Iglesias y comunidades de la Reforma.

Como el Papa puso de manifiesto, ha habido un gran «progreso en el diálogo de la caridad» entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas y orientales, con intercambio de visitas entre significados prelados de ambas confesiones, y con «un sincero espíritu de amistad entre católicos y ortodoxos que ha ido creciendo en los últimos años».

«Precisamente este progreso en el ‘diálogo de la caridad’ ha permitido al ‘diálogo teológico’ entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa obtener resultados notables, e incluso inesperados», explicó.

Sin embargo, lamentó, «sigue habiendo un interrogante difuso, rodeado de una cierta desconfianza, sobre los resultados del diálogo con las comunidades e Iglesias de la Reforma».

Precisamente, el objeto de la pasada Plenaria del dicasterio en diciembre tuvo por objeto examinar a qué punto está este diálogo en los cuatro frentes que la Iglesia tiene abierto en este sentido: con la Federación luterana mundial, con el Consejo Metodista, con la Comunión Anglicana y con la Alianza Mundial de las Iglesias Reformadas.

En estos cuarenta años de diálogo, monseñor Farrell constató que, si bien «se han superado muchos prejuicios e incomprensiones del pasado», sin embargo perduran antiguas diferencias que por desgracia no han sido aún superadas.

Estas diferencias van en dos direcciones: por un lado, la relación entre la Escritura y la Tradición, y por otro, la naturaleza de la Iglesia de Cristo.

En el primer aspecto, monseñor Brian Farrell explicó que, si bien se ha llegado a un consenso en admitir que no hay contraposición entre Escritura y Tradición (la Escritura existe gracias a la tradición apostólica de los orígenes), no hay acuerdo, entre otras cuestiones, sobre el «magisterio competente» para interpretarla.

En el segundo aspecto, aunque se ha dado un gran paso con la Declaración conjunta sobre la Justificación, en una de las implicaciones de este desacuerdo, es decir, en la naturaleza de la Iglesia misma, sigue habiendo una «división profunda».

Con aquella Declaración, explica el obispo irlandés, se ha admitido que no hay contraposición entre justificación por la fe y santificación a través de las obras.

Sin embargo, «católicos y protestantes siguen profundamente divididos en la concepción de la realidad de la Iglesia, entre una visión al mismo tiempo espiritual e institucional -católica- y una visión solamente espiritual -protestante-«.

«A pesar de que ninguna de estas cuestiones se haya resuelto en el sentido de un consenso pleno, y aunque aparecen nuevas dificultades en el horizonte –explica monseñor Farrell–, las convergencias alcanzadas corroboran y profundizan el sentido de la real, aunque incompleta, comunión existente sobre la base de un único bautismo y de tantos otros elementos de fe y de vida cristiana preservados de la tradición antigua».

Tras recordar que el ecumenismo es «un don de Dios», el secretario aclaró que aunque «los diálogos no pueden por sí mismos garantizar la realización del objetivo final del movimiento ecuménico, que es la unidad eucarística», no obstante «constituyen una base sólida y un incentivo a realizar lo que es la voluntad del Señor y la aspiración de tantos cristianos».

Por Inma Álvarez

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ZENIT Staff

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