más de un tercio de los adultos estadounidenses han abandonado la religión en la que crecieron, la mayoría no lo ha hecho. Foto: Reforma

¿Por qué la gente se queda, se va o regresa a la religión en un panorama espiritual cambiante?

En conjunto, estos hallazgos apuntan a un panorama religioso definido menos por una ruptura abrupta que por una reconfiguración gradual. La creencia, la pertenencia y la identidad ya no se heredan de forma directa; se negocian, se reevalúan y, a menudo, se transforman con el tiempo

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(ZENIT Noticias / Roma, 20.03.2026).- Debajo de la superficie de las tendencias de secularización que acaparan los titulares, se esconde una realidad más compleja: si bien más de un tercio de los adultos estadounidenses han abandonado la religión en la que crecieron, la mayoría no lo ha hecho. Los datos más recientes sugieren que la continuidad sigue siendo más frecuente que la ruptura, pero las razones detrás de ambas son cada vez más complejas, personales y revelan cambios culturales más profundos.

Según un análisis exhaustivo del Pew Research Center, basado en un estudio a gran escala sobre el panorama religioso realizado entre 2023 y 2024 con 36.908 participantes, así como en una encuesta de seguimiento a 8.937 adultos en mayo de 2025, el 56% de los estadounidenses continúa identificándose con la religión en la que fueron criados. Otro 9% afirma no haber tenido una educación religiosa y no mantiene ninguna afiliación en la actualidad. En contraste, el 35% se ha alejado de la fe de su infancia, ya sea adoptando otra religión (10%) o abandonando por completo su identificación religiosa (20%).

A primera vista, estas cifras podrían sugerir una clara tendencia al declive. Sin embargo, un análisis más profundo revela que la dinámica del cambio religioso en Estados Unidos tiene menos que ver con el colapso institucional y más con sistemas de creencias individualizados, cambios en la autoridad y la evolución de las prioridades culturales.

Para quienes permanecen en la religión de su infancia, los factores decisivos son abrumadoramente internos, más que sociales. Casi dos tercios (64%) afirman seguir creyendo en las enseñanzas de su fe, mientras que el 61% asegura que satisface sus necesidades espirituales y el 56% dice que da sentido a sus vidas. Estas no son motivaciones marginales: apuntan a una adhesión profundamente personal, arraigada en la convicción más que en la costumbre.

Los factores externos, a menudo considerados centrales, desempeñan un papel secundario. Solo el 44% cita la comunidad como una razón importante para permanecer en ella, mientras que la familiaridad y la tradición se registran cada una en un 39%. Un porcentaje aún menor (32%) señala la alineación con enseñanzas sociales o políticas. En otras palabras, la continuidad de la identidad religiosa parece estar menos impulsada por la herencia cultural que por la relevancia existencial percibida.

Este patrón se observa en los principales grupos cristianos, aunque con algunas variaciones. Entre los protestantes de toda la vida, la creencia en la doctrina es especialmente prominente, citada por el 70% como una razón clave para permanecer en la fe. Los católicos, en cambio, muestran un perfil más equilibrado: el 54% enfatiza la realización espiritual, el 53% la creencia en las enseñanzas y el 47% el sentido de significado que les proporciona su fe.

Los encuestados judíos, sin embargo, ilustran un modelo diferente de continuidad religiosa, uno menos centrado en la adhesión doctrinal y más en la pertenencia comunitaria y cultural. Entre quienes fueron criados en la religión judía y siguen siéndolo, el 60% señala el valor de las tradiciones y el 57% el de la comunidad. Aproximadamente la mitad cita la herencia familiar o la familiaridad. Esto sugiere que, en algunas tradiciones, la identidad persiste incluso cuando la creencia es menos central, lo que resalta la naturaleza multifacética de la afiliación religiosa.

Si las razones para permanecer en la fe son en gran medida internas, las razones para abandonarla son igualmente reveladoras, y a menudo reflejan lo contrario. Entre quienes han abandonado la religión de su infancia, el factor más citado es la pérdida de fe: el 46% afirma no aceptar ya sus enseñanzas. Una proporción similar describe un distanciamiento gradual: el 38% indica que la religión simplemente perdió importancia en sus vidas, y otro 38% reporta un alejamiento paulatino.

Los factores institucionales también influyen, aunque de forma menos decisiva. Alrededor de un tercio señala desacuerdos con las enseñanzas religiosas sobre temas sociales o políticos (34%) o escándalos que involucran a clérigos y líderes (32%). Estos hallazgos sugieren que, si bien las controversias pueden acelerar la desvinculación, rara vez son la causa principal; más bien, refuerzan las dudas o el desapego preexistentes.

No todos los abandonos siguen la misma trayectoria. Quienes se convierten a otra religión suelen describir su cambio en términos de atracción, más que de rechazo. Casi la mitad (48%) afirma haber sentido el llamado a una nueva fe, mientras que el 45% reporta que su religión anterior no satisfacía sus necesidades espirituales. Por el contrario, quienes se desvinculan de cualquier religión tienden a expresar su decisión de forma más negativa: el 51% cita la incredulidad, y un gran número enfatiza la indiferencia o el distanciamiento gradual.

El aumento de las personas sin afiliación religiosa —que ahora representan el 29% de los adultos estadounidenses— constituye uno de los desarrollos más significativos en el panorama religioso de Estados Unidos. Sin embargo, incluso en este caso, la situación es más compleja que una simple secularización. Un sorprendente 78% de las personas sin afiliación religiosa afirma creer que es posible ser moral sin religión, mientras que el 64% expresa escepticismo hacia las enseñanzas religiosas y el 54% declara no necesitar la religión para ser espiritual.

La desconfianza también emerge como un factor clave: la mitad manifiesta una visión negativa de las instituciones religiosas y el 49% cita la falta de confianza en los líderes religiosos. Aun así, una minoría dentro de este grupo mantiene cierta apertura a la fe: alrededor del 6% afirma creer en Dios o en las escrituras, pero no ve la necesidad de una afiliación formal, lo que sugiere que la desvinculación institucional no siempre equivale a la falta de fe personal.

Más allá de las motivaciones individuales, los datos resaltan la influencia perdurable de la formación temprana. La educación religiosa demuestra ser uno de los predictores más importantes de la identidad adulta. Entre quienes recuerdan una experiencia religiosa positiva en su infancia, el 84% mantiene su fe original. Por el contrario, entre quienes tuvieron experiencias negativas, el 69% ya no se identifica con ninguna religión.

La intensidad de la religiosidad infantil también influye. Las tasas de retención alcanzan el 82% entre quienes crecieron en hogares muy religiosos, pero disminuyen drásticamente al 47% entre quienes provienen de entornos poco religiosos. Estos hallazgos subrayan un principio sociológico bien establecido: la identidad religiosa no solo se enseña, sino que se encarna a través de la práctica, la dinámica familiar y la experiencia emocional.

Los factores demográficos y políticos complican aún más el panorama. La afiliación política se correlaciona fuertemente con la retención religiosa: el 73% de los republicanos e independientes con inclinación republicana aún se identifican con la religión de su infancia, en comparación con el 56% de los demócratas e independientes con inclinación demócrata. La edad también juega un papel decisivo. Entre los estadounidenses mayores de 65 años, el 74% conserva su religión infantil, mientras que solo el 55% de los menores de 30 lo hace. Los adultos jóvenes tienen casi tres veces más probabilidades que los adultos mayores de no estar afiliados a ninguna religión (35% frente al 13%).

Las tasas de retención también varían significativamente según las tradiciones religiosas. Quienes se criaron en el hinduismo (82%), el islam (77%) y el judaísmo (76%) muestran los niveles más altos de continuidad, mientras que los protestantes conservan el 70% de sus fieles. Los católicos, sin embargo, conservan solo el 57%, una cifra que ha llamado la atención dada la importancia histórica de la Iglesia en la vida religiosa estadounidense. La retención es aún menor entre los mormones (54%) y los budistas (45%).

Al mismo tiempo, el cambio religioso no es un proceso unidireccional. Un pequeño pero significativo 3% de los estadounidenses que no se criaron en ninguna religión han adoptado una en la edad adulta. En general, el 26% de quienes se criaron sin religión ahora se identifican con una fe, lo que sugiere que, incluso en un contexto secularizado, la afiliación religiosa sigue siendo una opción viable y, a veces, atractiva.

El momento oportuno también es importante. El cambio religioso tiende a producirse en la juventud: el 85% de quienes cambian de religión lo hacen antes de los 30 años, y casi la mitad (46%) realiza la transición durante la infancia o la adolescencia. Quienes abandonan la religión por completo tienden a hacerlo antes que quienes se convierten a otra fe, lo que indica que la desvinculación puede estar más estrechamente ligada a experiencias formativas.

En conjunto, estos hallazgos apuntan a un panorama religioso definido menos por una ruptura abrupta que por una reconfiguración gradual. La creencia, la pertenencia y la identidad ya no se heredan de forma directa; se negocian, se reevalúan y, a menudo, se transforman con el tiempo.

Para las instituciones religiosas, en particular aquellas como la Iglesia Católica que hacen gran hincapié en la continuidad doctrinal, las implicaciones son significativas. Los datos sugieren que la credibilidad, la relevancia personal y la formación temprana son más decisivas que el legado cultural por sí solo. En una sociedad donde los individuos se ven cada vez más como artífices de su propio camino espiritual, el desafío no es solo retener a los fieles, sino persuadirlos de que la fe sigue siendo intelectualmente creíble, espiritualmente significativa y existencialmente necesaria.

El caso estadounidense, a menudo considerado un indicador de las tendencias occidentales más amplias, presenta una paradoja: la religión se debilita como estructura social, pero persiste como elección personal. Comprender esta tensión podría ser clave para interpretar el futuro de la fe, no solo en Estados Unidos, sino también más allá de sus fronteras.

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Jorge Enrique Mújica

Licenciado en filosofía por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, de Roma, y “veterano” colaborador de medios impresos y digitales sobre argumentos religiosos y de comunicación. En la cuenta de Twitter: https://twitter.com/web_pastor, habla de Dios e internet y Church and media: evangelidigitalización."

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