OVIEDO, viernes, 30 de julio de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario al Evangelio del próximo domingo, XVIII del tiempo ordinario, 1 de agosto (Lucas 12,13-21), redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, administrador apostólico de Huesca y de Jaca.

 


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Alguien del público increpa a Jesús para que medie en una trifulca familiar a propósito de la herencia. Ese "poderoso caballero, don dinero", cupido de la codicia, es tremendamente seductor, y en las jaulas de sus señuelos han ido cayendo los hombres de todos los tiempos.

Jesús quiere, más allá de la disputa puntual que aquel suceso le planteó, desenmascarar el torpe chantaje que siempre supone el dios dinero, el ídolo del tener, la falsa seguridad de acumular. La conseja de la parábola de este Evangelio: "túmbate, come, bebe y date buena vida", la vemos corregida y aumentada, hoy igual que hace veinte siglos, por las consignas hedonistas, a las que nos empujan los adoradores de los nuevos becerros de oro: compre, consuma, cambie, aspire, goce, disfrute...

No es que Jesucristo y el cristianismo sean tristes y entristecedores, aguafiestas de la vida, pero ponen en guardia ante la propaganda fácil de una felicidad falsa. Se denuncia que poco a poco vayamos creyéndonos todos que el problema de nuestra felicidad depende de lo que tengo y acumulo. El problema viene cuando nos quitamos el disfraz del personaje y emerge la realidad de la persona, el drama viene cuando en el camerino de nuestra intimidad nos quitamos los maquillajes sociales y aparecen las arrugas de nuestra alma que habíamos camuflado bajo tantas apariencias.

Y cuando los profetas del consumo van llevando nuestra insatisfecha sociedad al jardín de las delicias de dios dinero; y cuando logrado el objetivo propuesto de adquirir o disfrutar de lo que se nos prometía lo último de lo último, seguimos masticando la tristeza y el hastío; y cuando en esta interminable espiral de ansiedad constatamos que nos falta demasiado para vivir felizmente; y cuando entrando al trapo del consumo, del dinero y del placer inhumano, lo que mayormente conseguimos es agobio, vanidad, enfrentamiento, ansiedad, injusticias, deshumanización... etc, entonces miramos los cristianos a Jesús, como aquellos otros hicieron hace dos mil años, y creemos que la única riqueza que no mancha, ni corrompe, ni ofende, ni destruye, es esa de la cual hablaba Él: "no amasar riquezas para sí, sino ser rico ante Dios".

Entonces, a la luz de este Evangelio, comprendemos que efectivamente Jesús no es rival de lo bueno, ni de lo bello, ni de lo gozoso, pero sí es implacable contra todo intento deshumanizador que pretende comprar y vender la felicidad y la dicha, bajo una bondad, una belleza y una alegría que son falsas, sencillamente falsas.

El secreto del profesor Ratzinger

Por el padre Piero Gheddo*

ROMA, viernes 23 de julio de 2010 (ZENIT.org).- Como libro para el verano he elegido Ratzinger professore de Gianni Valente (ed. San Paolo, 2008). Un texto verdaderamente interesante para conocer a Joseph Ratzinger en sus años juveniles y por tanto para comprenderle mejor hoy como Papa Benedicto XVI. El subtítulo dice: “Los años de estudio y de enseñanza en el recuerdo de los alumnos y compañeros (1946-1977)”.

En una paginita de Blog es imposible sintetizar la riqueza de esta reconstrucción de la juventud y madurez que el Señor Jesús eligió como su Vicario en la tierra para nuestro tiempo. Destaco solo dos puntos de los cuales resulta la continuidad de Joseph Ratzinger, de joven estudiante y sacerdote a Pontífice de la Iglesia universal.

Primero. La lectio magistralis pronunciada el 24 de junio de 1959 al inicio de su carrera de docente en la Universidad de Bonn lleva por título: “El Dios de la fe y el Dios de los filósofos”[1]. La “cuestión urgente” con la que el joven profesor (32 años) se mide es el divorcio moderno entre fe y razón, entre una religión confinada al campo personal y privado, intimista y sentimental, y una búsqueda racional que desde Kant en adelante se niega toda posibilidad de conocer y de acceder a Dios.

Citando a santo Tomás, Ratzinger afirma que es posible superar toda deletérea contraposiión entre el lenguaje de la fe y el lenguaje de la razón. El Dios que se manifiesta gradualmente en el Antiguo y en el Nuevo Testamento coincide al menos en parte con el “Dios de los filósofos”, es decir, con la búsqueda que los hombres hacen de Dios. El problema es el lenguaje. Los Padres de la Iglesia llevaron a cabo una admirable síntesis entre la fe bíblica y el espíritu helénico. De la misma forma, escribe el joven Ratzinger, “si (hoy) es esencial, para el mensaje cristiano, ser no una doctrina secreta esotérica para un limitado círculo de iniciados, pero el mensaje de Dios se dirige a todos entonces es esencial, por tanto, también traducirlo hacia el exterior en el lenguaje común de la razón humana”.

El joven sacerdote (desde 1951) y profesor alemán no se hacía sin embargo ilusiones. En un artíaculo publicado en 1958, el treinteañero Ratzinger escribió que considerar a Europa un continente “casi del todo cristiano” es un “engaño estadístico” [2]: “Esta Europa – continua – cristiana de nombre, es también desde hace cuatrocientos años cuna de un nuevo paganismo, que crece sin descanso en el corazón mismo de la Iglesia y amenaza con demolirla desde dentro”. La Iglesia católica de la posguerra le parece haberse convertido “cada vez más, de una forma totalmente nueva, la Iglesia de los paganos. Ya no, como antes, Iglesia de paganos convertidos en cristianos, sino Iglesia de paganos que se llaman aún cristianos y en verdad se han convertido en paganos”.

El segundo punto es la profundidad de pensamiento unida a la claridad del profesor Ratzinger a la hora de enseñar teología, que le atrae en seguida entre los estudiantes. Son muchos y concordes los testimonios de contemporáneos. En tiempos en los cuales los “barones de las cátedras” hablaban a menudo de forma difícil y no se preocupaban de ser comprendidos por los estudiantes, Ratzinger introduce un modo nuevo de dar lecciones: “Leía las lecciones en la cocina a su hermana María, persona inteligente pero que nunca había estudiado teología. Si la hermana manifestaba su agrado, éste era para él el signo de que la lección iba bien”. Así el biógrafo (pags. 64-65).

Y un estudiante de esos tiempos añade: “La sala estaba siempre llena hasta los topes, los estudiantes le adoraban. Tenía un lenguaje hermoso y sencillo. El lenguaje de un creyente”. El profesor Ratzinger no tenía muestras de erudición académica ni usaba un tono oratorio habitual en esos tiempos. Exponía las lecciones de modo llano, con un lenguaje de límpida sencillez incluso n las cuestiones más complejas.

Muchos años después, el mismo Ratzinger explica el secreto del éxito de sus lecciones [3]: “Nunca intenté crear un sistema mío, una teología particular. Si se quiere hablar de especificidad, se trata sencillamente del hecho que me propongo pensar junto con la Iglesia y esto significa sobre todo con los grandes pensadors de la fe”. Los estudiantes percibían, a través de sus lecciones, no sólo recibir nociones de ciencia académica, sino de entrar en contacto con algo grande, con el corazón de la fe cristiana. Este es el secreto del joven profesor de teología, que atraía a los estudiantes.

Del Papa en Portugal, un desafío a la Doctrina social de la Iglesia

Por monseñor Giampaolo Crepaldi

ROMA, miércoles 21 de julio de 2010 (ZENIT.org).- Benedicto XVI, desde Fátima, planteó a todos los que se ocupan de Doctrina Social de la Iglesia un desafío verdaderamente radical, que no podemos dejar de recoger.

El 12 de mayo, a los católicos comprometidos en lo social, el Papa les invitó a una presencia, a un testimonio vivo en el mundo. También indicó explícitamente la necesidad de remitirse, en este compromiso, al horizonte de la Doctrina social de la Iglesia: “El estudio de su doctrina social, que asume como principal fuerza y principio la caridad, permitirá trazar un proceso de desarrollo humano integral que implique las profundidades del corazón y que consiga una más amplia humanización de la sociedad. No se trata de simple conocimiento intelectual, sino de una sabiduría que dé sabor y condimento, ofrezca creatividad a las vías cognoscitivas y operativas dirigidas a afrontar una crisis tan amplia y compleja”. Se trató de una fuerte invitación a la presencia, “conscientes, como Iglesia, de no estar en situación de ofrecer soluciones prácticas a cada problema concreto, aunque desprovistos de cualquier tipo de poder, determinados a servir al bien común, y dispuestos a ayudar y a ofrecer medios de salvación a todos”, pero sin renunciar o quitarse de en medio, sino conscientes de que hay que estar presentes, juntos, bajo la guía de la Iglesia y de su doctrina social.

Esta invitación, dirigida a grandes masas de personas comprometidas, sin embargo contrastaba objetivamente con la reciente evolución de la sociedad portuguesa, objeto de una secularización muy violenta que en el giro de pocos años ha permitido la aprobación de leyes fuertemente contestadas por el Papa, como el aborto y el reconocimiento de las uniones homosexuales. Este contraste ha hecho de trasfondo a todo el viaje de Benedicto XVI, ya misionero en una tierra desacralizada más que peregrino en una nación cristiana. Y ésta es la gran cuestión: ¿qué queda del compromiso social y político de los católicos, qué de su Doctrina social, qué de sus actividades caritativas si disminuye la fe, si la apostasía de las raíces cristianas crece alrededor y si Dios está cada vez menos presente en la escena pública porque está cada vez menos presente en las conciencias?

Vuelve el problema fundamental al que parece haber dedicado todas sus fuerzas este Pontífice, el tema de la famosa Carta sobre la retirada de la excomunión a los obispos de Ecône: “En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado. El auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto. Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que habla en la Biblia: Ésta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo”.

Algo parecido se dijo también en Fátima, el día anterior al 11 de mayo: “precisamente hoy la prioridad pastoral es la de hacer de cada mujer y hombre cristiano una presencia radiante de la perspectiva evangélica en medio del mundo, en la familia, en la cultura, en la economía, en la política. A menudo nos preocupamos afanosamente por las consecuencias sociales, culturales y políticas de la fe, dando por descontado que esta fe exista, lo que por desgracia es cada vez menos realista”. Se habla de sueños de nuevas generaciones de políticos católicos, pero los católicos son cada vez menos; se habla de presencia pública del cristianismo, pero los cristianos son cada vez menos.

No podemos dejar de acoger este desafío. O también la Doctrina social de la Iglesia sirve para “llevar a los hombres a Dios, a “hacer a Dios presente en este mundo”, o de lo contrario está destinada a volverse árida. Significa por tanto que debe tenerse siempre presente que también la Doctrina social es educación a la fe y que ésta vive dentro de la fe viva de la Iglesia, de la cual está al servicio y de la que es al mismo tiempo expresión. No se trata de decir: dado que la fe disminuye dejemos o abandonemos la Doctrina social, o considerémosla más bien sencillamente como un código ético útil al diálogo con los no creyentes. Se trata más bien de relanzar la Doctrina social como “instrumento de evangelización”.

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*Monseñor Giampaolo Crepaldi es arzobispo de Trieste y presidente del Observatorio Internacional “Cardenal Van Thuan” sobre la Doctrina Social de la Iglesia.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]