Iglesia Copta

La cruz de la Iglesia Copta

Comentario a la liturgia dominical

Quinto domingo de cuaresma – Ciclo C – Textos: Is 43, 16-21; Filp 3, 8-14; Jn 8, 1-11

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P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiae de são Paulo (Brasil).

Idea principal: Vamos a ver quién tira la primera piedra contra el pecador.

Síntesis del mensaje: La liturgia de hoy sigue dándonos pistas para vivir mejor el año de la Misericordia. La misericordia de Dios nos invita a no recordar lo pasado (1ª lectura), pues las aguas impetuosas de su gracia desde el bautismo limpiaron nuestra conciencia, abrieron camino en el desierto de nuestra vida y hicieron correr ríos en la tierra árida de nuestro corazón. Esa misericordia divina, como a san Pablo, nos dio alcance y nos ha conquistado, lanzándonos hacia delante, sin mirar atrás, hacia la meta de la santidad (2ª lectura). Finalmente, esa misericordia divina se encarnó en Cristo que en la confesión nos absuelve de nuestros pecados y nos pone un compromiso: “Vete y no vuelvas a pecar” (Evangelio) y también a no tirar la piedra de nuestra condena a nadie, pues no somos jueces.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, ¿quién puede tirar la primera piedra contra este mujer sorprendida en adulterio? Esta mujer del evangelio es soltera, virgen y novia. Por eso los acusadores, juristas de profesión, piden contra ella la pena de muerte a pedradas y, así, por lapidación se ejecutaba entonces a la adúltera soltera, virgen y novia prometida (cf. Dt 22, 24), porque a la otra, a la adúltera casada, se la ejecutaba por libre (cf. Lv 20, 10; Dt 22, 22), ordinariamente por estrangulación. Que aquí hay un adulterio, lo hay, porque los acusadores saben lo que se juegan si mienten, porque ella sabe la muerte que la espera y no rechista, porque Jesús le dice: “No peques más”. Señal de que había pecado. Señal de que el adulterio es pecado y, a juzgar por el castigo legal, pecado grave y, según la doctrina de san Pablo, pecado mortal de condenación eterna (cf. 1 Co 6, 9). ¿Y qué fue del hombre con quien adulteró? Tal vez era un huido porque, aunque los cogen in fraganti, ni rastro. ¿Saltó por la ventana? Cuando el marido entra por la puerta, el adúltero salta por la ventana, a veces bota mal en el suelo y queda cojo para toda su vida. Este casado adúltero tiene a su favor la ley del embudo: para el hombre lo ancho, para la mujer, lo agudo. Mucho se ensañan los hombres y las mujeres con la adúltera: ellas, con sus críticas la marcan a fuego, como a una res, para los restos. Y ellos, dispuestos a apedrearla. Amigo, ¡aquí nadie tira una piedra ni la coge del suelo ni la toca ni la mira! Porque no hay un solo inocente en el mundo, aquí todos pecadores. Y los peores, los pecadores del mismo palo, que apedrean a sus iguales para disimular su personal pecado. Los peores no son los jóvenes, ingenuos todavía, sino los viejos, con más trapacerías que años, arteros en eso de tirar la piedra y esconder la mano.

En segundo lugar, ¿Jesús tirará la piedra? Si Jesús elige dejar de lado el mandato bíblico podría ser acusado de quebrantar la ley de Dios y, por tanto, condenado; si elige apartarse en este caso de lo que ha enseñado –amor y misericordia- contradiría sus propias enseñanzas, perdiendo así toda autoridad. Sin embargo, como a lo largo de todo el evangelio, los enemigos se verán confundidos por la sabiduría del Maestro que los deja sin respuesta y los pone ante la obligación de cambiar, ellos sí, de actitud ante la verdad que les es anunciada. Cristo usa con esos enemigos una técnica con estos pasos: primero, la indiferencia, “inclinándose comenzó a escribir en el suelo con el dedo”. Segundo, ante la insistencia para que tire la piedra, Jesús da una respuesta habilísima que logra tres fines: ponerse del lado de la ley, con lo que no podrán acusarlo; perdonar a la pecadora, que es lo que su corazón quiere, y confundir la maldad de los hipócritas: “El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”. Les invita a entrar dentro de sí mismos. Quien esto hace, se descubre pecador también. Pero los fariseos y escribas estaban ciegos por la soberbia. Jesús, que condena el adulterio, salva a la adúltera: “Tampoco yo te condeno” a muerte. Se condena el pecado, pero no al pecador. En la historia de la humanidad, hubo un solo inocente que, llegado el momento de tirar la primera piedra, se agachó, garabateaba en el suelo, se hizo el distraído, espantó a todos los acusadores y, erguido, dijo a la mujer ya de pie: “Yo tampoco te condeno”.

Finalmente, ¿qué podemos aprender nosotros hoy? ¡Cuántos de nosotros tal vez guardamos piedras para arrojarlas contra nuestros hermanos pecadores! ¡Cuántos ya tiraron piedras con la lengua afilada, con actitudes de odio, de desprecio y de silencio! ¡Cuántos están ya dispuestos a tirarlas contra los gobernantes, contra el Papa, los obispos, sacerdotes, jefes de trabajo, parientes, vecinos, parroquianos, compañeros de grupos…! Aprendamos estas cosas: primero, no desesperemos ante nuestros pecados, pues Dios es misericordia. Segundo, no demoremos la conversión al Señor ni la atrasemos de un día para otro. Tercero, la finalidad de la ley es la gloria de Dios y la salvación del hombre. Quien la aplica sin caridad, como estos fariseos del evangelio de hoy, sin buscar que el pecador se arrepienta y recupere la dignidad de hijo de Dios, contradice la voluntad de Dios mismo, que quiere que todos se salven (1 Tm 2,4). ¡Ay de aquel que se cubra con la máscara de la justicia y de la virtud, sin caridad en el corazón! Sí, debemos ser inflexibles con el pecado, pero llenos de misericordia con el pecador.

Para reflexionar: ¿Juzgo a mis hermanos? ¿Tengo misericordia en mi corazón? ¿He meditado lo suficiente esta frase de Cristo: “Porque en la medida con que midáis, se os medirá también” (Mt 7,2)?

Para rezar: Señor, ten piedad de mí que soy un pecador. En este año de la misericordia, dame un corazón misericordioso como el Tuyo.

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: arivero@legionaries.org

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Antonio Rivero

El padre Antonio Rivero nació en Ávila (España) en 1956. Entró a la congregación de los Legionarios de Cristo en 1968 en Santander (España). Se ordenó de sacerdote en Roma en la Navidad de 1986. Es licenciado en Humanidades Clásicas en Salamanca, en Filosofía por la Universidad Gregoriana de Roma y en Teología por la Universidad de santo Tomás también en Roma. Es doctor en Teología Espiritual por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma) donde defendió su tesis el 16 abril del año 2013 sobre la dirección espiritual en san Juan de Ávila, obteniendo “Summa cum laude”. Realizó su ministerio sacerdotal como formador y profesor de Humanidades clásicas en el seminario en México y España. Fue vicario parroquial en la ciudad de Buenos Aires durante doce años. Durante diez años fue director espiritual y profesor de teología y oratoria en el Seminario María Mater Ecclesiae en são Paulo (Brasil), formando futuros sacerdotes diocesanos. Actualmente es profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y ayuda en el Centro Logos, en la formación de sacerdotes y seminaristas diocesanos. Ha dedicado y dedica también parte de su ministerio sacerdotal a los Medios de Comunicación Social. Ha publicado catorce libros: Jesucristo, Historia de la Iglesia, Los diez mandamientos, Breve catequesis y compendio de liturgia, El tesoro de la Eucaristía, El arte de la predicación sagrada, La Santísima Virgen, Creo en la Vida eterna, Curso de Biblia para laicos, Personajes de la Pasión, G.P.S (Guía Para Santidad, síntesis de espiritualidad católica), Comentario a la liturgia dominical ciclo A, Comentario a la liturgia dominical ciclo B, Comentario a la liturgia dominical ciclo C. Ha grabado más de 200 CDs de formación. Da conferencias en Estados Unidos sobre pastoral familiar, formación católica y juventud. Y finalmente imparte retiros y cursos de formación a religiosas, seminaristas y sacerdotes diocesanos en México, Centroamérica y donde le invitan.

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