Mujeres miembros de la Unión Mundial de las Organizaciones Femeninas Católicas. Foto: Vatican Media

La identidad antropológica de la mujer, la Virgen de Fátima y la intimidad con el Espíritu Santo según el Papa Francisco

Discurso del Papa a las participantes en la Asamblea General de la Unión Mundial de las Organizaciones Femeninas Católicas (UMOFC).

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(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 14.05.2023).- El sábado 13 de mayo, día de la Virgen de Fátima, el Papa Francisco recibió en audiencia especial en el Aula Pablo VI del Vaticano a las participantes en la Asamblea General de la Unión Mundial de las Organizaciones Femeninas Católicas (UMOFC) a quienes dirigió un discurso que ofrecemos a continuación en lengua española.

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Les doy la bienvenida a ustedes y a cuantas siguen la transmisión desde remoto, mujeres que forman parte de la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas, venidas desde diversos lugares del mundo junto con sus familiares, para imbuirse del espíritu eclesial y poder volver con mayor entusiasmo a los lugares de procedencia. A todos, expreso mi más cordial saludo. Agradezco las intervenciones que me han precedido, presentando su trabajo y las iniciativas que tienen entre manos. Gracias.

Con su presencia aquí, quieren prepararse para participar en la Asamblea General que celebrarán en Asís la próxima semana. Todas podrán hacerlo acompañando con la oración a las delegadas, para que se dejen iluminar por el Espíritu y sea ocasión de renovar su empuje misionero, siguiendo los principios originarios que movió a las fundadoras de la Unión y, al mismo tiempo, mirar al futuro con ojos y corazón abiertos al mundo, para escuchar el lamento de tantas mujeres que sufren en el mundo la injusticia, el abandono, la discriminación, la pobreza, o un trato inhumano desde niñas en algunos procedimientos. El Observatorio mundial de las mujeres que han puesto en marcha les dará pistas para identificar las necesidades y poder así ser «samaritanas», compañeras de viaje, que lleven esperanza y serenidad a los corazones, ayudando, y haciendo que otros ayuden a aliviar tantas necesidades corporales y espirituales de la humanidad.

Hoy hay una urgente necesidad de encontrar la paz en el mundo, una paz que, sobre todo, inicia en el interior del corazón, un corazón enfermo, lacerado por la división del odio y del rencor.

Junto con la paz, la identidad antropológica de la mujer también está en peligro, pues se la usa como instrumento, como argumento de contiendas políticas y de ideologías culturales que ignoran la belleza con la que ha sido creada.

Es preciso valorar más su capacidad de relación y de donación, y que los hombres comprendan mejor la riqueza de la reciprocidad que reciben hacia la mujer, para recuperar esos elementos antropológicos que caracterizan la identidad humana y con ella, la de la mujer y su rol en la familia y en la sociedad, que no deja de ser un corazón latente. Y si queremos saber qué es la humanidad sin la mujer, qué es el hombre sin la mujer, lo tenemos en la primera página de la Biblia: es soledad. El hombre sin la mujer está solo. La humanidad sin la mujer está sola. Una cultura sin la mujer está sola. Donde no está la mujer, hay soledad, soledad árida que genera tristeza, y toda clase de daño a la humanidad. Donde no está la mujer, hay soledad.

Hoy, en que se celebra la memoria de las apariciones de la Virgen María a los pastorcitos de Fátima –y hoy también estoy muy triste, porque en el País donde apareció la Virgen se promulga una ley para matar, un paso más en la larga lista de Países con eutanasia– hoy, entonces, pensando en la Virgen, miremos a María como modelo de mujer por excelencia, que vive en plenitud un don y una tarea: el don de la «maternidad» y la tarea de «cuidar» a sus hijos en la Iglesia.

También ustedes como mujeres poseen ese don y esa tarea, en cada uno de los ámbitos donde están presentes, sabiendo que, sin ustedes, esos ámbitos están solos. No es bueno que el hombre esté solo, por eso la mujer. María les enseña a generar vida y a protegerla siempre, relacionándose con los demás desde la ternura y la compasión, y conjugando tres lenguajes: el de la mente, el del corazón y el de las manos, que tienen que ser coordinados. Lo que piensa la cabeza lo sienta el corazón y lo hagan las manos; lo que siente el corazón esté en armonía con lo que se piense en la cabeza y hacen las manos; lo que hacen las manos tengan armonía con lo que se siente y lo que se piensa. Esto lo he dicho en otras ocasiones, creo que las mujeres tienen esa capacidad de pensar lo que sienten, de sentir lo que piensan y hacen, y de hacer lo que sienten y piensan. Las animo a seguir ofreciendo esa sensibilidad al servicio de los demás.

Volviendo a Fátima, en medio del silencio y la soledad de los campos, una mujer bondadosa y llena de luz se encuentra con unos niños pobres y sencillos. Como todas las cosas grandes que Dios hace, lo que caracteriza la escena es la pobreza y la humildad. En aquellos pastorcitos estamos representados también nosotros —toda la humanidad—, frágiles pequeños, y hasta podríamos decir un poco desconcertados y asustados ante los acontecimientos que se presentan en la vida y que a veces no logramos comprender, porque los acontecimientos estos nos superan y nos ponen en crisis.

En ese ambiente marcado por la debilidad, cabe preguntarse: ¿qué es lo que ha hecho fuerte a María?, ¿qué es lo que dio fuerza a los pastorcitos para hacer lo que Ella les pedía?, ¿cuál es el secreto que convirtió a esas personas frágiles y pequeñas en testigos de la alegría del Evangelio? Queridas hermanas, el secreto de todo discipulado y de la disponibilidad para la misión está en cultivar esa unión, una unión desde dentro con el «dulce huésped del alma» que siempre nos acompaña; el amor a Dios y el permanecer unidos a Él, como los sarmientos a la vid (cf. Jn 15, 1-11), para vivir —como María— la plenitud del ser mujer con la conciencia de sentirse elegidas y protagonistas en la obra salvadora de Dios.

Pero esto sólo no basta. Esa unión interior con Jesús se tiene que manifestar al exterior, se tiene que manifestar permaneciendo en comunión con la Iglesia, con mi familia o con mi organización, que me ayudan a madurar en la fe. Esto es lo que da valor a todas las iniciativas que llevamos adelante. Hay que «rezar» las obras y «obrar» la oración. De este modo nos vamos a situar bien en sintonía con la misión de toda la Iglesia. También es ésta la esencia de la sinodalidad, lo que nos hace sentirse protagonista y corresponsable del buen ser de la Iglesia, para saber integrar las diferencias y trabajar en armonía eclesial.

Les agradezco todo lo que hacen y las animo a seguir adelante con entusiasmo en sus proyectos y actividades en favor de la evangelización, siguiendo la voz interior del Espíritu, dóciles a los toques interiores. Que Jesús las bendiga y la Virgen las cuide, a ustedes y a sus familias. Rezo por los frutos de la Asamblea, hablen claro, discutan, peléense un poquito porque hace bien, eso los lleva adelante. Y les pido, por favor, que me sigan acompañando con sus oraciones. Muchas gracias.

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Redacción Zenit

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