La Santa Sede pide más cooperación global en el ámbito sanitario

En el mundo globalizado, “tampoco la enfermedad y los virus tienen fronteras”

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GINEBRA, martes 14 de julio de 2009 (ZENIT.org).- En un mundo cada vez más interdependiente, «tampoco la enfermedad y los virus tienen fronteras», y por lo tanto, «una mayor cooperación mundial no sólo se convierte en una necesidad práctica, sino lo que es más importante, un imperativo ético de la solidaridad».

Así lo afirmó el arzobispo Silvano Tomasi, observador permanente de la Santa Sede ante la Oficina de la ONU en Ginebra, en su intervención del pasado 9 de julio ante el Segmento de Alto Nivel del Consejo Económico y Social de la ONU (ECOSOC).

La crisis económica y financiera «provocada por la avidez y la falta de responsabilidad ética», observó el prelado, se ha agravado con la aparición de la gripe A-H1N1, «que ha alcanzado dimensiones de pandemia, y «por la crisis de la seguridad alimentaria mundial, que pone en peligro la vida de millones de personas, especialmente los más pobres del mundo, muchos de los cuales ya sufren de malnutrición aguda y crónica».

En este contexto, la delegación de la Santa Sede observa «con profunda preocupación» las previsiones del Banco Mundial, según las cuales «durante 2009, entre 53 y 65 millones de personas más de las previstas se verán atrapadas en la pobreza extrema, y que el número de personas crónicamente hambrientas superará los mil millones, 800 millones de los cuales viven en zonas rurales».

Los pobres y hambrientos, afirmó monseñor Tomasi, corren mayor riesgo de contraer enfermedades contagiosas y crónicas. Si sufren recortes en las ayudas internacionales o si hay un aumento de las personas necesitadas de cuidados, además, «los ya de por sí frágiles sistemas de salud pública en los países en vías de desarrollo no serán capaces de responder adecuadamente a las necesidades de salud de sus ciudadanos más vulnerables».

«Al abordar este problema, incluso más que una expresión de solidaridad, es una cuestión de justicia el superar la tentación de reducir los servicios públicos para obtener un beneficio a corto plazo contra los costes humanos a largo plazo», añadió.

En el mismo sentido, «la ayuda para el desarrollo debe ser mantenida e incluso aumentada como un factor decisivo para la renovación de la economía y para conducirnos fuera de la crisis», añadió.

Un obstáculo clave para el logro de los objetivos internacionalmente marcados en cuanto a salud pública son «las desigualdades que existen entre ambos países y dentro de los países, y entre grupos raciales y étnicos».

Además, denunció monseñor Tomasi, «trágicamente, las mujeres siguen en muchas regiones recibiendo una atención sanitaria de peor calidad».

Por otro lado, el prelado subrayó la labor de la Iglesia Católica y otras organizaciones religiosas en este sector.

«La Iglesia católica patrocina 5.378 hospitales, 18.088 dispensarios de salud, 15.448 hogares para ancianos y discapacitados, y otros programas de atención de salud en todo el mundo, pero especialmente en las zonas más aisladas y marginadas», afirmó.

A pesar de ello, «las organizaciones religiosas no reciben una parte equitativa en los recursos destinados a apoyar iniciativas de salud a nivel mundial, nacional y local», advirtió.

No solo economía

Por otro lado, monseñor Tomasi observó que «el mero seguimiento cuantitativo de los flujos de ayuda y la multiplicación de iniciativas de salud global, por sí solas pueden no ser suficiente para asegurar la salud para todos».

En este sentido, advirtió que «el acceso a la atención primaria de la salud y a medicamentos básicos asequibles es vital para mejorar la salud mundial y para fomentar una respuesta globalizada compartida a las necesidades básicas de todos».

«En un mundo cada vez más interdependiente, tampoco la enfermedad y los virus tienen fronteras, y por lo tanto, una mayor cooperación mundial no sólo se convierte en una necesidad práctica, sino lo que es más importante, un imperativo ético de la solidaridad».

Sin embargo, es necesario guiarse «por la mejor tradición sanitaria que respeta y promueve el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural para todos, independientemente de raza, discapacidad, nacionalidad, religión, sexo y situación socioeconómica».

«El fracaso en colocar la promoción de la vida humana en el centro de las decisiones médicas se traduce en una sociedad en la que el derecho absoluto de una persona a la atención básica de salud y la vida se verían limitados por la capacidad económica, por la percepción de la calidad de vida y otras decisiones subjetivas que sacrifican la vida y la salud a cambio de ventajas sociales, económicas y políticas a corto plazo.

Por ello, la Delegación de la Santa Sede ha llamado la atención sobre la necesidad de soluciones que trasciendan el mero aspecto financiero para afrontar los desafíos que plantea la crisis económica y asegurar el acceso universal a la asistencia sanitaria.

«Es necesario un enfoque ético al desarrollo, lo que implica un nuevo modelo de desarrollo global centrado en la persona humana, más que en el beneficio, y que incluya las necesidades y aspiraciones de toda la familia humana», concluyó el prelado.

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ZENIT Staff

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