Sacerdotes usando redes sociales. Foto: Arquidiocesis de Guayaquil

Trabajar por la renovación de la Iglesia: una respuesta a The Washington Post

Cuando aprendimos formas legales de entender los riesgos para la salud de la Iglesia acosada por la tecnología -incluido el uso de aplicaciones para ligar por parte de clérigos- lo estudiamos. Aprendimos algunas cosas. Y compartimos lo que aprendimos directamente con los obispos; sin crear expectativas, pusimos la información a disposición de los líderes de la Iglesia.

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Por: Jayd Henricks

 

(ZENIT Noticias – First Things / Estados Unidos, 11.03.2023).- En 2018, el escándalo del entonces Cardenal Theodore McCarrick conmocionó al mundo católico.

McCarrick tenía una presencia global, operaba en los niveles más altos de la Iglesia y gozaba de la más alta estima, tanto entre los católicos como en general. Pero entonces se reveló que había estado seduciendo y abusando sexualmente de jóvenes durante décadas.

Fue otra desgarradora llamada de atención para una Iglesia necesitada de reformas, tras escándalos anteriores de líderes eclesiásticos que no protegieron a los fieles de los depredadores que había en su seno.

A pesar de una serie de reuniones, documentos y reformas de los obispos sobre la protección de menores y adultos vulnerables, los católicos vieron cómo se agravaba el escándalo y cómo las bancas seguían vaciándose, con el consiguiente coste para las almas. Quedó meridianamente claro que la reforma interna de la Iglesia necesitaba todas las manos en las bombas.

A su vez, un grupo de católicos exploró formas en las que los laicos podrían ayudar mejor a los obispos a identificar entornos sanos para los sacerdotes y modelos que permitieran el florecimiento de las parroquias y las diócesis, al tiempo que ayudaban a detectar peligros que podrían conducir a más escándalos y dolor para la Iglesia en el futuro.

El propósito era sencillo: amar a la Iglesia y ayudar a la Iglesia a ser santa, con todos los medios que se le pudieran dar. Y de todos los medios que la Iglesia ha empleado para ayudarse a sí misma, abordar el papel de la tecnología era una omisión flagrante, sobre todo teniendo en cuenta que el Papa Francisco ha hecho un llamamiento al uso de la tecnología para el bien común.

Sobre la base de esa idea, se formó un grupo, Catholic Laity and Clergy for Renewal (CLCR) («Laicos y Clérigos Católicos por la Renovación»), para explorar las formas en que la tecnología podría servir a los obispos para hacer frente a sus mayores desafíos. Me he sentido orgulloso de formar parte de ese grupo.

Después de todo, todas las grandes empresas utilizan datos, así que ¿por qué no la Iglesia? Tal vez los datos podrían utilizarse para conocer mejor la vida de la Iglesia, por ejemplo, qué tipo de actividades eclesiásticas atraen a la gente a una parroquia, o incluso cuándo y cómo se programan las liturgias.

De hecho, este fue el caso. Catholic Laity and Clergy for Renewal ha utilizado los datos para identificar los modelos de vida parroquial y diocesana que prosperan, así como los que tienen menos éxito.

Hemos aprendido, por ejemplo, que cuando los seminaristas pasan un año en ayuno de tecnología al comienzo de sus estudios, la Iglesia puede discernir mejor y más rápidamente si tienen vocación, y los que continúan tienen muchas más probabilidades de ser ordenados.

También hemos realizado estudios sobre los motivos por los que los católicos abandonan la Iglesia, hemos analizado el modo en que los católicos se relacionan a través de las redes sociales, hemos encuestado a los feligreses sobre su vida litúrgica y sus necesidades, y hemos trabajado para desarrollar planes de formación espiritual en los seminarios de acuerdo con las directrices del Vaticano. Y hemos puesto todo esto al servicio de la Iglesia.

«La Iglesia» no son los laicos, ni el clero, ni los obispos, ni el Vaticano, ni la miríada de instituciones creadas para apoyar su misión. La Iglesia es todas esas cosas y personas en comunión, trabajando juntas, cada una en su propio lugar y orden.

Por ello, todo lo que hemos intentado hacer como Catholic Laity and Clergy for Renewal ha sido en colaboración. Nos hemos reunido con párrocos, obispos, funcionarios diocesanos, académicos y expertos para explorar temas, evaluar lo que podemos entender y discutir nuevas ideas y opciones.

Siempre existe el riesgo de que los esfuerzos de renovación se conviertan en una cuestión óptica, de egos y agendas, en un acto más del circo de grupos de presión que rodea nuestras instituciones públicas y nuestra vida. Y la mejor manera de evitarlo, según he descubierto, es poner todo a disposición de los obispos, tratar cualquier trabajo que hagamos como un servicio, ofrecido y dado libremente, para que lo utilicen de la mejor manera que consideren oportuna.

Eso incluye lo que hemos aprendido sobre el lado más oscuro de la tecnología.

Todos sabemos que la conectividad ilimitada, el acceso ilimitado a la información y los contenidos pueden convertirse en un instrumento de pecado, con la misma facilidad con la que pueden ayudar a construir nuestra sociedad.

Internet algo más que una herramienta

Internet algo más que una herramienta

El tráfico de contenidos obscenos, e incluso delictivos, es un riesgo para la Iglesia y sus hijos, como lo es para el resto de la sociedad; de hecho, como han demostrado repetidos escándalos, el peligro es más agudo debido a la posición privilegiada de la Iglesia como guardiana de las almas y puerta de salvación.

Cuando aprendimos formas legales de entender los riesgos para la salud de la Iglesia acosada por la tecnología –incluido el uso de aplicaciones para ligar por parte de clérigos– lo estudiamos. Aprendimos algunas cosas. Y compartimos lo que aprendimos directamente con los obispos; sin crear expectativas, pusimos la información a disposición de los líderes de la Iglesia.

Parte de nuestro trabajo, según hemos sabido ahora, ha llamado la atención del Washington Post, un medio que tradicionalmente no tiene mucho respeto por la Iglesia, ni entiende cómo funciona y qué enseña. Para ellos, parece que los católicos laicos que trabajan con el clero, unos al servicio de los otros, es algo siniestro, y sólo comprensible a través de una lente política secular y la narrativa de una guerra cultural.

Como suelen hacer ellos y otros medios laicos similares cuando intentan hablar de temas católicos, el Post se ha fijado en una pequeña parte de lo que hacemos: todo lo que toca al sexo. Según ellos, parece que se puede (incluso se debe) tener todo el sexo que se quiera, con quien se quiera y como se quiera, pero discutir sobre los efectos que esto puede tener para nuestra salud física y mental –por no hablar del bienestar espiritual– es algo raro y obsesivo.

No estoy de acuerdo, y la Iglesia tampoco. Ignorar la importancia y la realidad de la sexualidad humana y su expresión no es sano, y fingir que los problemas no existen sólo acarrea problemas peores para todos, como hemos aprendido dolorosamente.

Es cierto que, como parte de nuestro trabajo de análisis de datos, descubrimos que algunos clérigos anunciaban públicamente su interés por acciones que contradecían sus promesas de celibato. Lamentablemente, en algunos lugares, apenas pudimos evitar verlo. Y ha habido noticias sobre sacerdotes detenidos por el uso delictivo de tales aplicaciones. Todo esto es un problema que, como Iglesia, podemos elegir reconocer y afrontar, o no.

Los datos disponibles públicamente, comprados de la manera ordinaria, se nos dieron en el CLCR, y cuando los analizamos, se hizo evidente que las aplicaciones de contactos heterosexuales y homosexuales fueron utilizadas por algunos seminaristas y algunos sacerdotes en algunos lugares, y con volúmenes y patrones que sugieren que no eran faltas morales aisladas de los individuos.

Cabe señalar que este tipo de aplicaciones están diseñadas específicamente para encuentros sexuales casuales y anónimos; no se trata de sacerdotes y seminaristas heterosexuales u homosexuales, sino de un comportamiento que daña a todos los implicados, en algún nivel y de alguna manera, y es un testimonio contra el ministerio de la Iglesia.

Sabiendo todo esto, y comprendiendo lo que mostraban los datos, me reuní con un puñado de rectores y obispos, contándoles lo que habíamos aprendido y dejándoles que actuaran como mejor discernieran. En ningún momento puse la información a disposición del público. Eso, para mí, no es una labor de servicio a la Iglesia. Más bien, dejé a la debida autoridad de rectores y obispos que actuaran con prudencia.

Por supuesto, si queríamos ser de auténtica ayuda a la Iglesia, teníamos que hacerlo dentro de los límites de la ley, incluida la legislación sobre datos y privacidad. Y fuimos meticulosos para asegurarnos de que hacíamos las cosas según las normas. Desarrollamos políticas, como la obligación de informar a las fuerzas de seguridad si descubríamos alguna ilegalidad, como abusos a menores. Afortunadamente, no descubrimos ningún caso de este tipo.

Esperábamos mantener este trabajo en privado, para poder mantener conversaciones honestas y francas con los líderes de la Iglesia y proteger la intimidad de los afectados.

El Washington Post, al parecer, tiene una opinión diferente. Para ellos, las discusiones sobre el sexo y el celibato, el pecado y la salvación, son sólo forraje para los clics y excitación para los lectores. El intento de colaboración y el discernimiento pastoral son, para los profesionales de la política partidista, siniestros y reservados. Nosotros vemos las cosas de otro modo.

Nuestro trabajo siempre ha sido una labor de amor y de servicio, práctico y espiritual. Es una bendición poder ofrecer ayuda constructiva en cuestiones como la vida parroquial, la formación y la administración de la Iglesia. E incluso las áreas más difíciles de esas conversaciones han sido un impulso para nosotros en Catholic Laity and Clergy for Renewal para rezar y ayunar con y por nuestros sacerdotes.

Todo católico de buena voluntad desea una Iglesia fuerte y próspera, por el bien de las almas y al servicio de nuestra sociedad.

A pesar de la hostilidad que pueda encontrar por parte de otros, no tengo intención de rehuir ayudar donde pueda, y servir donde podamos servir. Una Iglesia sana necesita comunidades católicas prósperas. Y sí, esas comunidades necesitan pastores fieles y alegres, por lo que nos corresponde a todos hacer lo que podamos, ayudar a los obispos a cuidar de su clero, y ayudar a los sacerdotes a cuidar de su propia salud espiritual, emocional y física.

La Iglesia necesita desesperadamente sacerdotes santos; que todos nosotros ayudemos a nuestros sacerdotes a vivir fielmente su vocación. María, Madre de los Sacerdotes, ruega por nosotros y por todos los sacerdotes.

 

Traducción del original en lengua inglesa realizada por el director editorial de ZENIT. Jayd Henricks es presidente de Catholic Laity and Clergy for Renewal. Trabajó en la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos durante once años y es licenciado en Teología Sistemática por la Dominican House of Studies.

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Redacción Zenit

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