ZENIT

ZENIT - HSM

DESCARGAR EL SERVICIO DIARIO DE ZENIT EN FORMATO TEXTO

Martes 8 de diciembre

Share this Entry

Inició en Roma el Jubileo de la Misericordia

Miles de peregrinos asisten a la misa solemne en la plaza de San Pedro que precede a la apertura de la Puerta Santa

Desde las primeras horas de la mañana de este martes 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción, miles de peregrinos de todo el mundo acudieron a la plaza de San Pedro, para la ceremonia de apertura del año jubilar de la Misericordia, que inició con la santa misa presidida por el papa Francisco.

A pesar del día frío y lluvioso, los fieles, unos 50 mil, llenaron lentamente la plaza, pasando previamente por los detectores de metal y en medio a fuertes medidas de seguridad. Cientos de voluntarios han participado con un servicio de recepción y asistencia en particular en Vía de la Conciliación y en la plaza de San Pedro.

El Santo Padre vestía paramentos color crema, con ribetes verdes y oro, y llevaba el palio. En cambio, los cardenales, obispos y sacerdotes que le precedieron en la solemne procesión vestían paramentos blancos. El coro de la Capilla Sixtina acompañó la liturgia iniciando con el Kyrie y el Gloria (de Ángelis). 

El Evangeliario usado para esta celebración es una obra de arte que lleva en su tapa una reproducción en mosaico del símbolo del Jubileo y ha sido colocado en el mismo atril que durante todas las sesiones del Concilio se usó en el altar de la basílica de San Pedro.

«En breve tendré la alegría de abrir la Puerta Santa de la Misericordia», dijo el Santo Padre en su homilía, y recordó que «cumplimos este gesto tan sencillo como fuertemente simbólico, a la luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado, y que pone en primer plano el primado de la gracia».

«Este Año Santo Extraordinario –aseguró el Papa– es también un don de gracia. Entrar por la puerta significa descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno. Será un año para crecer en la convicción de la misericordia». Y citando a San Agustín indicó: «Cuánta ofensa se le hace a Dios y a su gracia cuando se afirma sobre todo que los pecados son castigados por su juicio, en vez de anteponer que son perdonados por su misericordia».

«Hoy cruzando la Puerta Santa queremos también recordar otra puerta que, hace cincuenta años, los Padres del Concilio Vaticano II abrieron hacia el mundo» dijo. Y concluyó indicando que «cruzar hoy la Puerta Santa nos compromete a hacer nuestra la misericordia del Buen Samaritano». 

 La próxima cita del Jubileo es el domingo 13 de diciembre, cuando el Papa abrirá la Puerta Santa de la catedral de Roma, San Juan de Letrán, y por primera vez en la historia de la Iglesia, se abrirán las Puertas Santas en todas las catedrales del mundo, para que el Jubileo de la Misericordia se desarrolle sobre todo en las Iglesias particulares.

En este Jubileo de la Misericordia, más de 800 sacerdotes han recibido de parte del Santo Padre la facultad de perdonar pecados reservados a la Sede Apostólica, como los sacrilegios contra la eucaristía. También ha concedido un permiso especial a todos los sacerdotes para perdonar el pecado del aborto. 

 

 

Francisco abre la Puerta Santa en la basílica de San Pedro

Estaba presente Benedicto XVI. El Año Jubilar durará hasta el 20 de noviembre de 2016

El papa Francisco ha abierto hoy la Puerta Santa de la basílica de San Pedro y ha ingresado en la misma, seguido en procesión por Benedicto XVI, los cardenales, los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos. La ceremonia, muy sencilla, ha sido seguida por medios de comunicación de todo el mundo.

Ha iniciado así en Roma el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, convocado por la bula Vultus Misericordiae y que durará hasta la solemnidad litúrgica de Cristo Rey, el 20 de noviembre de 2016. Durante período, el Papa invita a “dejarse sorprender por Dios», porque «Él nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida”.

El cortejo inició con los salmos 121 y 122, de alegría, y fue llenando lentamente el atrio de la basílica de San Pedro. Poco después el Santo Padre se dirigió delante de la Puerta Santa.

Allí Francisco después de abrazar a Benedicto XVI, rezó:  «Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo con la misericordia y el perdón, dónanos vivir un año de gracia, tiempo propicio para amarte y amar a los hermanos en la alegría del Evangelio» (…) «Él es la Puerta a través de la cual venimos a ti, manantial infinito de consolación para todos, belleza que no conoce ocaso, alegría perfecta en la vida sin fin».

Y antes de abrirla hizo un pedido y el coro respondía en gregoriano: «Esta es la puerta del Señor: por esta entran los justos. Abrid las puertas de la justicia; entraré para agradecer al Señor. Por tu gran misericordia entraré en tu casa, Señor; me postraré hacia tu templo santo».  

Tras un instante de silencio, el Pontífice empujó con fuerza y se abrió lentamente la Puerta Santa. Francisco entró por ella, rezó nuevamente y le siguió el papa emérito. Ambos se saludaron nuevamente y en procesión entraron cardenales y religiosos hacia la tumba del apóstol Pedro y el Altar de la Confesión, en el que recitó una oración final. 

Pocos días antes, fue derrumbada la pared interior que cerraba la Puerta Santa en la basílica de San Pedro, muro levantado al concluir el Jubileo del Año 2000, y fueron abiertas las cajas que contienen los documentos de los jubileos. Una ceremonia que se realiza desde el año 1300 cuando Bonifacio VIII realizó el primer jubileo de la historia.

La actual puerta, fue donada después de la II Guerra Mundial por los católicos suizos, agradecidos por haberse salvado de los horrores del conflicto. 

El domingo pasado, en la catedral de Bangui, capital de República Centroafricana, el Papa abrió la primera Puerta Santa del Jubileo. Era el primer Domingo de Adviento.

 

 

El Papa: ‘Cruzar la Puerta Santa nos compromete
a hacer nuestra la misericordia del Buen Samaritano’

En la misa en la plaza de San Pedro, el Santo Padre explica la historia del pecado solamente se puede comprender a la luz del amor que perdona 

Este Año Santo Extraordinario es un don de gracia. Entrar por la puerta significa descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que recibe a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno. Así, lo ha asegurado el papa Francisco en la homilía de la misa celebrada en la misa en la solemnidad de la Inmaculada Concepción celebrada en la plaza de San Pedro, en la que además abrirá la Puerta Santa y dará así inicio al Jubileo Extraordinario de la Misericordia.     

De este modo, el Santo Padre ha explicado que “será un año para crecer en la convicción de la misericordia”. Además, ha indicado que “debemos anteponer la misericordia al juicio y, en todo caso, el juicio de Dios será siempre a la luz de su misericordia”.

Atravesar la Puerta Santa, por lo tanto, “nos hace sentir partícipes de este misterio de amor. Abandonemos toda forma de miedo y temor, porque no es propio de quien es amado; vivamos, más bien, la alegría del encuentro con la gracia que lo transforma todo”.

Durante la homilía, el Santo Padre ha explicado que cumplimos esto de abrir la Puerta Santa de la Misericordia, “a la luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado, y que pone en
primer plano el primado de la gracia”.

A propósito de la liturgia del día, Francisco ha recordado que la “Virgen María es llamada en primer lugar a regocijarse por todo lo que el Señor ha hecho en ella”. La plenitud de la gracia –ha precisado– puede transformar el corazón, y lo hace capaz de realizar un acto tan grande que puede cambiar la historia de la humanidad.

Asimismo, el Santo Padre ha asegurado que “la fiesta de la Inmaculada Concepción expresa la grandeza del amor Dios”. Y ha añadido que “Él no es sólo quien perdona el pecado, sino que en María llega a prevenir la culpa original que todo hombre lleva en sí cuando viene a este mundo”. Es el amor de Dios el que previene, anticipa y salva, ha indicado Francisco. Por eso, el Papa ha explicado que “el inicio de la historia del pecado en el Jardín del Edén se resuelve en el proyecto de un amor que salva”.

Tal y como ha observado el Pontífice en su homilía, “siempre existe la tentación de la desobediencia, que se expresa en el deseo de organizar nuestra vida independientemente de la voluntad de Dios”.  Sin embargo, “la historia del pecado solamente se puede comprender a la luz del amor que perdona. Si todo quedase relegado al pecado, seríamos los más desesperados entre las criaturas, mientras que la promesa de la victoria del amor de Cristo integra todo en la misericordia del Padre”. La Virgen Inmaculada –ha asegurado– es ante nosotros testigo privilegiada de esta promesa y de su cumplimiento.

El Santo Padre, haciendo referencia a este aniversario, ha indicado que esta fecha no puede ser recordada solo por la riqueza de los documentos producidos, “que hasta el día de hoy permiten verificar el gran progreso realizado en la fe”.  

De este modo, el Pontífice ha asegurado que en primer lugar el Concilio fue un encuentro. “Un verdadero encuentro entre la Iglesia y los hombres de nuestro tiempo. Un encuentro marcado por el poder del Espíritu que empujaba a la Iglesia a salir de los escollos que durante muchos años la habían recluido en sí misma, para retomar con entusiasmo el camino misionero”, ha explicado. Un impulso misionero, por lo tanto, “que después de estas décadas seguimos retomando con la misma fuerza y el mismo entusiasmo”.

Finalmente, el papa Francisco ha afirmado que “el jubileo nos provoca esta apertura y nos obliga a no descuidar el espíritu surgido en el Vaticano II, el del samaritano, como recordó el beato Pablo VI en la Conclusión del concilio”. Cruzar hoy la Puerta Santa –ha concluido– nos compromete a hacer nuestra la misericordia del Buen Samaritano.                

 

El Santo Padre en el ángelus: ‘No se entiende
que un verdadero cristiano no sea misericordioso’

Texto completo de las palabras del papa Francisco para introducir la oración mariana 

El papa Francisco ha rezado este martes el ángelus desde la ventana del Palacio Apostólico, junto con los miles de fieles reunidos en la plaza de San Pedro para la misa de apertura del Jubileo Extraordinario de la Misericordia.                        

Estas son las palabras del Santo Padre para introducir la oración mariana:         

«Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La fiesta de hoy de la Inmaculada nos hace contemplar a la Virgen, que por privilegio singular fue preservada del pecado original desde el momento de su concepción. Incluso viviendo en el mundo marcado por el pecado, no fue tocada: es nuestra hermana en el sufrimiento, pero no en el mal y en el pecado.

Es más, el mal en ella fue vencido antes incluso de tocarla, porque Dios la ha colmado de gracia (cfr Lc 1, 28). La Inmaculada Concepción significa que María es la primera salvada por la infinita misericordia del Padre, como primicia de la salvación que Dios quiere donar a cada hombre y mujer, en Cristo. Por esto la Inmaculada se ha convertido en símbolo sublime de la misericordia divina que ha vencido al pecado. Y nosotros, hoy, en el inicio del Jubileo de la Misericordia, queremos mirar a esta imagen con amor confiado y contemplarla en todo su esplendor, imitando su fe.

En la Concepción Inmaculada de María somos invitados a reconocer la aurora del mundo nuevo, transformado por la obra salvífica del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La aurora de la nueva creación realizada por la Divina misericordia. Por esto, la Virgen María, nunca contagiada por el pecado y siempre colmada de Dios, es madre de una humanidad nueva.

Celebrar esta fiesta implica dos cosas: acoger plenamente a Dios y su gracia misericordiosa en nuestra vida; convertirnos a su vez en artífices de misericordia mediante un auténtico camino evangélico. La fiesta de la Inmaculada se convierte en fiesta en todos nosotros si, con nuestros “sí” cotidianos, conseguimos vencer nuestro egoísmo y hacer más feliz la vida de nuestros hermanos, donarles esperanza, secando algunas lágrimas y donando un poco de alegría.

Imitando a María, somos llamados a convertirnos en portadores de Cristo y testigos de su amor, mirando sobre todo a los que son los privilegiados a los ojos de Jesús. Son aquellos que Él mismo nos ha indicado: “Porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver» (Mt 25, 35-36).

La fiesta de hoy de la Inmaculada Concepción tiene un mensaje específico para comunicarnos: nos recuerda que en nuestra vida todo es don, todo es misericordia. La Virgen Santa, primicia de los salvados, modelo de la Iglesia, esposa santa e inmaculada, amada por el Señor, nos ayude a redescubrir cada vez más la misericordia divina como distintivo del cristiano. No se puede entender un verdadero cristiano que no sea misericordioso, como no se puede entender a Dios sin su misericordia.  Esta es la palabra-síntesis del Evangelio: misericordia. Es la característica fundamental del rostro de Cristo: ese rostro que nosotros reconocemos en los distintos aspectos de su existencia: cuando va a encontrar a todos, cuando sana a los enfermos, cuando se sienta a la mesa con los pecadores, y sobre todo cuando, clavado en la cruz, perdona; allí vemos el rostro de la misericordia divina.         

Por intercesión de María Inmaculada, la misericordia se apodere de nuestros corazones y transforme toda nuestra vida».  

Después de la oración del ángelus el Santo Padre ha añadido:

«Queridos hermanos y hermanas, saludo a todos con afecto, especialmente a las familias, a los grupos parroquiales y a las asociaciones.

Un pensamiento especial va a los socios de la Acción Católica Italiana que hoy renuevan la adhesión a la Asociación: a ellos deseo  un buen camino de formación y de servicio siempre animado por la oración.                   

Esta tarde iré a la plaza de España para rezar a los pies del monumento de la Inmaculada. Y después a Santa María Mayor. Pido que se unan espiritualmente a mí en esta peregrinación, que es un acto de devoción filial a María, Madre de Misericordia. A Ella encomendaré la Iglesia y toda la humanidad, y de forma particular la ciudad de Roma.     

Hoy al inicio también ha atravesado la Puerta de la Misericordia el papa Benedicto, enviamos desde aquí todos un saludo al papa Benedicto. (Aplausos).

Deseo a todos una hermosa fiesta y un Año Santo rico de frutos, con la guía y la intercesión de nuestra Madre. Un Año Santo lleno de misericordia, para vosotros y de vosotros para los otros. Por favor, pidan al Señor también por mí que lo necesito tanto. Buen a
lmuerzo y hasta pronto».  

(Traducido y transcrito desde el audio por ZENIT)

 

Francisco en la Plaza de España: ‘María, vengo a ti en nombre de quien siente más duro el camino’

Oración del Santo Padre en la tradicional visita el día de la Inmaculada Concepción. «Bajo tu manto hay lugar para todos, porque tú eres la Madre de la Misericordia»

El santo padre Francisco ha ido esta tarde a la Plaza de España en Roma, donde está la columna con una estatua de la Inmaculada Concepción, para el tradicional homenaje a María cada 8 de diciembre, frente a la embajada ante la Santa Sede de dicho país. Varios miles de personas han acudido para acompañar al Pontífice en esta ocasión. 

El Papa ha rezado una oración que ha compuesto para este evento y que reproducimos a continuación.

«Virgen María, en este día de fiesta con motivo de tu Inmaculada Concepción, vengo a presentarte el homenaje de fe y de amor del pueblo santo de Dios que vive en esta ciudad y diócesis.

Vengo en nombre de las familias, con sus alegrías y fatigas, de los niños y de los jóvenes, abiertos a la vida; de los ancianos, cargados de años de experiencia; en modo particular vengo a ti de parte de los enfermos, de los encarcelados, de quien siente más duro el camino.

Como Pastor vengo también en nombre de todos que han llegado desde tierras lejanas buscando paz y trabajo. Bajo tu manto hay lugar para todos, porque tú eres la Madre de la Misericordia. Tu corazón está lleno de ternura hacia todos tus hijos: la ternura de Dios, que de ti ha tomado carne y se ha vuelto nuestro hermano Jesús, Salvador de cada hombre y de cada mujer.

Al mirarte, Madre nuestra Inmaculada, reconocemos la victoria de la Divina Misericordia sobre el pecado y sobre todas sus consecuencias; y se enciende nuevamente en nosotros la esperanza en una vida mejor, libre de esclavitud, de rencores y miedos.

Hoy aquí en el corazón de Roma, escuchamos tu voz de Madre que llama a todos a ponerse en camino hacia aquella Puerta, que representa a Cristo. Tú nos dices a todos: ‘Venid, acercaros con confianza; entrad y recibid el don de la misericordia; no tengáis miedo, no tengáis vergüenza: el Padre nos espera con los brazos abiertos para darnos su perdón y recibirnos en su casa. Vengan todos al manantial de la paz y de la alegría’.

Te agradecemos, Madre Inmaculada, porque en este camino de reconciliación tú no nos dejas caminar solos, sino que nos acompañas, estás cerca de nosotros y nos apoyas en todas las dificultades. Que tú seas bendita, ahora y siempre, amén”. 

Concluida la oración, dedicó los minutos finales de su visita, después de un breve saludo a las autoridades, a los pobres. Fue saludando a diversos de ellos, algunos en silla de ruedas, otros de pié, jóvenes o ancianos, con gran calma y deteniéndose particularmente con otros y siempre con el afecto que le caracteriza.  

Desde allí se ha dirigido directamente a basílica de Santa María la Mayor, donde rezará en privado ante la imagen que representa a la Virgen María bajo la advocación de “Salus Populi Romani”. El Santo Padre ha ido diversas veces durante su pontificado a esta basílica mariana, la más antigua de la Iglesia. Por primera vez, al día siguiente de ser elegido sucesor de Pedro. También lo hace antes y después de cada viaje internacional. 

 

Comentario a la liturgia dominical 
Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Ciclo C  Textos: Gn 3, 9-15.20; Ef 1, 3-6.11-12; Lc 1, 26-38

P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiae de são Paulo (Brasil).

Idea principal: María Inmaculada es un monumento a la misericordia de Dios.

Síntesis del mensaje: Hoy iniciamos el año de la misericordia, convocado por el Papa Francisco. Así lo dice el Papa: Esta fiesta litúrgica indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cfr Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. En la fiesta de la Inmaculada Concepción tendré la alegría de abrir la Puerta Santa. En esta ocasión será una Puerta de la Misericordia, a través de la cual cualquiera que entrará podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza” (Bula, Misericordiae Vultus, n. 3).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, las tres personas divinas derramaron su misericordia sobre esta mujer, de la estirpe humana. Primero, Dios Padre al querer asociarla al misterio de la Encarnación y hacerla Madre de su propio Hijo, escoge una mujer a quien, desde el origen de su existencia, adornó de una santidad esplendorosa. Segundo, Dios Hijo, al elegir a su propia Madre, debía mostrar para ella el amor del mejor de los hijos, de un hijo que quiere hacer a su madre todo el bien posible, admitiéndola a la participación de sus tesoros y de sus riquezas; por eso desde el primer instante de la concepción la adornó con la más alta pureza y santidad, no borrando una mancha ya contraída sino preservándola de todo pecado. Y tercero, Dios Espíritu Santo, por su parte, para formar en María al Verbo Encarnado y así elevarla a la dignidad de Esposa suya, requería una creatura que siempre hubiera sido perfectamente santa; no bastando para ello los dones correspondientes a los demás hombres, desde toda la eternidad se decidió llevar a cabo este privilegio que enriquecía a María con todas las gracias inimaginables y la elevaría a una santidad muy superior a la de todos los ángeles y santos juntos: “Toda hermosa eres, María, no hay mancha en ti”, canta la Iglesia.

En segundo lugar, ¿qué hizo María delante de este plan maravilloso y misericordioso de Dios? María no puso obstáculos a Dios. Al contrario, se puso a disposición de Él, desde la humildad, y dio el consentimiento de su fe al anuncio de su vocación. Aquí María demostró también su gran misericordia para con el género humano. Y así aparece como la primicia de la salvación, como la estrella de la mañana que anuncia a Cristo, «sol de justicia» (Cf. Mal 3,20), como la primera creatura surgida del poder redentor de Cristo, como aquella que ha sido redimida de modo eminente y misericordioso por Dios en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano. El plan del Padre que quería enviar a su Hijo a la humanidad exigía, para la mujer destinada a llevarlo en su seno, una perfecta santidad que fuese reflejo de la santidad divina. Ella que no conoció el pecado, está en el centro de esta enemistad entre el demonio y la estirpe humana redimida por Jesucristo, la estirpe de los hijos de Dios. Ella aparece en medio de esta singular batalla como la aurora que anuncia la victoria definitiva de la luz sobre la obscuridad. Ella va al frente de ese grande peregrinar de la Iglesia hacia la casa del Padre. En medio de las tempestades que por todas partes nos apremian, ella, Madre llena de misericordia, no abandona a los hombres que peregrinan en el claro oscuro de la fe. Ella es signo de segura esperanza y ardiente caridad.

Finalmente, ¿a qué nos invita esa solemnidad de la Inmaculada Concepción a nosotros? San Pablo nos responde en la segunda lectura de hoy, escrita a los efesios: el Padre nos ha elegido desde la eternidad en Cristo para ser santos e inmaculados en su presen
cia en el amor. Esto requiere de nosotros una lucha ascética, que dura toda nuestra vida, contra el pecado. Sabemos que el pecado original, aunque es cancelado por el bautismo, normalmente deja en el interior del hombre un desorden que tiene que ser superado, deja una propensión hacia el pecado, que tiene que ser vencida con la gracia y con el esfuerzo humano (Cf. Conc. Trid. Decretum De iustificatione cap. 10). El hombre se da cuenta de que en su interior, por ser creatura herida por el pecado, se combaten dos fuerzas antagónicas: el bien y el mal. No todo aquello que nace espontáneamente en el interior del hombre, es bueno por sí mismo. Se requiere un sano y serio discernimiento de los propios pensamientos e intenciones para elegir, a la luz de Dios y de su palabra, aquello que es bueno y santo. En consecuencia, la vida humana y cristiana se revela como una «lucha» contra el mal (Cf. Gaudium et spes 13,15). Una lucha en la que Dios está de parte del hombre y en la que el hombre debe elegir libremente la parte de Dios. El cristiano, pues, tiene la misión de entablar este combate contra el pecado en sí mismo, pero al mismo tiempo debe luchar para que los demás no caigan en el pecado. Debe luchar para que la buena noticia de la salvación en Jesucristo, llegue a todos los hombres. El cristiano, así, se encuentra con María, en el centro de esa enemistad entre el demonio y la estirpe humana y su responsabilidad no es pequeña en la historia de la salvación. Con su vida y con su muerte debe dar testimonio de que la salvación está presente en Cristo Jesús, camino, verdad y vida, y que el amor de Dios es más fuerte que todo pecado. Somos colaboradores de la misericordia de Dios, luchando contra el pecado en nuestra vida y en la vida de nuestros hermanos.

Para reflexionar: ¿lucho contra el pecado, contra el demonio y sus acechanzas? ¿Vigilo atentamente para rechazar las tentaciones que me ofrece el mundo: el placer desordenado, la avaricia, el desenfreno sexual, las pasiones? ¿Tengo misericordia del mundo ante las amenazas del maligno hoy: a manipulación genética, la corrupción del lenguaje que llega a ser ya guerra semántica, la amenaza de una destrucción total, el eclipse de la razón ante temas fundamentales como son la familia, la defensa de la vida desde su concepción hasta su término natural, el relativismo y el nihilismo que conducen a la pérdida total de los valores?

Para rezar: Meditemos en estos versos:

Mirad hoy, resplandeciente,
a la Reina celestial.
Mirad cómo tiembla el mal
y se esconde la serpiente.

Vestida de sol ardiente,
la luna por pedestal
y, cual corona nupcial,
doce estrellas en la frente.

Es la Sierva y la Señora,
la Virgen profetizada,
del Sol naciente la Aurora.

Viene de gracia colmada,
pues su Hijo, en buena hora,
quiso hacerla Inmaculada.

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: arivero@legionaries.org

 

Share this Entry

ZENIT Staff

Apoye a ZENIT

Si este artículo le ha gustado puede apoyar a ZENIT con una donación