Aquellos niños judíos nacidos en la cama de Pío XII…

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La obra de Pí­o XII durante la Segunda Guerra Mundial para salvar judíos de la persecución, deja atrás los prejuicios y la calumnia

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No el “Papa de Hitler” sino el “Schindler del Vaticano”. Después de decenios de polémicas llenas de acusaciones de silencio y tolerancia con el nacismo, la niebla del prejuicio sobre la figura de Pío XII inicia finalmente a disolverse.

Hoy, 2 de marzo de 2015, aniversario del nacimiento y de la elección al ministerio petrino de Eugenio Pacelli, en el Instituto “María Bambina” se ha proyectado el preestreno de la película-investigación Shades of Truth, escrita y dirigida por Liana Marabini, y que en mayo será presentada en Cannes y en septiembre en Filadelfia, en el VIII Encuentro Mundial de las Familias en la que participará el papa Francisco.

Si a esta película, como se preanuncia, se le concede gran eco, se revelará al gran público la obra silenciosa pero imponente del papa Pacelli a favor del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial. Basada en más de 100 mil páginas de documentos y testimonio inéditos, la película demuestra la tesis según la cual la capacidad diplomática de Pío XII permitió mantener a salvo a 800 mil judíos de la persecución nazi.

Una obra, la del Papa, que comenzó antes del 16 de octubre de 1943, día en el que patrullas de las SS irrumpieron en el gueto de Roma y sacaron de sus casas a hombres, mujeres y niños judíos. Ya desde que se aprobaron las leyes raciales fascistas, en noviembre de 1938, el entonces cardenal Eugenio Pacelli comenzó a movilizarse, en su papel como secretario de Estado del Vaticano, para garantizar protección a los judíos afectados por la prohibición de trabajar en oficinas o entes públicos, empresas estatales o paraestatales.

El padre Peter Gumpel, relator de la causa de beatificación de Pío XII, representa quizá el patrimonio histórico más rico existente hoy sobre las acciones realizadas por Pacelli contra la persecución nazi. Los ojos de este anciano jesuita se dejan ver la indignación cuando recuerda el día que, aún siendo él estudiante, pasó por las calles de su Berlín la mañana después de la Noche de los Cristales Rotos.

La misma indignación atravesó el alma del entonces secretario de Estado del Vaticano con la institución de las leyes raciales, ante las que no quedó indiferente. Lo testimonia la historia –contada por el padre Gumpel a ZENIT — del judío Guido Mendes, un excompañero de escuela de Pacelli, que junto a su familia se escapó del arresto gracias a una autorización para refugiarse en Suiza que consiguió a través del cardenal Eugenio Tisserant, de la secretaria de Estado del Vaticano.

Pero la mano extendida hacia la familia Mendes es solo una gota en un océano. A través de una trama de canales no oficiales, directivas, notas cifradas y contacto con benefactores, la Santa Sede perpetuó una obra preciosísima de asistencia a los judíos.

En primer lugar –como recuerda el padre Gumpel– “para consentir a los judíos menos ricos ser expatriados hacia América, se activó la Obra San Gabriel”. Solo en Brasil, gracias a un acuerdo que Pacelli alcanzó con el entonces presidente de este país, Getúlio Vargas, encontraron refugio 3 mil judíos huidos de Italia y Alemania”, prosigue el padre Gumpel.

El trabajo incesante de Eugenio Pacelli para salvar vidas humanas de la barbarie prosiguió y se amplió después de su elección como Papa. Iglesias, parroquias y conventos abrieron sus puertas en secreto a muchos judíos (y no) que intentaban huir de la persecución. Como han confirmado más fuentes, a partir del padre Robert Leiber, secretario particular de Pío XII, el Santo Padre dio personalmente la orden para que los edificios de la Iglesia dieran refugio a los que huían. De esta tarea se ocupó monseñor Giovanni Battista Montini, estrecho colaborador del Papa. Se estima que gracias a la acogida ofrecida por la Iglesia católica, solo en Roma se salvaron 4.447 judíos.

“Varios judíos estaban escondidos en el Vaticano –explica el padre Gumpel– y Pío XII se impuso para que se quedaran todo el tiempo necesario, también a costa de enfrentarse a quien quería echarles”. El padre jesuita se refiere al cardenal Nicola Canali, entonces presidente de la Comisión para la Ciudad del Vaticano, el cual ante salvar vidas prefería una coherencia más pragmática con la línea oficial de neutralidad de la Santa Sede.

Vidas humanas que no solo fueron salvadas, sino también nacieron gracias a la ayuda ofrecida por la Iglesia en ese funesto periodo. El número de judíos que encontraron refugio en Castel Gandolfo, dentro de los muros del Palacio Pontificio, es impreciso. Más definido es el número de mujeres judías embarazadas que allí dieron a luz. “Cuarenta niños judíos nacieron en la residencia de Castel Gandolfo, algunos incluso en la cama personal de Pío XII –explica el padre Gumpel–. Él sabía todo esto y envió víveres”.

La imagen de una vida que nace en la cama personal del Papa representa de la forma más elocuente posible el compromiso de la Iglesia a favor de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Compromiso por el que muchos judíos, en primer lugar, están agradecidos.

Cuando el 8 de octubre de 1958 Pío XII murió, varias asociaciones y periódicos judíos y sionistas de todos el mundo, junto a los rabinos de Londres, Roma, Jerusalén y otros en Francia, Egipto, Argentina, lloraron la pérdida de ese Papa que Golda Meir (ex primera ministra israelí) definió como “un gran servidor de la paz”. Y para comprender la importancia de la obra dirigida por Pío XII no puede no ser citado el caso de Israel Zolli, el jefe rabino de Roma que, después de acabar la guerra, se convirtió al catolicismo tomando como nombre de bautismo “Eugenio” en reconocimiento a Pacelli.

Los ataques, las calumnias y los prejuicios en lo relacionado con Pío XII habrían comenzado muchos años después. Pero esta es otra historia.

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Federico Cenci

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