Discurso a Médicos con África. Foto: Vatican Media

Papa a médicos que trabajan con África: su trabajo es una forma concreta de poner en práctica el Padre Nuestro

Discurso a Médicos con África. El Papa adelantó que visitará Sudán del Sur a inicios de 2023 y contó la historia de una monja que adoptó a una niña que se quedó sin padres en República Centroafricana.

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(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 20.11.2022).- Por la mañana del sábado 19 de noviembre, el Papa recibió en audiencia, en el Aula Pablo VI del Vaticano, a los participantes en un encuentro promovido por la asociación Médicos con África. La también conocida como Sala Nervi estuvo casi llena. Ofrecemos el discurso del Papa en lengua castellana:

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Me complace darles la bienvenida. Agradezco al arzobispo de Padua sus valientes palabras. Hoy formáis la comunidad misionera de «Médicos con África – CUAMM».

Me gusta subrayar el hecho de que su historia comienza cuando, hace 70 años, se fundó en Padua un colegio para acoger a jóvenes estudiantes de medicina africanos. Jóvenes africanos. Ya podemos ver su estilo desde aquí: estar con África, antes que ser para África. Y esta es precisamente la actitud buena, porque existe en el imaginario, en el inconsciente colectivo, esa actitud mala: África está para ser explotada. Y contra eso está su no: estar con África. Por lo tanto, estar con África es estar para África. A partir de esa experiencia se inició un camino de intercambio y servicio que en estos 70 años ha atravesado casi todo el continente africano para llevar asistencia médica, siempre con una visión de desarrollo y con una preferencia por la formación de personal local. Hay un gran capital intelectual en África: debemos ayudar a desarrollarlo. Hace un mes, más o menos, tuve una reunión con estudiantes universitarios de toda África, vía Zoom. Me sorprendió la capacidad intelectual de estos jóvenes. Por favor, que no se pierdan; ayudémosles a progresar, a avanzar, porque África no debe ser explotada, debe ser promovida.

Su trabajo es una forma concreta de poner en práctica algo que pedimos cada día en el «Padre Nuestro». Le pedimos a nuestro Padre celestial: «Danos hoy nuestro pan de cada día». Y este «pan» también es salud. La salud es un bien primario, como el pan, como el agua, como el hogar, como el trabajo. Os comprometéis a que no falte el pan de cada día para tantos hermanos y hermanas que hoy, en el siglo XXI, no tienen acceso a una atención sanitaria normal y básica. Es vergonzoso: la humanidad es incapaz de resolver este problema, pero es capaz de continuar con la industria armamentística que lo destruye todo. Se gastan miles de millones en armas, se queman otros enormes recursos en la industria efímera y de la evasión –la «industria del maquillaje», por ejemplo–… Cuando rezamos «danos hoy nuestro pan de cada día», deberíamos pensar bien lo que decimos, porque muchos, demasiados hombres y mujeres, de este pan, sólo reciben migajas, o ni siquiera eso, simplemente por haber nacido en determinados lugares del mundo. Pienso en tantas madres, que no pueden tener un parto seguro y a veces pierden la vida; o en tantos niños, que mueren en la primera infancia.

Su presencia aquí hoy acerca mi corazón a países que me son particularmente queridos, como la República Centroafricana, donde fui en 2015 a abrir la Puerta Santa, en Bangui; y Sudán del Sur, donde, si Dios quiere, iré a principios del próximo año. Son países muy pobres y frágiles, que el mundo considera importantes sólo por los recursos a explotar, y que en cambio el Señor considera sus favoritos, a los que os envía para ser buenos samaritanos, testigos de su Evangelio. No tenga miedo de asumir retos difíciles, de intervenir en lugares remotos marcados por la violencia, donde las poblaciones no tienen la posibilidad de recibir atención. Acompáñalos. Si se necesitan años de trabajo, si hay decepciones y fracasos para lograr resultados, no te desanimes. Perseverar con un servicio persistente y un diálogo abierto a todos como herramientas para la paz y la resolución de conflictos.

Otro aspecto bello e importante de su relación con África es su colaboración con las Iglesias e instituciones locales de los países en los que trabaja, siempre con el objetivo de compartir y promover a los pueblos de África. Contra la explotación, la promoción. También les animo a seguir colaborando con las congregaciones religiosas misioneras, generosamente comprometidas con el sector sanitario en África. Trabajen juntos uniendo fuerzas, compartiendo su experiencia y conocimientos, apoyando la innovación social inspirada en el Evangelio, explorando también nuevas formas de financiar los servicios sanitarios para los más pobres.

La pandemia de Covid, la guerra y la grave crisis internacional ponen a todos en tensión. También lo son las condiciones de sequía: he seguido las catástrofes de la sequía en Kenia… Y si es difícil para el mundo desarrollado, lo es aún más para África, donde las consecuencias son dramáticas, porque las poblaciones son ya muy pobres y faltan sistemas de protección social. África retrocede y la pobreza se agrava. Los precios de los alimentos suben en todas partes, lo que provoca hambre y desnutrición; el transporte médico está bloqueado debido al excesivo coste del combustible; las medicinas y los suministros médicos escasean en todas partes. Es una «guerra» oculta, que nadie cuenta y que parece no existir, y que en cambio está teniendo un impacto muy duro, sobre todo en los más pobres.

Que el Señor os ayude a cruzar esta «noche» con valentía, con el corazón vuelto hacia la aurora, que iluminará esos pequeños brotes de esperanza que ya vislumbramos y de los que vosotros mismos sois testigos. Os doy las gracias por ser la voz de lo que vive África; por sacar a la superficie los sufrimientos ocultos y silenciosos de los pobres que encontráis en vuestro compromiso diario. Y os pido que sigáis dando voz a África, que le deis espacio para que pueda expresarse: África tiene voz, pero no es escuchada; debéis abrir posibilidades para que la voz de África pueda ser escuchada; seguid dando voz a lo que no se ve, a sus luchas y a sus esperanzas, para remover la conciencia de un mundo a veces demasiado centrado en sí mismo y poco en el otro. El Señor escucha el clamor de su pueblo oprimido y nos pide que seamos artesanos de un futuro nuevo, humilde y tenaz, con los más pobres.

Por último, les invito a que presten especial atención a los jóvenes: a que favorezcan por todos los medios, en sus actividades, el empleo de los jóvenes locales, tan deseosos de vivir su futuro como protagonistas sobre todo en sus países de origen. Os digo que me ha emocionado este encuentro vía Zoom que he tenido, de más de hora y media, con los jóvenes africanos: su inteligencia, sus angustias… Ayudadles a avanzar: son un tesoro, son muy inteligentes, pero no dejéis que sientan que sus proyectos no pueden salir adelante por las condiciones geográficas, sociales, económicas, o muchas veces culturales que les bloquean. Las nuevas generaciones pueden crear nuevos puentes entre Italia y África. Y esto ocurre cuando los jóvenes se encuentran, se confrontan y se abren al mundo sin miedos y sin prejuicios. Se puede implicar a las universidades en esta aventura, para que los cursos de formación, investigación e innovación previstos para los jóvenes italianos se dirijan también a los jóvenes africanos. Es en este intercambio donde se construyen líderes capaces de guiar procesos de desarrollo humano integral.

Me gustaría concluir con una fotografía, con una imagen. Cuando estuve de visita en Bangui, tuve la oportunidad de encontrar –por casualidad– a una monjita que llevaba más de cincuenta años en África, en la República Democrática del Congo. Había llegado a Bangui en canoa para hacer sus compras. Era comadrona, tenía más de dos mil partos a sus espaldas: ¡era la madre allí! La mujer había sido comadrona durante cincuenta años. Era sencilla y llevaba a una niña de cuatro o cinco años, que le decía: «mamá». Y yo, en broma, ¿qué he dicho? «¿Es un novato de su congregación?». Y ella dijo: ‘No, no: es mi hija’. La miré, no entendía. Y me dijo: ‘Escucha, al dar a luz la madre murió, el padre se fue, abandonó a todos. Estaba sola y la adopté legalmente». Una monja valiente, ¿eh? Se hizo cargo de ella. Y todavía vive allí, en la República Democrática del Congo, y todavía con la canoa todos los sábados va de compras a Bangui y vuelve; y todavía sigue siendo comadrona. Una vida escondida para dar vida. Sólo quiero dejarte esta fotografía. Pensamos en los muchos y muchas que, como esta monja, han pasado su vida en África para ayudar a los africanos a crecer. Adelante, sé valiente con estos pioneros que tenemos delante.

Muchas gracias por esta reunión y por lo que hacéis. Que la Virgen les acompañe siempre en tu camino y en tu trabajo. Yo también estoy cerca de uds. en la oración. De corazón os bendigo a los aquí presentes, a toda la familia del CUAMM y a todas las personas que cuidáis. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí. Gracias.

 

Traducción del original en lengua italiana realizado por el director editorial de ZENIT.

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Redacción Zenit

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