El Papa con la Academia por la vida

El Papa con la Academia por la vida (Copyright Osservatore Romano)

Francisco pide a los médicos más humanidad cuando la vida se muestra débil

El Papa en su discurso a Pontificia Academia advierte sobre las nuevas colonizaciones ideológicas que temen la realidad tal como Dios la ha creado

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(ZENIT – Ciudad del Vaticano). – El bien que el hombre realiza no es el resultado de cálculos y estrategias, ni tampoco es el producto de la constitución genética o de los condicionantes sociales, sino el fruto de un corazón bien dispuesto, de la libre elección que tiene el verdadero bien. Así lo indicó el papa Francisco en el discurso a realizado este jueves a los participantes de la XXII asamblea plenaria de la Pontificia Academia por la Vida. “No bastan la ciencia y la técnica: para cumplir el bien es necesaria la sabiduría del corazón”, aseguró.
El Pontífice indicó que hoy son muchas instituciones comprometidas con el servicio a la vida, a nivel de investigación o de asistencia; y estas promueven no solo acciones buenas, sino también la pasión por el bien. Pero –advirtió– también hay muchas estructuras más preocupadas de los  intereses económicos que del bien común.
Así, reconoció que también en el ámbito de la ética de la vida las normas más necesarias, que consagran el respeto de las personas, por sí solas no bastan para realizar plenamente el bien del hombre. “Son las virtudes de quien trabaja en la promoción de la vida la última garantía que el bien común será respetado”, afirmó.
Al respecto, el Pontífice reconoció que hoy no faltan conocimientos científicos y los instrumentos capaces de ofrecer apoyo a la vida humana en las situaciones en las que se muestra débil. Pero “a veces falta la humanidad”.
Tal y como aseguró el Papa, la Sagrada Escritura nos dice que las intenciones buenas o malas no entran en el hombre desde fuera, sino que salen de su “corazón”. En esta misma línea, precisó que en la Biblia el corazón es un órgano no solo de los afectos, sino también de las facultades espirituales, la razón y la voluntad, es sede de las decisiones, de la forma de pensar y de actuar.
La sabiduría de las elecciones — añadió Francisco– abierta al movimiento del Espíritu Santo, implica también al corazón. “De aquí nacen las buenas obras, pero también las equivocadas, cuando la verdad y las sugerencias del Espíritu son rechazadas. De esta forma indicó que “la virtud es la expresión más auténtica del bien que el hombre, con la ayuda de Dios, es capaz de realizar”.
Y en esta línea explicó que la virtud  no es una simple costumbre, sino que es la actitud constantemente renovada a elegir el bien. Añadiendo que “la virtud no es una emoción”, “no es una habilidad que se adquiere con un curso de actualización” o “un mecanismo bioquímico”, aseguró que es “la expresión más elevada de la libertad humana”. La virtud — confirmó– es lo mejor que el corazón del hombre ofrece.
Por esta razón, Francisco explicó a los presentes que “cuando el corazón se aleja del bien y de la verdad contenida en la Palabra de Dios, corre tantos peligros, permanece privado de orientación y corre el riesgo de llamar bien al mal y mal al bien; las virtudes se pierden, entra más fácilmente el pecado, y después el vicio”.
El Santo Padre pidió en su discurso que los médicos no dejen nunca de conjugar “ciencia, técnica y humanidad”. De este modo, animó a las Universidades a considerar todo esto en sus programas de formación, “para que los estudiantes puedan madurar esas disposiciones del corazón y de la mente que son indispensables para acoger y cuidar la vida humana, según la dignidad que en cualquier circunstancia le pertenece”.
E invitó a los directores de las estructuras sanitarias y de investigación a que hagan que los trabajadores consideren parte integrante de su servicio cualificado también el trato humano. Y concluyó exhortando a que los que se dedican a la defensa y a la promoción de la vida “puedan mostrar sobre todo la belleza”.
Por último, el Santo Padre señaló que no pocas veces sucede que bajo el nombre de la virtud, se hacen pasar “vicios espléndidos”. Para esto es necesario no solo que las virtudes informen realmente el pensar y el actuar del hombre, sino que sean cultivadas “a través de un continuo discernimiento y se arraigan en Dios, fuente de toda virtud”. Y advirtió sobre las nuevas colonizaciones ideológicas, que quitan la libertad, y tienen miedo de la realidad tal como Dios la ha creado.

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Rocío Lancho García

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