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Kuala Lumpur, capital de Malasia © 4Corners 2013

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Malasia: Primera misa en la nueva nunciatura apostólica

Homilía del Arzobispo Mons. Becciu (Texto completo)

(ZENIT – 24 Nov. 2017).- El arzobispo Giovanni Angelo Becciu, Sustituto de la Secretaría de Estado, ha celebrado la santa misa en la nueva nunciatura apostólica de Kuala Lumpur (Malasia), inaugurada ayer.

“El deseo de Malasia y la Santa Sede de profundizar los lazos de amistad que nos unen es un reflejo de nuestro objetivo común: construir un mundo más fraterno donde la armonía, la justicia y la paz puedan florecer”, dijo el Arzobispo Becciu en la inauguración de la nunciatura en Kuala Lumpur, ayer 23 de noviembre.

La nueva nunciatura, dijo el obispo Becciu, “es una señal de la misión internacional de la Santa Sede y su preocupación por la comunidad católica de esta nación, así como por el bien de todos los malasios”.

Según el Observatorio de Libertad Religiosa, Malasia tiene 31 millones de habitantes, de los cuales más del 61% son musulmanes, casi el 20% budistas, el 9,2% cristianos, pero también hindúes, seguidores de otras religiones.

RD/MD

A continuación, sigue la homilía de Mons. Giovanni Angelo Becciu en la misa celebrada en la nunciatura de Malasia:

Homilía de Mons. Giovanni Angelo Becciu

Su Eminencia, Sus Excelencias, queridos amigos:

En el pasaje del Evangelio de hoy, nuestro Señor le dice a San Pedro que él es la roca sobre la cual fundará su Iglesia y que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Es significativo que Jesús señale el futuro: “Sobre esta roca edificaré mi Iglesia” (Mt 16:18). La Iglesia en Malasia se convertiría en parte de ese futuro. Por la gracia de Dios, en nuestros días, la vida vibrante de la comunidad cristiana en este país está cumpliendo la promesa del Señor de una manera maravillosa.

San Pedro, la “roca” sobre la cual nuestro Señor construyó su Iglesia, era, como sabemos, un hombre ordinario, un simple pescador. Pedro se conocía muy bien y proclamó su propia debilidad ante Jesús. Tampoco los Evangelios lo ocultan: hablan de su miedo paralizante en la tormenta, de su negativa a permitir que Cristo lavase sus pies, y de su triple negación del Señor en las horas previas a la crucifixión. Y, sin embargo, conociendo bien a Pedro y viendo en su corazón, Jesús lo eligió para ser el primero de los Apóstoles, princeps Apostolorum.

Aquí vemos la belleza de la gracia de Dios. Jesús hace de la debilidad de Pedro una fuente de fortaleza, una fortaleza que se evidencia claramente después de la resurrección y el descenso del Espíritu Santo en Pentecostés. Pedro proclamó sin temor el Evangelio, en Jerusalén, Antioquía y Roma, y ​​finalmente dio el testimonio supremo de Cristo con su martirio. En nuestro ministerio como obispos, también nosotros experimentamos el poder de la gracia de Dios obrando a través de nuestra propia debilidad, mientras luchamos con humildad por ser una roca para aquellos a quienes servimos.

De manera particular, vosotros como obispos en unión con el Sucesor de Pedro en Roma, estáis llamados a ser un signo visible de la presencia de Dios como roca en la Iglesia universal y en cada una de sus Iglesias particulares. Si hay ocasiones en que queremos proclamar nuestra debilidad ante Cristo, como lo hizo Pedro, debemos confiar en la promesa inquebrantable del Señor de estar siempre con nosotros, de fortalecernos en nuestra misión como heraldos del Evangelio y pastores del pueblo fiel de Dios. Su promesa nunca fallará.

El edificio que dedicamos hoy es la casa de Pedro; simboliza vuestra unidad, y la de vuestras Iglesias locales, con el Santo Padre, cuyo ministerio como el Sucesor de Pedro lo hace el fundamento visible y el principio de la unidad de la Iglesia en la fe: ubi Petrus, ibi Ecclesia. En el salmo responsorial cantamos: “¡Qué bueno , que dulce habitar los hermanos todos juntos” (Sal 133). Recemos para que esta casa, y todos los que trabajan y habitan aquí, sean siempre un signo del ministerio de servicio del Santo Padre a nuestra comunión en la Iglesia Católica. Que esta capilla también, como el corazón de la nueva nunciatura, sea una fuente de luz espiritual y fortaleza para el nuncio y sus colaboradores en sus esfuerzos diarios para compartir con el Sucesor de Pedro los desafíos y las alegrías experimentadas por el Pueblo de Dios en sus respectivas diócesis, y transmitir a su vez la preocupación y el aliento pastoral del Santo Padre. De esta manera, la presencia de la Nunciatura aquí puede contribuir a la unidad que los obispos disfrutan con el Papa, entre ellos y con el clero, los religiosos y los fieles laicos de las Iglesias locales. Alentará a toda la comunidad católica a dar testimonio del Evangelio y a difundir, a través de buenas obras, el amor misericordioso de Cristo por toda la humanidad.

El salmista describe la bondad de la unidad fraternal con la imagen del aceite fragante que fluye por la barba de Aarón y sobre sus vestiduras. Vemos aquí una profecía del Espíritu Santo derramado sobre la Iglesia, en la riqueza de sus dones carismáticos y jerárquicos, para su edificación en la fe, la esperanza y el amor. Cada uno de nosotros, por la gracia de Dios, ha recibido ese regalo en abundancia, especialmente el día de nuestra consagración. Que la bendición de esta capilla sea la ocasión de una nueva efusión de los dones del Espíritu. Que el aceite de su alegría pueda ungir nuestras vidas y fortalecernos en santidad y celo por el apostolado. Si a veces nos sentimos débiles y abrumados por los desafíos que enfrentamos, el Espíritu nos recuerda que Cristo ha construido su Iglesia sobre la roca y continúa guiándola en cada paso. Fortalezcámonos los unos a los otros en la unidad y la confianza en la promesa del Señor.

Deseo renovar la gratitud del Papa Francisco a toda la Conferencia Episcopal y a cuantos han hecho posible la construcción de esta nunciatura apostólica. Como sabemos, cada hogar también necesita una madre. Dirijámonos a María, Madre de la Iglesia, y pidamos su intercesión, confiando todos nuestros esfuerzos, nuestra gente, nuestras esperanzas y nuestra persona a su cuidado materno. Que ella nos guíe a nuestra patria celestial en la comunión del cuerpo de Cristo, la Iglesia, y en la unidad de mente y corazón con el Sucesor de Pedro en Roma

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