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Jesús cura a un leproso

Rescatar al hermano – XXIII Domingo Ordinario

Comentario a la liturgia dominical

Ezequiel 33, 7-9: “Te he constituido centinela para la casa de Israel”
Salmo 94: “Señor, que no seamos sordos a tu voz”
Romanos 13, 8-10: “Cumplir perfectamente la ley, consiste en amarSan Mateo 18, 15-20: “Si tu hermano te escucha, lo habrás salvado”

¡Está contaminado! Antes era el orgullo de toda la región, la transparencia de sus aguas, la fertilidad que nos regalaba, la belleza de su paisaje. Los lugareños lo mismo lo aprovechaban para bañarse, lavar, incluso para beber de sus aguas deliciosas… pero todo esto ha quedado en el recuerdo. Ahora no queda más que un fétido arroyuelo que desciende contaminando todo el valle. Atrás quedaron sólo bellos recuerdos. La dura realidad la recuerda su pestilente aroma, sobre todo en los días de intenso calor. Es cierto que se han hecho algunos intentos para limpiarlo, pero cuando se contamina desde sus fuentes, es imposible remediarlo. Algunos dicen que es como el chisme, la envidia o las malas vibras, cuando brotan del corazón es imposible sanarlas.

Vivir en comunidad es una gran riqueza pero tiene sus riesgos. La convivencia en la familia, en la comunidad o en la sociedad, se ve deteriorada constantemente por múltiples factores que rompen y condicionan las relaciones entre compañeros, familiares y amigos. La comunicación se bloquea fácilmente sobre todo si consideramos que el otro ha actuado de manera injusta o desleal. Nos sentimos justificados para hacerle vacío y encerrarnos en nuestras actitudes hostiles, o deslizar el veneno del chisme. Se provoca mucho sufrimiento en las familias y en los grupos por situaciones aparentemente leves pero al no ser resultas con oportunidad, el silencio y la agresividad se va complicando día a día. Y peor aún, cuando se inicia un chisme o acusación a espaldas del acusado. Se desata un río envenenado que va contaminando de boca en boca y que acaba con la fama de las personas. Al juzgar que el otro ha actuado mal, no consideramos necesario analizar nuestra postura. Nos parece normal retirar nuestra amistad y bloquear nuestra mirada y hasta nuestro corazón.

El Señor Jesús conoce a quienes ha escogido y comprende las limitaciones de quienes forman la comunidad, pero ofrece un camino de reconciliación y sanación. San Mateo describe una especie de disciplina eclesial que nos ofrece Jesús para el buen funcionamiento de la comunidad cristiana. Esa disciplina tiene como finalidad general el que los “pequeños”, los que están en necesidad, encuentren en la comunidad un lugar de acogida, más allá de sus errores. Por eso aquí se establece todo un procedimiento cuando la debilidad del hermano irrumpe en la comunidad. Me parece muy importante destacar que frente al error y los problemas nunca se proponga el silencio o la “paz aparente”, sino que se busquen soluciones que arranquen de raíz los problemas. Se buscará la valentía para decir la verdad frente la potencia de los fuertes pero también se buscará evitar la mentira que busca congraciarse con los débiles. Se debe revertir la dura respuesta de Caín: “¿Soy acaso el guardián de mi hermano?”, que muchos utilizan como una buena excusa para evadirse, justificar la indiferencia y declinar la responsabilidad en otros. Por el contrario Cristo propone un compromiso para la comunidad de seguidores porque son hermanos, porque son miembros de una misma familia. Si te desentiendes del otro, dejas de ser hermano y la fraternidad se va a la ruina.

La corrección fraterna inicia con el diálogo con el hermano a solas; después se pide hacerlo en presencia de otros dos testigos; continúa con el diálogo en comunidad y hasta al final la denuncia. Todo un procedimiento que quiere garantizar al pecador, la posibilidad de dar marcha atrás en su camino equivocado. Siempre con amor y siempre con comprensión, pero nunca callando ante la injusticia. Así, Dios constituye centinela a Ezequiel en la primera lectura, con la dura tarea de denuncia y corregir. La corrección fraterna en este evangelio es un prodigio de delicadeza y sensatez y echa mano de todas las mediaciones posibles. Además, Jesús da a la comunidad y a la Iglesia la facultad de atar y desatar; y la constituye una garantía para quien quiera saber si, con el estilo de vida que lleva, puede formar parte del grupo de discípulos de Jesús. No es la condena a priori, la comunidad interviene testificando la ruptura con la comunión pero siempre abierta a la posibilidad de la reconciliación, con oportunidad de atar pero también de desatar.

Detrás de esta corrección fraterna resplandece la cara positiva de la comunidad: la unidad en la oración, “si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo”; la reunión en el nombre del Señor, “donde dos o tres se reúnen en mi nombre”; y la garantía de su presencia, “ahí estoy yo en medio de ellos”. Una enseñanza y una actitud frente a un mundo individualista y centrado en el egoísmo que nos deja varias preguntas y reflexiones. ¿Cómo es nuestra vida en comunidad o predomina el individualismo? ¿Nos preocupamos y ayudamos a los demás o solamente los criticamos y destruimos? ¿Cómo resolvemos los conflictos en la familia, en los grupos y en la sociedad? ¿Educamos para la reconciliación, el perdón y la paz?

Padre bueno que has hecho a tus hijos para vivir en relación y en comunidad, concédenos la humildad necesaria para reconocer nuestras faltas, el amor fraterno frente a las equivocaciones de los demás y un espíritu de comunión donde encontremos reconciliación, perdón y armonía. Amén

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