MONTEVIDEO, miércoles 25 de mayo de 2011 (ZENIT.org) Ante el creciente secularismo, el Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización fue instituido el año pasado para propiciar  “una empuje misionero de manera que se promueva una nueva evangelización”, según indica el Motu Propio  Ubicumque et Semper, publicado el 12 de octubre de 2010.

El primer presidente, de este dicasterio, monseñor Rino Fisichella aseguró que con este nuevo organismo de la Santa Sede se busca hacer frente al “subjetivismo de nuestros tiempos” que se encierra “en un individualismo privado de responsabilidades públicas y sociales”.

El arzobispo colombiano, monseñor Octavio Ruiz Arenas, quien se desempeñaba como vicepresidente de la Comisión Pontificia para América Latina, fue nombrado el pasado 14 de mayo, primer secretario del nuevo dicasterio..

En entrevista con ZENIT, desde la capital Uruguaya, donde se realizó la XXXIII Asamblea Ordinaria del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), monseñor Ruiz habló de su nueva misión en la Santa Sede.

- ¿Cómo recibe este nuevo nombramiento del Santo Padre?

Monseñor Octavio Ruiz: Recibo este nombramiento del Santo Padre con humildad y gratitud. Humildad porque se trata de una gran responsabilidad, en que la que deberé aprender mucho, orar intensamente, estudiar y reflexionar para tratar de cumplir de la mejor manera con este servicio eclesial. Con gratitud, porque es por la bondad del Santo Padre y  por el aprecio que me tiene, ya que fui durante más de once años uno de sus colaboradores en la Congregación para la Doctrina de la Fe, que ahora me llama a ser el Secretario de este nuevo dicasterio de la Santa Sede, que está tan profundamente arraigado en su corazón.

- ¿Cómo su experiencia en el episcopado colombiano y luego como y vicepresidente de la CAL?

Monseñor Octavio Ruiz: Mi experiencia primero como obispo auxiliar de Bogotá y luego como arzobispo de Villavicencio han sido muy enriquecedores en mi experiencia pastoral, ya que en ambos lugares tuve la ocasión de trabajar intensamente en la elaboración de los respectivos planes de pastoral, enmarcados precisamente en la preocupación de poner en marcha la convocación que había hecho el papa Juan Pablo II a la nueva evangelización. Mi experiencia como vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina durante cuatro años me ha permitido tener un contacto directo y fraternal con las directivas del CELAM, con las conferencias episcopales y con muchas organizaciones eclesiales latinoamericanas, que de una u otra manera están interesadas en llevar a cabo esa tarea evangelizadora. Igualmente tuve la ocasión no solo de visitar gran parte de los países latinoamericanos y del Caribe, sino que pude seguir muy de cerca los procesos que han ido iniciando las conferencias episcopales para la "misión continental".

- Este dicasterio se centra en la evangelización de Europa, según dijo el Papa. ¿Por qué cree que un colombiano ha sido nombrado secretario?

Monseñor Octavio Ruiz: El papa Benedicto XVI tienen un gran interés en el continente europeo, que bien sabemos ha sido invadido por el secularismo, que ha llevado de olvidar y dejar de lado sus raíces cristianas. La Iglesia tiene que volcarse con decisión y entusiasmo a rescatar la mecha encendida que todavía brilla en esos países. Hay tener en cuenta, además, que el mismo papa ha expresado que si bien es cierto que la nueva evangelización se encamina principalmente, en este momento, a Europa sin embargo América Latina también está llamada a realizar esa nueva evangelización, por los problemas que está afrontando, por el influjo de nuevas corrientes culturales, por el debilitamiento de la vida cristiana en nuestros países y por el avance de muchos grupos religiosos no católicos que están reclutando a nuestros fieles.

Ahora bien, cuando el papa Juan Pablo II comenzó a hablar de nueva evangelización lo hizo haciendo un llamado a América Latina, convocación que no cesó de hacer a lo largo de su pontificado en múltiples circunstancias, en sus viajes, en sus diálogos durante las visitas ad limina. En este sentido el nombramiento de un obispo latinoamericano no debe extrañar, ya que se trata de una región enorme del mundo, en donde se encuentra casi la mitad de los católicos, que ya durante casi treinta años viene reflexionando y haciendo el esfuerzo de realizar la nueva evangelización.

- Sin embargo en América Latina también crece este proceso de secularización…

Monseñor Octavio Ruiz: Sin duda alguna América Latina también está gozando pero al mismo tiempo sufriendo las consecuencias de un mundo globalizado. Los influjos externos, los avances tecnológicos de los medios de comunicación, el flujo migratorio y muchas otras circunstancias no eximen a nuestro Continente de estar aquejados por la secularización y la pérdida de fe.  A ello se añade la indiferencia religiosa y el avance del agnosticismo.

- ¿Cómo hacer que esta nueva evangelización sea más eficaz y coherente?

Monseñor Octavio Ruiz: La nueva evangelización tiene que apuntar mucho hacia lo que decía el Beato Juan Pablo II: nuevo ardor, nuevos métodos, nuevas expresiones. Se trata de anunciar el Evangelio de siempre, el único, es decir la persona misma de Jesucristo, con toda la claridad e integridad de la que nos hablaba Pablo VI en la Evangelii nuntiandi. Tenemos pues que buscar el modo de conocer la cultura particular de cada pueblo en el que se hará la nueva evangelización, para encontrar las expresiones adecuadas, que sin traicionar el mensaje, lleguen al oído de las gentes. Los métodos son de gran importancia, pues hay que encontrar el modo de ir hacia los alejados, pero con tal ardor y tal convicción y testimonio personal, que atraiga el mensaje de un Dios vivo, cercano y lleno de amor que quiere dar sentido a nuestra existencia. Pero no podemos quedarnos en simples estrategias o técnicas, pues no podemos olvidar que el gran evangelizador es el Espíritu Santo, por lo cual necesitamos mucha oración y un convencimiento y alegría de haber encontrado personalmente a Jesucristo, dentro de esta gran comunidad que es la Iglesia.

- El año que viene se realizará un sínodo dedicado a la Nueva Evangelización ¿Qué espera usted de esta trascendental reunión?

Monseñor Octavio Ruiz: En el próximo Sínodo convocado por Benedicto XVI para octubre de 2012 tendremos la oportunidad de escuchar los delegados de toda la Iglesia. Allí será la oportunidad de conocer las grandes inquietudes del mundo actual y de los distintos continentes, sus preocupaciones, sus esperanzas. Al mismo tiempo podremos poner en conocimientos los esfuerzos que ya se están realizando para llevar a cabo la nueva evangelización. Los resultados que salgan de allí y la sucesiva exhortación apostólica que nos dará el Santo Padre, constituirán el plan de ruta del Consejo Pontificio para la promoción de la nueva evangelización.

Por Carmen Elena Villa

Cuando la luz no contaminaba todavía las iglesias

Por Rodolfo Papa*

ROMA, martes 3 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Leyendo y escuchando comentarios de obras de arte, nos encontramos siempre con un componente esencial de la descripción crítica: la luz. Utilizada en clave técnica o más raramente en clave teórica, aparece casi siempre en la narración de algunos periodos históricos como el Gótico o en la descripción de algunos artistas como Jan Van Eijk o Caravaggio.

Si bien se nombra siempre, en realidad la luz no está considerada de hecho de manera sistemática en el campo historiográfico, como recuerda Hans Sedlmayr, comenzando desde un eclipse de luz que sucedió realmente en 1842: “La historia del arte se pone el deber de considerar y estudiar más atentamente un suceso que está sin duda entre los más graves e importantes del siglo […]: la muerte de la luz. Esto -es obvio- podría realizarse sólo en el ámbito de una historia de la luz en el arte (y no sólo en el arte) que comprenda todas las épocas; se podría incluso constatar que una historia de la luz pondría en evidencia fenómenos todavía más esenciales que la historia del espacio que, desde Riegl se convirtió el gran problema de fondo de la historia del arte.. (a mitad del s.XIX) la luz sufre dos cambios de la época. Se seculariza completamente en la arquitectura en hierro y vidrio de los edificios de cristal […], elevándose a un significado metafísico-secular. La calidad se transforma en cantidad; surge una verdadera sed de luz […] esto debe recordar a nuestra mente la infinita sed de luz que arde en el hombre en el que está apagada la luz interior. Este hombre tiene necesidad de la plenitud de la luz natural y material justamente por subrogar esta falta, necesita el culto a la luz de los edificios de cristal, de la pintura en plein air, de la fotografía, de una iluminación total de las casas durante el día (hasta tal intensidad que hoy se considera dañina), del culto a los baños de sol; tiene necesidad de transformar la noche en día, inventando nuevas fuentes de luz que rivalizan con el sol. Al mismo tiempo, comenzando la época de Cézanne, la luz es engullida por los colores” (Hans Sedlmayr, La muerte de la luz [1951], en La luz sus manifestaciones artísticas, Palermo 2009, p. 61).

A partir de estas consideraciones, podrían abrirse infinitos campos de investigación, que de hecho no han sido llevados a cabo, incluso a partir de los años ’50 del siglo pasado, se asistió a una profundización del estudio de la sombra, es decir del lugar en ausencia de la luz, como confirma finalmente el famosísimo texto de Ernest Gombrich The Shadows del 1995. Además, como mencionó Sedlmayer respecto al traslado del interés de la luz al color, podemos decir de una visión metafísica a una materialista, se confirma en los desarrollos sucesivos, en el campo artístico, teórico e historiográfico. El color se desvincula de la luz, permaneciendo como un elemento considerado exclusivamente material, para algunos antitético a la luz, sin la cual de hecho no podría existir. Y también la luz se ha reducido a un fenómeno puramente eléctrico.

Tomando, por ejemplo, como análisis el libro de Philip Ball, Color. Una biografía [2001], que relata narrativamente la historia del color que, originándose en la segunda parte del siglo XX se desarrolla hasta nuestros días, destacamos el énfasis del deseo de producir pigmentos sintéticos, capaces de ser ellos solos, el único corazón que impulsa toda la actividad creativa, no sólo en el campo artístico, sino que aparece en todos los ámbitos, gracias a la característica típica de nuestra época de hacer mover cualquier signo periférico hasta convertirlo en un agente consumista globalizado. Ball comienza así su relato: “Creo que en el futuro se comenzará a pintar cuadros de un solo color y nada más. El artista francés Yves Klein pronunció esta frase en 1954, antes de lanzarse en un periodo monocromo, durante el cual toda su obra estaba compuesta de un único y hermoso color. Esta aventura culminó con la colaboración de Klein con un distribuidor de colores parisino Edouard Adam en 1956, en la búsqueda de un nuevo tono de azul, tan vibrante como desconcertante. En 1957 lanzó su manifiesto con una muestra, Proclamación de la época azul, que estaba compuesta de once cuadros pintados con este nuevo color. Afirmando que la pintura monocroma de Yves Klein era fruto de los progresos tecnológicos de la química, no pretendo decir sólo que su color era un producto químico moderno: el concepto total de su artes estaba inspirado en la tecnología. Klein no quería sólo exhibir un color puro: quería mostrar la magnificencia del nuevo color para disfrutar la consistencia material” (Philip Ball, Color. Una biografía [2001], Milán 2004, pp.9-10).

Las gamas infinitas de colores ofrecidos por las empresas productoras dominan hoy el mercado, impregnando todos los ámbitos de una manera sinuosa y sensual, sin embargo pueden provocar una inmensa pérdida cultural. Finalmente Manlio Brusatin, en la introducción a su memorable Historia de los colores de 1983, escribe: “En esta breve historia [de los colores] se encuentra también todo lo que pertenece al aspecto material de los colores, es decir el modo de fabricación, su uso y fortuna hasta el cambio trágico a la edad industrial: de las tintas naturales sometidas a la decoloración del tiempo y a su fantasma purpureo hasta la historia de los colores químicos tenaces, violentos y esenciales como venenos” (Manlio Brusatin, Historia de los colores, Turín 1983, pp. XI-XII).

Se trata del análisis de la pérdida de un principio fundamental e insustituible para representar la belleza. Desde tiempos antiguos la luz ha sido la metáfora principal para narrar el esplendor de la verdad y de la belleza. En la época cristiana, más tarde, la luz se convirtió en el símbolo mismo de la belleza, que es en sí misma una verdad iluminadora, y por tanto es capaz de decir algo sobre el inefable misterio de Dios. La belleza es proporción, es decir el lugar numérico y geométrico de verdades evidentes, pero también es claritas es decir esplendor, luminosidad, lucidez, pureza iluminadora. Toda la arquitectura, la pintura, la escultura y finalmente la poesía estaban constituidas e impregnadas de claritas. Cada elemento de las decoraciones infinitas escultóricas de las catedrales tenían el deber de capturar la luz y de reverberarla a su alrededor, en una cascada continua de una luminosidad descendente, capaz de asumir el deber de iluminar materialmente un lugar, sin perder el valor simbólico moral y espiritual.

Hoy como destaca Sedlmayer, vivimos en una época incapaz de vivir y de soportar la penumbra, en una exposición excesiva a la luz, que crea una contaminación lumínica dañina, una contaminación óptica dañina, con un coste de producción energética, pero también con infinitos daños psicológicos y espirituales. Las iglesias contemporáneas utilizan sistemas tecnológicos de iluminación que no tienen nada que ver con la claritas, la exigencia práctica ha eliminado el interés por la belleza y por la verdad. Sucede entonces, que estas iglesias parecen mudas y ciegas, quizás porque se ha aceptado demasiado los dictámenes del consumo contemporáneo, sin verificar los costes no materiales. Pero lo sagrado es una cosa distinta al industrial design

[Traducción del italiano por Carmen Álvarez]