(ZENIT Noticias / Aracaujo, 07.09.2026).- ¿Qué sucede cuando un sacerdote parece pronunciar un sermón que nunca predicó, habla con una voz que no es la suya o aparece en una fotografía que representa un evento que nunca ocurrió?
Para la Arquidiócesis de Aracaju, en Brasil, la respuesta es cada vez más clara: el problema no es meramente tecnológico. Es una cuestión de verdad, dignidad humana y credibilidad de la propia Iglesia.
El arzobispo Josafá Menezes da Silva ha emitido nuevas normas que rigen el uso de la inteligencia artificial en las comunicaciones arquidiocesanas, estableciendo uno de los intentos más claros hasta la fecha para traducir la creciente reflexión del Vaticano sobre la IA en normas concretas para la vida diocesana.
El principio fundamental es simple, pero cada vez más urgente en la era de las imágenes sintéticas y las voces clonadas: la tecnología puede ayudar a la misión de la Iglesia, pero nunca debe falsificar la realidad.
Las directrices se aplican ampliamente a obispos, sacerdotes, diáconos, ministros, agentes pastorales, comunicadores y a toda la comunidad católica de la Arquidiócesis de Aracaju. Se basan en la enseñanza reciente de la Iglesia sobre la dignidad humana, la comunicación y la inteligencia artificial, incluyendo el mensaje del Papa León XIV para la 60.ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales y su encíclica Magnifica Humanitas, así como Antiqua et Nova, la reflexión conjunta del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y el Dicasterio para la Cultura y la Educación, aprobada bajo el pontificado del Papa Francisco.
En el centro de la nueva política se encuentra lo que el Arzobispo Menezes describe como el punto de partida de la Iglesia en todo debate sobre inteligencia artificial: la defensa incondicional de la dignidad humana.
Este principio ha llevado a la arquidiócesis brasileña a establecer dos requisitos fundamentales para la comunicación asistida por IA.
Primero, el material debe ser revisado por seres humanos antes de su publicación. Cualquier obra artística producida con la ayuda de inteligencia artificial está sujeta a la supervisión humana obligatoria.
Segundo, se exige transparencia. El contenido generado o manipulado por IA debe identificarse claramente y distinguirse del material creado directamente por seres humanos, especialmente cuando la tecnología pueda afectar la percepción pública de la realidad.
Las normas son particularmente estrictas cuando se utiliza inteligencia artificial para reproducir la identidad humana.
La arquidiócesis prohíbe la reconstrucción del rostro de una persona real en lugar de una fotografía auténtica, las alteraciones significativas de sus rasgos físicos y la creación de apariencias artificiales presentadas como genuinas. También prohíbe las imágenes sintéticas que puedan confundirse con fotografías reales.
Para el clero, las restricciones son aún más explícitas.
No se debe utilizar inteligencia artificial para simular la apariencia de un obispo, sacerdote o diácono cuando el resultado reemplace una fotografía real o pueda interpretarse razonablemente como una representación auténtica de esa persona o de un evento en el que supuestamente participó.
El mismo principio se aplica a las voces.
No se puede hacer que un obispo, sacerdote o diácono parezca pronunciar un mensaje o discurso mediante audio generado por IA si nunca pronunció esas palabras. La tecnología tampoco puede atribuir a una persona real una apariencia, acción, declaración o situación que no se corresponda con la realidad.
La preocupación dista mucho de ser teórica.
La inteligencia artificial ya ha generado graves problemas en línea mediante vídeos manipulados y voces clonadas que involucran a figuras religiosas reconocibles. En 2024, el padre Chad Ripperger advirtió sobre vídeos que circulaban bajo su nombre e imagen y que supuestamente utilizaban inteligencia artificial para imitar su voz, inventando afirmaciones e historias que nunca había hecho, incluyendo falsas aseveraciones sobre supuestas visiones.
Estos casos ilustran por qué las directrices de Aracaju se centran tanto en los rostros y las voces.
Una imagen manipulada puede engañar. Una voz clonada puede crear una ilusión de autenticidad aún mayor. Cuando la persona involucrada es un sacerdote, obispo u otra figura religiosa, las consecuencias pueden ir más allá del daño a la reputación. Las declaraciones falsas pueden desorientar a los creyentes, generar confusión sobre la doctrina de la Iglesia y explotar la confianza que los católicos depositan naturalmente en las figuras pastorales.
Sin embargo, la arquidiócesis no aboga por el rechazo de la inteligencia artificial.
Por el contrario, las nuevas normas reconocen explícitamente su valor legítimo como herramienta auxiliar. La IA puede ayudar a crear fondos, texturas, elementos abstractos e ilustraciones; sugerir diseños; trabajar con colores; colaborar en la composición y la redacción; y desarrollar conceptos visuales.
Por lo tanto, la distinción no radica entre tecnología y fe, sino entre asistencia y sustitución.
La inteligencia artificial puede ayudar a un comunicador en su labor. Sin embargo, no puede reemplazar la capacidad humana de juzgar, verificar, crear con responsabilidad y asumir la responsabilidad moral por lo que se publica.
Esta distinción refleja una preocupación más amplia expresada por el Papa León XIV sobre el extraordinario poder de la IA para construir lo que se ha descrito como «realidades paralelas». A medida que la tecnología sintética se vuelve más convincente, la línea que separa la realidad de la invención puede resultar cada vez más difícil de discernir.
El peligro no se limita al fraude sofisticado. El contenido manipulado puede facilitar el engaño digital, el acoso, las violaciones de la privacidad y otras formas de abuso. Por lo tanto, la preocupación de la Iglesia es, en última instancia, personal: detrás de cada rostro y cada voz hay una persona cuya identidad no puede convertirse simplemente en materia prima para la manipulación tecnológica.
La política de Aracaju también contiene una lección importante para la comunicación católica en general.
La evangelización depende de la confianza.
La Iglesia puede utilizar las herramientas más avanzadas disponibles para comunicar el Evangelio, pero la credibilidad de su mensaje se vería debilitada si esas mismas herramientas se utilizaran para fabricar imágenes, voces o eventos que nunca existieron. Cuanto más se asemeje una representación digital a una persona o un evento real, mayor será la obligación de asegurar que se corresponda con la realidad.
Por ello, la transparencia y la responsabilidad humana constituyen la base de las nuevas normas.
La inteligencia artificial no tiene responsabilidad moral por una publicación engañosa. La responsabilidad recae en quien decide crearla, aprobarla y distribuirla.
En este sentido, las directrices no son fundamentalmente un manual técnico. Son un intento de defender un principio que siempre ha sido esencial para la comunicación cristiana: la verdad no puede quedar relegada a un segundo plano frente a la eficacia.
La Arquidiócesis de Aracaju, por lo tanto, no ha optado ni por un entusiasmo tecnológico sin límites ni por un rechazo motivado por el miedo. Su enfoque es de discernimiento.
La inteligencia artificial puede crear imágenes útiles, mejorar la comunicación y apoyar la creatividad humana. Pero no se le puede permitir inventar el sermón de un sacerdote, fabricar la voz de un obispo o situar a un clérigo en un evento ficticio y luego presentar el resultado como realidad.
La responsabilidad final recae en el ser humano.
Como recordó el arzobispo Menezes a los agentes pastorales, comunicadores y fieles, la tecnología debe estar al servicio de la misión de la Iglesia y nunca distorsionarla. Las directrices insisten en que lo que la Iglesia comunica debe ser veraz no solo en su contenido, sino también en la forma en que se representa la realidad misma.
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