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Círculos menores: No basta decir que los jóvenes tienen miedo del matrimonio

Los grupos por idioma presentan sus relaciones que enriquecerán el documento final. Se subraya que ‘la familia es la primera catequista’. 

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Los círculos menores del Sínodo de los Obispos han presentado este miércoles sus sugerencias tras el debate sobre la segunda parte del Instrumentum Laboris, después de tres días de debate reunidos por grupos de idiomas. Estos ‘modos’ propuestos, serán un apoyo para la redacción del documento final.

El Documento final será presentado al papa Francisco quien decidirá si se publica o no al final del Sínodo. El Santo Padre, que ha estado presente en las congregaciones generales del Sínodo, leerá este Documento final y tomará las decisiones que considere oportunas para el bien de la Iglesia, en cuanto sucesor de Pedro. Estas eventuales decisiones no estarán necesariamente vinculadas al Documento final, porque como el mismo Francisco indicó pocos días atrás, el Sínodo no es un parlamento. 

El grupo moderado por el cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga y cuyo relator es el cardenal José Luis Lacunza Maestrojuán, indica que sería oportuna «una definición de la Familia, bien sea como la de Gaudium et Spes #52 u otros documentos como Familiaris consortio”. Asimismo precisan que “la misericordia de Dios no se puede condicionar, siempre lleva la delantera. Santo Tomás dice al respecto que, en Dios, la misericordia es la máxima virtud y el perdón es la más alta manifestación del poder divino. El perdón que Jesús nos ganó en la cruz no tuvo ninguna condición”.

Además, señalan que “la misericordia hay que entenderla en relación con el amor ya que es su manifestación, y la Iglesia prolonga el dinamismo misericordioso de la Encarnación”.

Por otro lado, aseguran que “hay que poner acento en la gradualidad y procesualidad» para entender cómo Dios comunica la gracia teniendo en cuenta a cada persona, y que «progresivamente, en comunidad, corrige, acompaña y perdona”.  En sus propuestas, también observan que “el plan divino es único, por lo tanto habría que hablar del matrimonio en sí, sin las distinciones”.

Piden que “tengamos en cuenta la analogía entre la Familia y la Iglesia: así como la Iglesia es sacramento de salvación, la Familia cristiana debe ser un signo visible y participativo de la Iglesia”. Por eso recuerdan que “hay varios grados de sacramentalidad del matrimonio: natural, alianza, cristiano”. Del mismo modo, aseguran que “la fidelidad de Dios se derrama en el sacramento del matrimonio, pero al modo humano: quidquid recipitur, ad modum recipientis recipitur” (lo que recibe una persona, lo recibe según su capacidad natural). Y añaden que “la fidelidad indisolubilidad es un misterio que incluye la fragilidad”.

Recuerdan que “el sacramento del matrimonio es el único en el que se exige la actualización de lo escatológico”. Así como que “no tenemos una teología de la familia sino del matrimonio y más vinculada a lo moral. El Magisterio debería presentar el Evangelio de la familia en forma orgánica e integrada”.

Este círculo menor explica que “la espiritualidad matrimonial nace de la presencia de Dios en medio de los esposos” y “los padres son los primeros catequistas y siendo la familia Iglesia doméstica».  Añaden que «lamentablemente, los padres han perdido la capacidad de transmitir la fe, con lo cual se llega a comunidades formales o que desarrollan una sola dimensión de la vida cristiana”.                        

Por otro lado, reiterando que hay varios grados de sacramentalidad del matrimonio: natural, alianza, cristiano, aseguran que “no se puede desconocer que hay muchos valores positivos en otros tipos de familia”.

Y además advierten que es necesario hablarle a los jóvenes sobre el matrimonio, no desde la  perspectiva del miedo. Es una cuestión antropológica, indican: viven al día, no encaja con su manera de pensar el ‘para siempre’, no se lo plantean. Y consideran que un certificado no hace el matrimonio y con tantas formalidades muchas veces, identifican formalidad con hipocresía”.

Aunque también reconocen que no basta decir que los jóvenes «tienen miedo o no se atreven», porque  contradice «la experiencia de tantos que aceptan el riesgo del voluntariado o se arriesgan por razones políticas u otras luchas”.

Finalmente, concluyen reconociendo que “además de la falta de una Teología de la Familia» pareciera que «nos limitamos a repetir cosas obvias, pero faltan ideas clave y motoras”.

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Rocío Lancho García

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