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© Carlos Daniel/Cathopic

Mons. Enrique Díaz Díaz: “Compartir la mesa”

XXVI Domingo Ordinario

Amós 6, 1, 4-7: “Ustedes, los que llevan una vida disoluta, irán al destierro”.

 Salmo 145: “Alabemos al Señor, que viene a salvarnos”.

 I Timoteo 6, 11-16: “Cumple todo lo mandado hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo”

 San Lucas 16, 19-31: “Recibiste bienes en tu vida y Lázaro males; ahora él goza de consuelo, mientras tú sufres tormentos”.

 ¿Parábola? ¿Cuento? ¿Realidad? Conozco una pequeña capilla dedicada a “San Lázaro”  y, cuando me acerco a contemplar el santo que veneran, me encuentro con un bello óleo que expresa con crudeza la enseñanza de esta parábola. Los fieles han personificado y dado vida al “Lázaro”, personaje ficticio de la parábola, convirtiéndolo en un hombre de carne y hueso, real y hasta santificado. Y quizás no estén tan equivocados si quieren representar en el Lázaro llagado y miserable a las puertas del rico, a todos los pobres que quedan también tirados y olvidados en las orillas de nuestras ciudades, en las puertas de los hospitales, en los poblados, ignorados. La imagen de Lázaro se hace dolorosamente presente en nuestros días y puede, que lo mismo que el rico, lo ignoramos y lo dejamos morir de hambre.

 El de hoy es un evangelio que cuestiona y obliga a pensar en todos esos hermanos que viven en la extrema pobreza. Quienes quedan excluidos de la sociedad, no son tomados en cuenta, sino sólo en momentos de elecciones o cuando necesitan apoyo los grupos políticos. Se encuentran en cualquier ciudad, en todas las colonias, en los pequeños y grandes poblados y  en todas las partes del mundo. La mesa del rico Epulón cada día es más grande, tiene más manjares, más sofisticados, pero tiene menos comensales, y la cantidad ingente de Lázaros tirados a la puerta del nuevo sistema es cada día más grande. Ya hace algunos años los Obispos en Aparecida denunciaban este gran abismo que se va creando entre pobres y ricos, y dicen que ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social. Con ella queda afectada la pertenencia a la sociedad  en la que se vive, pues ya no se está abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está afuera. Los excluidos no son solamente “explotados” sino “sobrantes”, “desechables” y “descartados”.

La sociedad conducida por una tendencia que privilegia el lucro y estimula la competencia, sigue una dinámica de concentración de poder y de riquezas en manos de pocos, no sólo de los recursos físicos y monetarios, sino también de educación, de información y de los recursos humanos.  Esto produce la exclusión de todos aquellos no suficientemente capacitados e informados, aumentando las desigualdades que marcan tristemente nuestro continente y que mantienen en la pobreza a una multitud de personas. La pobreza es hoy pobreza de conocimiento y del uso y acceso a nuevas tecnologías. La pobreza hoy es exclusión, olvido y marginación.

Si bien, en el Antiguo Testamento  aparece con frecuencia la riqueza unida a una vida recta, la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro nunca podrá ser considerada como una aceptación fatalista de un desorden donde los ricos siempre serán más ricos y los pobres siempre más pobres. No es una consolación alienante ni el opio que adormece y pone tranquilos a los pobres. Leerla así, es una caricatura del Evangelio. La Palabra es una denuncia de todo orden injusto y la revelación de las causas profundas de la injusticia. Y las verdaderas causas van a la concepción misma del hombre y con “sus hermanos”. Si no se piensa en hermanos, no se puede compartir la mesa. Sólo una mesa compartida es señal de hermandad. No se trata de dar migajas, ni acallar la conciencia dando desperdicios. No se trata de dar la vuelta al orden actual solamente para que los pobres aparezcan como nuevos “patrones” que opriman a otros pobres, sus hermanos. Se trata de crear un nuevo orden, un nuevo sistema, donde todos seamos hermanos.

Por eso, frente a esta inhumana globalización, sentimos un fuerte llamado para promover una globalización diferente, que esté marcada por la solidaridad, por la justicia y por el respeto a los derechos humanos, haciendo de nuestros pueblos y de nuestras comunidades, no sitios de adormecimiento con la esperanza de una recompensa futuro, sino nos comprometen seriamente a crear comunidades que compartan, que hagan crecer  a todos, que cuiden con justicia los bienes comunes y que puedan ofrecer una mesa donde todos nos sintamos hermanos compartiendo el destino de hijo de Dios.

El Evangelio nos presenta una dinámica de transformación y de cambio en las que no vale las justificaciones para continuar en un mundo de injusticia. “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto”. Hay quienes cierran los ojos y ponen cortinas para no ver la realidad. O se escudan en que no pueden ellos cambiar el sistema mundial. Pero la transformación mundial pasa por las pequeñas acciones que hacemos cada uno de nosotros. Si nosotros no cambiamos el corazón, nunca podrá cambiar el mundo.

Muchos países se han propuesto una campaña llamada “Hambre cero”, combatir el problema de las drogas, incrementar la alfabetización y eliminar la pobreza. Para alcanzar estos objetivos y reducir así la desigualdad entre quienes lo tienen todo y quienes carecen de bienes básicos como la educación, la salud y la vivienda, es fundamental la transparencia y honradez en la gestión pública que, frente a cualquier forma de corrupción, favorecen la credibilidad de las autoridades ante los ciudadanos y son determinantes para un justo desarrollo. Sólo con un corazón de hermanos podremos lograr una mesa para todos, una mesa de fraternidad. ¿Qué te pide Cristo en el rostro del hermano que queda tirado y en el olvido?

Dios nuestro, que has creado un mundo maravilloso y haces salir tu sol sobre todos los humanos, concédenos un corazón generoso para compartir la mesa, y ayúdanos para que no desfallezcamos en la lucha por construir tu Reino. Amén.

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