Monseñor Enrique Díaz Díaz: “Jesús y los desamparados”

XI Domingo Ordinario

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Éxodo 19, 2-6: “Serán para mí un reino de sacerdotes y una nación consagrada”

Salmo 99: “El Señor es nuestro Dios y nosotros su pueblo”

 Romanos 5, 6-11: “Si la muerte de Cristo nos reconcilió con Dios, mucho más nos reconciliará su vida”

 San Mateo 9, 36- 10, 8: “Jesús envió a sus doce apóstoles con instrucciones”

 Jesús y los desamparados

Jesús, al contemplar la situación de las multitudes “se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas”, se conmovía interiormente. La compasión es un sentimiento que con frecuencia aparece en el Antiguo Testamento vinculado a la relación de una madre con el hijo que lleva en sus entrañas. Es mucho más que el tener lástima, es una conmoción interior que une el corazón de quien contempla, con el corazón de quien sufre. Compadecerse es padecer juntamente con el hermano, no solamente tener lástima. Así Jesús, movido por este amor entrañable, se fija en el cansancio y abatimiento del pueblo que estaba “como ovejas sin pastor”. Otra expresión del Antiguo Testamento que encierra un reproche contra los dirigentes de Israel y recuerda la imagen de Dios como el único y verdadero pastor de su pueblo. Al desatender los líderes religiosos y políticos de Israel sus labores de cuidado y pastoreo, el pueblo se encuentra desamparado y extenuado, y Jesús asume esta tarea. Él es el buen pastor que, sufriendo con entrañas de misericordia y compasión, se coloca a la cabeza de su pueblo y asume su cuidado para sacarlo de su postración.

Nosotros y el hambre

¡Qué diferente la actitud de Jesús a nuestras actitudes! Ante el hambre, Él se conmueve; ante el hambre, nosotros permanecemos indiferentes o aun buscamos nuestra propia ganancia. La situación de nuestros pueblos es difícil para la mayoría, sobre todo ahora a consecuencia de la pandemia: hay hambre, desnutrición, enfermedades, necesidad y nadie puede permanecer indiferente. A la luz de esta situación, es necesario reafirmar con valentía que el hambre y la desnutrición son inaceptables en un mundo que, en realidad, dispone de niveles de producción, de recursos y de conocimientos suficientes para acabar con estos dramas y con sus consecuencias. El grave problema no es la insuficiencia de alimentos, sino la mala distribución y las políticas económicas. A veces nos sentimos impotentes ante la magnitud de la situación y podemos caer en la tentación de cruzarnos de brazos. Pero lo que sucede a nivel internacional y de grandes empresas, lo repetimos a nivel casero y familiar y damos la espalda al hermano buscando nuestra propia ganancia. Ha sido admirable la labor de muchas parroquias que en medio de su propia necesidad, se han hecho solidarias con despensas, comidas, atención sicológica y espiritual siguiendo la enseñanza de Jesús. Tenemos que seguir contemplando qué hace Jesús y a qué nos invita con su actitud.

Discípulos con poder

En concreto Jesús llama a los doce, por su nombre, y “les da poder”, no para imponerse sobre las gentes, sino para expulsar demonios y curar enfermedades y dolencias. Éstas serán las dos grandes tareas de sus enviados: proclamar que ya está cerca el Reino de Dios y curar a las personas de todo cuanto introduce mal y sufrimiento en sus vidas. Harán lo que le han visto hacer a Él: curar a las personas haciéndoles experimentar lo cerca que Dios está de sus sufrimientos. Es así como se puede colaborar con Jesús en su proyecto del Reino de Dios. En cada aldea han de hacer lo mismo: anunciarles el Reino compartiendo con ellos la experiencia que están viviendo con Jesús y, al mismo tiempo, curar a los enfermos del pueblo. Todo lo han de hacer gratis sin cobrar ni pedir limosna, pero recibiendo a cambio un lugar en la mesa y en la casa de los vecinos. Es la manera de construir en las aldeas una comunidad basada en valores radicalmente diferentes al poder, al comercio, a la relación de patrón-cliente. Mientras no compartamos el pan con el prójimo no lo podremos llamar hermano. Aquí todos comparten lo que tienen: unos su experiencia del Reino de Dios y su poder de curar; otros, su mesa y su casa.

La cosecha es mucha

¿Habrá hoy quien quiera seguir a Jesús? Pedro, Santiago, Juan y los demás discípulos son hombres sencillos, con sus problemas, sus familias, sus negocios pequeñitos o alguno más importante. Sin embargo, todos captaron el nuevo modo de vivir de Jesús y la propuesta para un mundo diferente. Hoy, si captamos lo grande y maravilloso de esta propuesta, habrá seguramente seguidores fieles de Jesús. Luchar contra los demonios del poder y de la ambición, curar las heridas que deja un mundo hostil, anunciar a todos que Dios está cerca y que se puede compartir en una mesa común, sigue siendo una tarea maravillosa a la que Jesús sigue invitando.

En este domingo, al descubrir el rostro de Jesús frente a los desamparados, ¿cómo nos situamos frente los hermanos desprotegidos y frente a la invitación de Jesús? ¿Con qué palabras y acciones anunciamos la llegada del Reino de Dios? ¿Qué realidades concretas nos abren a la esperanza? ¿Qué dificulta en medio de nosotros la llegada de este Reino?

Dios nuestro, fuerza de todos los que en Ti confían, ayúdanos con tu gracia, sin la cual nada puede nuestra humana debilidad, para que podamos responder fielmente al llamado de Jesús y aportar nuestras pobres fuerzas en la construcción del Reino. Amén.

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Enrique Díaz Díaz

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