Pentecostés © Cathopic/Diego Trevino

Enrique Díaz Díaz: “¡Ven, Espíritu Santo!”

Domingo de Pentecostés

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Hechos de los Apóstoles 2, 1-11: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y empezaron a hablar”

Salmo 103: “Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra. Aleluya”

 I Corintios 12, 3-7. 12-13: “Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo”

 San Juan 20, 19-23: “Como el Padre me ha enviado, así los envío yo: Reciban el Espíritu Santo”

El ingenio de los jóvenes no tiene medida. Para el día de la Confirmación se les pidió que expresaran lo que es para ellos el Espíritu Santo y se dejó a su imaginación y a su inventiva  buscaran la forma de presentarlo. Una variedad impresionante de imágenes: el agua fertilizando un desierto; el fuego que consume y es fuerza; el viento que penetra y da vida; la brisa, el rocío, la energía; la palabra y la lengua que comunica y une; el soplo que infunde vida; la paloma símbolo de paz y de armonía; y muchos otros signos más. Algún niño, admirado ante tantos símbolos e imágenes expresó: “¿Y todo eso es el Espíritu Santo?” Una de las jóvenes muy ufana contestó: “Todo eso y mucho más”. Y reflexiono sobre la grandeza y la fuerza del Espíritu que, sin embargo, en la Confirmación se da a través de pequeños signos: una oración, la imposición de manos y la unción con el Santo Crisma.

Quizás para muchos de los cristianos ha quedado una pobre imagen de lo que es el Espíritu Santo y se reduce a las respuestas lacónicas del catecismo donde afirmamos: “Sí, el Espíritu Santo es Dios”, y a una imagen poética y bella donde aparece como una paloma en medio del Padre y del Hijo. Pero es que todas las imágenes  con las que representamos al Espíritu Santo se quedan limitadas y pobres para expresar el dinamismo y la fuerza que significa su presencia. Baste recordar la escena que hoy nos narra el libro de los Hechos de los Apóstoles para comprender que el Espíritu es mucho más. La pequeña comunidad se encontraba en silencio, temerosa, con las puertas atrancadas, con el ánimo cortado y con las esperanzas muy disminuidas, y entonces irrumpe el Espíritu “como un gran ruido que venía del cielo, como cuando sopla un viento fuerte, que resonó por toda la casa”. La fiesta de Pentecostés se presenta como una explosión de acontecimientos y nos sentimos como sacudidos por un fuerte vendaval. El Espíritu irrumpe con la fuerza de un viento huracanado que todo lo penetra, que todo lo invade. No queda resquicio que escape a su fuerza. Es presentado también como un fuego que todo lo devora, que quema, que transforma, que aniquila pero que también da una vida exuberante. Así transforma a aquellos discípulos temerosos, indecisos y cobardes en valientes y entusiastas misioneros. Desafiando autoridades, superando dificultades y divisiones, se convierten en ardientes apóstoles, pregoneros de la Resurrección de Jesús, ante la admiración de propios y extraños.

 Nuestro grito hoy debería ser un fuerte: “¡Ven, Espíritu Santo, fuerza y energía!”, porque los cristianos se encuentran cansados y sin aliento y no están dispuestos a recorrer el camino de Jesús. Necesitan tu vigor y dinamismo para abrirse a los nuevos horizontes donde la muerte y la violencia han asentado sus leyes. Los discípulos han perdido la esperanza y necesitan nuevas ilusiones para superar todos sus miedos. El llanto se escucha en nuestros hogares, hay jóvenes perdidos y sin ilusión. Ven, despierta nuestra esperanza, alienta nuestros pobres intentos. Queremos ser una Iglesia viva y atenta a los gemidos inenarrables con los que te expresas en todos los hombres y en todas las mujeres. Ven, que queremos descubrir tu fuerza creadora y renovadora en los  balbuceantes intentos de nueva vida de los débiles y pequeños.

“¡Ven, Espíritu Santo, bálsamo y consuelo!” porque los hombres viven en tristeza y en dolor, han perdido la alegría. Que tu fuego encienda nuestro entusiasmo y que lejos de apagarse el deseo de vivir, se renueve y brote con energía. Que queme las ingentes montañas de ambición que aplastan y ahogan nuestras ilusiones. Que transforme el pesimismo y la angustia, en búsqueda de soluciones y en aporte sincero de nuestra participación. Ven, Espíritu Santo, ilumina los senderos oscuros y muéstranos las luces necesarias para descubrir los nuevos caminos que lleven a la luz plena.

“¡Ven, Espíritu Santo, lenguaje y palabra!”, porque las fronteras, las discriminaciones y las diferencias han dividido a los pueblos. Los hombres ya no se llaman hermanos y se miran como rivales y enemigos. Reúnenos en un solo pueblo donde se superen las divisiones y donde la Palabra y el Amor de Dios Padre nos unan. Que sea posible entendernos a pesar de nuestras discrepancias. Que sea posible amarnos a pesar de nuestras diferencias, caprichos y egoísmos. Que sea posible respetarnos descubriendo, más allá de los rostros y los vestidos, a personas con derechos, con oportunidades, con dignidad. Que sea posible encontrar reconciliación, paz y armonía.

“¡Ven, Espíritu Santo, Padre de los pobres!” porque los desheredados se sienten huérfanos y perdidos, porque por un mendrugo de pan quieren comprar sus conciencias, porque tienen que vender cuerpo y alma para poder subsistir, porque se sienten engañados y olvidados. Renueva sus ilusiones y alienta sus deseos, muéstrales que es posible construir el Reino que inspiraste a Jesús y que hoy tenemos que hacer realidad. Ven, despierta sus anhelos de fraternidad y comunión, que sean capaces de transformar los pobres dones egoístas, en fuente de plenitud, participación e integración  de toda la humanidad.

Es cierto, en este Pentecostés nuestra oración se convierte en un fuerte grito suplicando la venida del Espíritu Santo pues no podemos seguir viviendo cómodos y estancados. Necesitamos este Espíritu que nos lanza y dinamiza y que al mismo tiempo nos otorga una armonía y serenidad interior. El himno de la secuencia afirma que el Espíritu es “fuente de todo consuelo… pausa en el trabajo, brisa en un clima de fuego; consuelo en medio del llanto”. Que realmente abramos nuestro corazón a la presencia y acción del Espíritu en nuestro corazón, en nuestra familia y en nuestra Iglesia. También para nosotros son las palabras de Jesús: “Reciban al Espíritu Santo”.

 Espíritu Santo, lava nuestras inmundicias, fecunda nuestros desiertos y cura nuestras heridas. Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad y endereza nuestras sendas. Ven, Espíritu Santo. Amén

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Enrique Díaz Díaz

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