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Mons. Enrique Díaz Díaz: «Sueños»

II Domingo de Adviento

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Isaías 11, 1-10: “Habitará el lobo con el cordero”

Salmo 71: “Ven, Señor, rey de justicia y de paz”

Romanos 15, 4- 9: “Que Dios les conceda vivir en perfecta armonía unos con otros”

San Mateo 3, 1-12: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos ya está cerca”

 

Ya casi nadie sabe a ciencia cierta cómo empezó el terrible odio que se profesan las dos comunidades situadas en lo alto de la sierra. Muertos de una parte y de otra, acusaciones mutuas y en medio, una bella y fértil planada que ninguno de los dos pueblos puede cultivar. Muchos son familiares entre ellos, algunos eran compadres, pero ahora quedaron divididos a causa de unas tierras que permanecen ociosas y llenas de eriales. La brecha que los unía está abandonada y rota en varios tramos, como rotas quedaron las relaciones y hasta la vida de los dos pueblos. Parece imposible la reconciliación. Los más ancianos recuerdan cómo era tan distinta la vida de antes: se invitaban a las fiestas, compartían las músicas, intercambiaban bienes. Ahora, aunque hace algunos años que no ha habido muertos, todavía quedan divididos por la estéril planada. “Es que el odio siempre produce esterilidad y muerte”, sentencia uno de los ancianos, con sentimiento, ante la impotencia de la reconciliación.

Hay sueños que mueven voluntades y que crean nuevas situaciones, hay sueños que transforman realidades y expresan los más profundos anhelos del corazón. El sueño de un mundo en paz y en armonía será siempre el más grande anhelo del hombre porque nace de su primordial necesidad de ser semejante a un Dios que es armonía y unidad. Hoy el profeta Isaías nos reta a buscar el más ambicioso de los sueños y nos pinta el cuadro maravilloso de la más increíble escena. Los animales domésticos, débiles e indefensos, conviven pacíficamente con las más feroces y sanguinarias bestias. El cordero no teme habitar junto al lobo, el cabrito se echa junto a la pantera; y el novillo y el león comen del mismo “plato”. “Demasiado bello para ser realidad. Estás soñando” acusarán todos los escépticos. Sin embargo Isaías lo plantea como la más pura realidad porque, cuando se confía en la Palabra del Señor, se tiene derecho a soñar. No es un adormilamiento ni un escape de la realidad, es mirar el futuro con los ojos de Dios y saber que, con su fuerza y con nuestro empeño, todo será posible. Esta escena bucólica de Isaías tiene sus premisas y, aunque es un don, no cae simplemente del cielo. El requisito fundamental para encontrar la verdadera paz está en la justicia y en la fidelidad. No es la pacificación sostenida por los poderosos que pretenden someter y silenciar a los débiles para no escuchar sus gritos de dolor. No es la indiferencia que permite a los valientes matar inmisericordemente y cometer los peores atropellos. No es el miedo que paraliza o que nos impulsa a hacer cosas irracionales. Es la fe y la confianza en la fuerza de “Quien sabemos tiene el poder” y  camina con nosotros

La paz y la armonía con que sueña Isaías brotan no de los altos e imponentes cedros del Líbano, sino del viejo y olvidado tronco de Jesé que parecía muerto. Brotan de la vida interior que lleva en su seno aunque aparentaba estar seco. El hombre nuevo, aunque parezca imposible, lleva en su seno la savia del Espíritu y es posible que ofrezca renuevos inesperados pero tendrá que basarse en ese Espíritu nuevo que le da esperanza. Es posible una nueva forma de vivir basada no en las apariencias ni en las palabras, sino cimentada en la justicia y en la equidad. Este “Renuevo” es el Mesías que viene a despertar las ocultas y casi desaparecidas fibras de la humanidad para crear una nueva civilización.  Ese pequeñito, que es la promesa del Adviento comparado a un débil retoño, despierta nuevas ilusiones en el hombre tocado por el pecado pero siempre llamado a construir un mundo nuevo. San Pablo recuerda a los Romanos que la Palabra de Dios nos invita a soñar y nos mantiene despiertos para luchar por este sueño: “Por las Escrituras, mantengamos la esperanza”. Nos ofrece señales muy prácticas que ayuden a superar la ola de violencia e injusticia que está destrozando nuestros pueblos. No es posible vivir en  divisiones y venganzas, por ello nos dice que Dios es la fuente de todo consuelo y que nos puede conceder vivir en armonía con un solo corazón y una sola voz.

Cuando San Juan Bautista recoge la promesa de un mundo nuevo, inicia su pregón en medio del desierto y despierta la curiosidad de todos los que no habían perdido la esperanza de hacer realidad el sueño. San Juan es muy claro y desde su impresionante figura reclama una nueva actitud. Hay que cambiar el corazón para poder superar la violencia y la maldad. “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”. Conversión, metanoia, no es un simple cambio exterior y superficial, no basta mirar lo que estamos haciendo mal. La verdadera conversión requiere un cambio radical, total, que afecta todo nuestro ser. Es poner toda nuestra vida y nuestras relaciones delante de Dios y obrar delante de Él que nos ofrece el sueño de la armonía pero que también nos exige una verdadera conversión. Es volverse hacia Dios para obrar en verdad, justicia y amor. No estamos condenados al caos de injusticia y perversidad pero tenemos que cambiar radicalmente nuestras opciones y nuestro interior.

Hoy toda la liturgia nos lleva a soñar otro mundo posible, pero es necesario seguir los pasos del Espíritu y dejarse invadir por su soplo. Hay que comenzar desde el principio, desde lo más profundo y auténtico del hombre, por más pequeño y olvidado que parezca. Hay que retomar la relación imprescindible con Dios que le da sentido a la vida. Esa voz que nos urge a preparar el camino del Señor, comienza por recordarnos que somos hijos de un mismo Padre, nos lleva a mirar con orgullo nuestro origen y así actuar en conformidad en la relación con los otros pues son nuestros hermanos. Sólo en la hermandad, que supone la diferencia, podremos reencontrar el fundamento para la armonía. Hoy junto a la claridad de un sueño, aparece la urgencia de la voz que nos pide allanar, enderezar, igualar, para que el reino de Dios se acerque y para que todos podamos ver la salvación de Dios. ¿Cuáles son mis sueños de Adviento? ¿Creo posible la armonía y la justicia en medio de nosotros? ¿Estoy dispuesto a una verdadera conversión?

Señor, que siempre alientas con tu amor la esperanza del hombre, ayúdanos a descubrir nuestras raíces que tienden hacia Ti, para que en armonía y justicia construyamos una nueva comunidad en la espera de tu hijo Jesús. Amén.

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Enrique Díaz Díaz

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