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Felipe Arizmendi Esquivel: “Dios rebasa tiempos los tiempos y espacios”

A pesar de la pandemia

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+ Felipe Arizmendi Esquivel

Obispo Emérito de San Cristóbal de las Casas

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Se han escuchado críticas a sacerdotes y a obispos porque, dicen, no atienden a los enfermos, no escuchan a los fieles en confesión, tienen cerradas las iglesias, dejan al pueblo sin el alimento de la comunión sacramental, están encerrados por miedo al contagio del coronavirus; en cambio, los doctores, las enfermeras, las y los encargados del aseo en los hospitales están en contacto directo con los contagiados, exponiendo su vida. Y preguntan: ¿Acaso es importante sólo la salud del cuerpo, atendida por los agentes sanitarios, y no también, o más, la salud del alma, atendida por los pastores de la Iglesia? ¿Estos no tienen fe y confianza en la protección de Dios? ¿Qué tipo de sacerdotes y obispos tenemos? ¿Hasta cuándo nos van a dejar sin alimento espiritual? ¿No recuerdan la heroicidad de sacerdotes en tiempos de persecución, que eran valientes defensores de la fe y no dejaban al pueblo?

Los pastores debemos, en conciencia, escuchar lo que nos dicen y analizar si, en verdad, estamos fallando. Sin embargo, en nuestra defensa, afirmo que muchísimos sacerdotes se están jugando la vida y atendiendo, con las debidas precauciones, a las personas. Por esto, ya han fallecido no menos de 200 sacerdotes en diversos países. La mayoría hemos usado muchas otras formas alternativas para estar cerca de la gente.

Dios ha querido necesitar a su Iglesia para estar cerca del pueblo, como mediación ordinaria. Miles de creyentes que son médicos, enfermeras y demás personal sanitario, así como policías y guardianes del orden, son también Iglesia, aunque no sean sacerdotes ni obispos. Por medio de ellos, Dios actúa, sana, conforta, acompaña y salva. Hay verdaderos héroes, santos y mártires, que quizá nunca estarán en los altares, pero que tienen asegurada la vida eterna.

Sin embargo, quiero resaltar que Dios, que es espíritu, no está limitado por distancias, por las cuatro paredes de los templos, por barreras de tiempo y de personas. El puede actuar sin nosotros, porque es Dios y nos trasciende. Ha querido necesitarnos para hacer la historia, pues nos hizo a su imagen y semejanza, pero puede actuar sin nuestra intervención. Esta es la gran diferencia entre la actuación de médicos y de sacerdotes. La presencia física de médico y enfermeras es indispensable absolutamente; no así la del sacerdote, pues Dios puede salvar, perdonar, fortalecer, sanar, acompañar, resucitar, en ausencia de sacerdotes. El lo puede hacer, pues es Dios, médico de cuerpos y almas.

PENSAR

Cuando el sirio Naamán, enfermo de lepra, fue a visitar al profeta Eliseo, esperaba que éste saldría, le impondría las manos, le haría otros signos, y quedaría curado; no fue así. El profeta le mandó decir con un sirviente que fuera a bañarse en el Jordán y quedaría limpio. No lo tocó; ni siquiera lo vio. A distancia del profeta, aconteció el milagro (cf 2 Rey 5,1-27).

Cuando un centurión en Cafarnaúm suplicó a Jesús que curara a un sirviente (según Jn 4,46-54 era un hijo) que estaba en casa muy enfermo, lo sanó a distancia. Jesús quería ir a la casa, pero no fue necesario (cf Mt 8,5-13; Lc 7,1-10). Cuando diez leprosos, “que se detuvieron a distancia”, pidieron a Jesús que tuviera compasión de ellos, los mandó ante los sacerdotes y, sin tocarlos, “mientras iban, quedaron purificados de su lepra” (Lc 17,12-15).

En el diálogo de Jesús con la samaritana, cuando ésta le objeta diciendo: “Nuestros padres adoraron en este monte, pero ustedes, los judíos, dicen que es en Jerusalén donde hay que adorar”, él responde: “Mujer, créeme: llega la hora en que ni en este monte, ni en Jerusalén adorarán al Padre… Llega la hora, y ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Estos son los adoradores que el Padre desea. Dios es espíritu, y por eso sus adoradores deberán adorarlo en espíritu y en verdad” (Jn 4,20-24). Es decir, Dios no está limitado a un lugar, no está encerrado en cuatro paredes de los templos; él vence espacios, tiempos y distancias. Aunque no esté físicamente presente un sacerdote, Dios llega a los enfermos y a quienes lo invocan de corazón. Los ministros de la Iglesia son los medios ordinarios por los que Dios actúa; pero, en momentos extraordinarios, como el presente, El puede actuar directamente en las personas, pues no está sujeto a la presencia física de sus ministros.

Esto no quiere decir que no sea importante la presencia física en las celebraciones, o la cercanía inmediata de los pastores con los fieles, o la comunión sacramental, o que dé lo mismo ir o no a los templos. Nada de eso. Pues “el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 1,14). Jesús “es la imagen de Dios invisible” (Col 1,15). El quiso ser la cercanía física, histórica, palpable, visible de nuestro Padre misericordioso, que convivió con su pueblo, haciéndose uno de tantos, y siempre quería tocar físicamente a los enfermos para perdonar sus pecados y sanarlos, abrazar a los niños, acercarse a los difuntos para resucitarlos. Es muy importante tocarlo, estar físicamente cerca de El, como dice el apóstol Juan: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palpado con nuestras manos… se los anunciamos a ustedes, para que vivan en comunión con nosotros” (1 Jn 1,1.3). Por ello, Jesús invita a Tomás, que a fuerzas quería tocar al resucitado: “Trae aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado” (Jn 20,27). Pero advierte: “Felices los que han creído sin haber visto” (Jn 20,29).

Es decir: Lo mejor es la cercanía física con Jesús, por medio de los sacramentos. Pero si no es posible, por la pandemia del coronavirus, por impedimentos físicos, por persecuciones, o porque no hay sacerdote cercano, Dios está cerca, al alcance de tu fe, pues no tiene barreras. El es espíritu y está contigo, si tu corazón está dispuesto a recibirlo. Como en el caso de una señora de mi pueblo, mayor de edad, que se agravó la semana pasada y pidieron al párroco que fuera al hospital a atenderla; fue presuroso; pero no puedo entrar, por restricciones sanitarias. Desde fuera, hizo la intención de absolverla y darle la indulgencia plenaria. Una sobrina le comunicó esto a la enferma y, al poco tiempo, falleció tranquila. ¿No le sirvió, porque no hubo contacto físico del sacerdote? Vaya que sí le sirvió, y esperamos que haya entrado derechita al cielo.

Cuando, el 27 de marzo pasado, el Papa, en la vacía plaza de San Pedro, presidió un gran momento de oración, millones estábamos ahí, no física, sino espiritualmente. Recibimos la bendición eucarística; ¿nos valió? Claro que sí, y mucho. Cuando, por los medios electrónicos, alguien le acompaña en sus Misas diarias en Santa Marta, se recibe el alimento de la Palabra de Dios y de la Comunión espiritual; al final, da la bendición con el Santísimo; ¿nos llega? Claro que sí, aunque sea en forma diferida. Yo lo sigo varias horas después, por la diferencia en los usos horarios, y me inclino para recibir esa bendición; ¿me sirve? Claro que sí, y mucho. Me gustaría muchísimo estar presente en Santa Marta con el Papa, como cuando tuve la dicha de concelebrar allí con él en una ocasión, pero es obvio que ahora no es posible. Esto no debe frustrarnos. Dios es espíritu, y en espíritu Dios se hace presente en nuestra vida. Lo mejor es participar presencialmente en las Misas de tu parroquia o capilla; pero si ahora no se puede, en espíritu acércate al Señor, adórale y recíbelo, participando en forma virtual. El llega efectivamente a ti. No lo dudes. No es lo normal; pero ahora así quiere estar contigo. Recíbelo.

Muchas personas siguen, por diversos medios electrónicos, las Misas que celebramos, y eso les alimenta. Si alguien no las puede seguir en vivo y con fe las vive en otro momento, le ayudan en su vida espiritual. No son lo mismo, y siempre insistiremos que lo más valioso es participar en forma presencial, pero la forma virtual también alimenta. Como cuando, el pasado Día del Niño, sugerí que me enviaran fotos de sus niños para ponerlos junto al altar en mi oratorio, al celebrar la Misa por ellos. Me mandaron más de 150, de un día para otro. Al final, les di la bendición con el Santísimo. ¿Sirvió esto a los niños? Claro que sí, aunque muchos son bebés. La fe trasciende distancias y tiempos.

Según el Código de Derecho Canónico, el medio ordinario de salvación es el bautismo; pero si no es posible recibirlo, el llamado bautismo de deseo es salvífico. Dios no está atado a la acción de sus ministros y al uso del agua. Claro que son medios establecidos por Jesús para la salvación; pero cuando no son posibles, Dios no depende de personas y de distancias. Así mismo, el medio ordinario de obtener el perdón de los pecados es la confesión ante un sacerdote; pero si no es posible hacerlo, te arrepientes de todo corazón y Dios te perdona, con el compromiso de confesarte tan pronto sea posible. Igualmente, el modo ordinario de que un matrimonio sea reconocido como sacramento es la presencia física del sacerdote, de un diácono, o de otro ministro autorizado; pero si no se puede esta forma ordinaria, pueden casarse sacramentalmente, expresando su compromiso ante dos testigos, y su matrimonio es válido y es verdadero sacramento. Así es nuestro Dios. Aunque ha querido estar presencialmente entre nosotros y necesitar el ministerio de sus pastores, no depende absolutamente de distancias, de tiempos y de personas. “Dios es espíritu, y por eso sus adoradores deberán adorarlo en espíritu y en verdad” (Jn 4,24).

ACTUAR

Agradezcamos a nuestro buen Dios que siempre está con nosotros, para acompañarnos en todo momento. ¡Bendito sea! Pidamos que pronto pase esta pandemia, y que nuestros pastores sigan consagrando su vida con generosidad y alegría al servicio del Pueblo de Dios.

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Felipe Arizmendi Esquivel

Nació en Chiltepec el 1 de mayo de 1940. Estudió Humanidades y Filosofía en el Seminario de Toluca, de 1952 a 1959. Cursó la Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, España, de 1959 a 1963, obteniendo la licenciatura en Teología Dogmática. Por su cuenta, se especializó en Liturgia. Fue ordenado sacerdote el 25 de agosto de 1963 en Toluca. Sirvió como Vicario Parroquial en tres parroquias por tres años y medio y fue párroco de una comunidad indígena otomí, de 1967 a 1970. Fue Director Espiritual del Seminario de Toluca por diez años, y Rector del mismo de 1981 a 1991. El 7 de marzo de 1991, fue ordenado obispo de la diócesis de Tapachula, donde estuvo hasta el 30 de abril del año 2000. El 1 de mayo del 2000, inició su ministerio episcopal como XLVI obispo de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, una de las diócesis más antiguas de México, erigida en 1539; allí sirvió por casi 18 años. Ha ocupado diversos cargos en la Conferencia del Episcopado Mexicano y en el CELAM. El 3 de noviembre de 2017, el Papa Francisco le aceptó, por edad, su renuncia al servicio episcopal en esta diócesis, que entregó a su sucesor el 3 de enero de 2018. Desde entonces, reside en la ciudad de Toluca. Desde 1979, escribe artículos de actualidad en varios medios religiosos y civiles. Es autor de varias publicaciones.

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