(ZENIT Noticias – Caffe Storia / Roma, 07.09.2026).- En 2021 escribía en estas páginas sobre un muro que seguía atravesando Alemania: el que nunca fue verdaderamente derribado entre Este y Oeste. Una barrera política y —menos visible pero no menos real— entre quienes creen y quienes dicen haber dejado de hacerlo. El voto del 6 de septiembre en Sajonia-Anhalt no desmiente esa lectura. Al contrario, la sitúa en un terreno todavía más incómodo.
El futuro del gobierno de Sajonia-Anhalt sigue siendo incierto. Mucho dependerá de la capacidad de las fuerzas políticas de encontrar un equilibrio en el Landtag salido de las elecciones. La única certeza, por el momento, es la victoria neta de Alternativa para Alemania (AfD), a un paso de la mayoría absoluta.
Un crecimiento más del doble respecto a 2021, al que hace de contrapeso el desplome a la mitad de los democristianos (CDU), partido del canciller Friedrich Merz. Linke, SPD, Verdes y Bündnis Sahra Wagenknecht se reparten las migajas del pastel, igualmente codiciadas para la composición de un gobierno en el Land. Llama también la atención la participación electoral, que según ZDF alcanza el 80%: un salto de casi veinte puntos respecto al 60% de 2021.
Por primera vez desde 1945, un partido de extrema derecha tiene una posibilidad concreta de gobernar un Land alemán. Cabe decir que ya en 2024 Turingia había ido a AfD, aunque un cordón —al que algunos llaman «sanitario»— de partidos la mantuvo fuera del gobierno. Ahora Sajonia-Anhalt cierra el círculo, con el electorado de la antigua RDA soviética votando en masa a un partido —de derechas y filoruso— que en el resto del país sigue siendo minoritario. Lo que en 2021 alguien minimizaba como una anomalía electoral es hoy una estructura consolidada.
Hay luego una segunda geografía, la religiosa, donde la fractura se ha vuelto —si cabe— aún más nítida. Sajonia-Anhalt es la tierra de Lutero. En Eisleben el reformador nació y murió; en Wittenberg clavó las tesis que dieron el pretexto para partir en dos —y más— la cristiandad occidental. Hoy, la misma tierra compite por el primado mundial de secularización: algo menos del 90% de la población de la antigua Alemania del Este se declara sin religión (frente a un 10% aproximado de protestantes, un 3% de católicos y un puñado de judíos y musulmanes). Un dato por el que el británico Guardian ha definido a la antigua RDA, sin demasiados rodeos, como el lugar más ateo del mundo: cuarenta años de ateísmo de Estado han producido una desaparición de la práctica religiosa tan radical que no tiene equivalentes en Occidente. Tras la reunificación de 1990 regresó la libertad religiosa, pero no los fieles.
Y la cuna de la Reforma se ha convertido, estadísticamente, en su tumba.
No es un detalle menor. El politólogo Andreas Püttmann observaba ya hace una década que la descristianización del Este de Alemania era una de las razones del éxito de AfD. El vacío dejado por la fe, del que los nacionalismos han sabido sacar partido, es colmado por una identidad ideológica que se ofrece como sustituto.
De aquí surge la paradoja de estos meses de campaña electoral: partidos democráticos que, al no poder frenar a AfD con los argumentos de la política, miran a los pastores luteranos —pocos, pero en algunos casos todavía socialmente influyentes— como último dique, en clave explícitamente antiidentitaria. Alternative für Christus, lo ha denominado con un juego de palabras tan cruel como eficaz el diario Frankfurter Allgemeine: algo que dice más sobre la crisis de la política que sobre la vitalidad de la Iglesia.
A esto se añade el inevitable rumbo de colisión entre AfD y las Iglesias cristianas. Lo representa bien Ulrich Siegmund, el hombre de 35 años que lidera AfD en Sajonia-Anhalt.
Bautizado y criado en la Iglesia católica, en 2017 Siegmund se dio formalmente de baja de la Iglesia. No ha renunciado a la fe —declara llevar todavía los valores católicos en el corazón—, pero ha dicho no a la institución.
Una vez más, el objeto del contencioso es la controvertida Kirchensteuer, el impuesto sobre la renta que los ciudadanos alemanes pagan para financiar actividades y estructuras de su comunidad religiosa de pertenencia (cristiana o judía, con la análoga Kultussteuer), recibiendo a cambio «servicios religiosos» como bautizos, confirmaciones, matrimonios y funerales. El impago del impuesto y la baja del registro de la comunidad conllevan el cese de los «servicios».
Una elección con consecuencias graves, pero que en Sajonia-Anhalt no aísla, sino que «normaliza». Ulrich Siegmund es hijo de una sociedad en la que salirse de la Iglesia ya no es un acto llamativo, sino un paso casi natural. No es casualidad, pues, que el programa político de AfD contemple diversas medidas contra lo que denomina despectivamente Kirchensteuerkirchen, Iglesias del impuesto eclesiástico: abolición de la Kirchensteuer, fin de las subvenciones estatales a las Iglesias protestante y católica, responsabilidad financiera por la acogida prestada a las personas migrantes.
Para comprender el alcance del desafío económico-religioso de AfD, conviene hacer algunos cálculos. En conjunto, la sola Kirchensteuer supera los 12.000 millones de euros al año. En 2025, las 27 diócesis católicas alemanas ingresaron aproximadamente 7.000 millones de euros gracias a la Kirchensteuer. En ese mismo año, más de 300.000 alemanes abandonaron la Iglesia católica. En veinte años, la Iglesia alemana ha perdido más de una cuarta parte de sus fieles, pero ha aumentado sus ingresos en un 70% gracias a la contribución de la generación del baby boom, ya jubilada. En caso de abolición de la Kirchensteuer, quien podría salir perdiendo es también el Estado: que recauda, retiene una comisión del 3% y transfiere el resto a las Iglesias.
Más allá de lo sostenido por AfD, el sistema de la Kirchensteuer siempre ha puesto de manifiesto importantes zonas de sombra. Sobre todo, una «pertenencia» (formal) a la Iglesia en buena parte subordinada al pago de un impuesto, mientras quienes no pagan quedarían institucionalmente excluidos de la vida eclesial. Por su parte, la Santa Sede —sin impugnar todo el sistema de tributación— ha reafirmado desde hace tiempo la inborrabilidad del bautismo sacramental.
Ante el ciclón Siegmund, las Iglesias alemanas no se han quedado en silencio. Al contrario, han contestado abiertamente a AfD en varios frentes: desde la urgencia de defender valores como la dignidad humana, la caridad y la solidaridad, hasta la necesidad de proteger la paz social y la convivencia. Es comprensible que AfD haya tenido fácil reconducir la oposición de las Iglesias a un presunto apego a los beneficios económicos, suscitando interrogantes nuevos y apremiantes sobre el daño que una excesiva disponibilidad financiera produce en la credibilidad del testimonio cristiano.
Pero hay más. A pesar del compromiso concreto de numerosas realidades eclesiales en Alemania, Cáritas sobre todas, AfD acusa a las Iglesias cristianas de haber abandonado a la población más vulnerable a su suerte, al igual que los partidos políticos tradicionales. En el plano doctrinal, AfD acusa a las Iglesias de haberse adaptado por conveniencia al pensamiento dominante, apoyando las teorías sobre el cambio climático, la ideología de género y la cultura woke. Por otro lado, el islam es expresamente definido como ajeno a la cultura alemana.
Nótese: Ulrich Siegmund no es producto del ateísmo de Estado de la RDA, sino un joven crecido en la Iglesia que ha elegido marcharse. Su historia personal representa la nueva forma de secularización alemana: ya no consecuencia del régimen, sino elección individual contra una Iglesia percibida como burocrática, progresista y distante. Un terreno fértil en el que la ultraderecha ha echado raíces, una pertenencia ideológica que se convierte en sustituto de una comunidad en crisis.
La cuestión planteada en estas páginas en 2021 tiene hoy una respuesta más compleja y dramática. La religión importa, pero en negativo: no como pertenencia vivida, sino como ausencia. El vacío dejado por la secularización no dura mucho: se llena de política, de identidad, de nacionalismo. Con frecuencia de miedo y de odio. El 2026 introduce elementos nuevos: si hace cinco años la ultraderecha podía interpretarse —erróneamente— como indiferente a la religión, hoy se presenta como fuerza anti-eclesial activa, al menos en el plano financiero e institucional.
Sajonia-Anhalt no es más que el primer tiempo. A finales de septiembre le tocan a Berlín y a Mecklemburgo-Pomerania Occidental: se dirá entonces si el muro de 2021 se ha convertido en la norma en la Alemania oriental. La cuestión afecta ahora a toda la arquitectura de la posguerra alemana: ¿cuántos Länder más de la tierra de Lutero deberán caer antes de que Alemania deje de llamar «señal» a lo que ya tiene, desde hace tiempo, las proporciones de un corrimiento de tierras?
Traducción del original en lengua italiana realizado por el director editorial de ZENIT.
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