Francia sigue siendo esperanza para la Iglesia

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Los creyentes disminuyen en número, pero ganan en profundidad

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ROMA, 5 diciembre 2001 (ZENIT.org).- Francia, la «primogénita» de la Iglesia, foco cultural del cristianismo durante siglos, ¿se convertirá en una sociedad atea?

Algunos datos parecen avalar esta tesis: baja práctica dominical, escasez de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, frecuentes campañas en los medios de comunicación contra la Iglesia…

No es ésta, sin embargo, la conclusión a la que llegó un congreso internacional celebrado el 1 de diciembre en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma sobre el argumento «Francia: testigo de esperanza para el nuevo milenio».

En su intervención, el cardenal Paul Poupard, «ministro» de Cultura de Juan Pablo II, reconoció que Francia, como el mundo contemporáneo, se caracteriza más bien «por una crisis profunda de la cultura».

Tras las raíces cristianas de Europa, el presidente del Consejo Pontificio para la Cultura constató una «lenta apostasía silenciosa».

Y sin embargo, añadió el purpurado galo, «el patrimonio cultural de Francia constituye todavía hoy una luz para el nuevo milenio, en el arte, en el pensamiento y la fe».

Si bien la práctica religiosa ha disminuido considerablemente en los últimos cuarenta años, en Francia, «los católicos franceses son mucho más vivos, activos, y están animados por un gran espíritu de misión y de responsabilidad», constató Marie Nicole Boiteau, coordinadora de los cursos públicos de la «Ecole Cathédrale», centro de formación de la arquidiócesis de París.

«Antes de la segunda guerra mundial –explicó la teóloga, miembro de la comunidad del Emmanuel –, la sociedad francesa era tradicionalmente cristiana. Pero se vivía la fe en modo pasivo. La gente pensaba sobre todo en obedecer las reglas, más que en tener una relación concreta con Dios».

«Hoy el mensaje del Concilio Vaticano II ha sido escuchado –añadió–. Los cristianos franceses, en su gran mayoría, han comprendido que están llamados a una vida de comunión auténtica con el Señor, en el sentido más íntimo del término».

Para explicar este cambio, la conferenciante ofreció algunos signos evidentes: «la sed de conocimiento de la palabra de Dios, sobre todo por parte de los jóvenes; el redescubrimiento del espíritu santo y de la propia relación filial con el Señor; las personas de la Trinidad ya no son un misterio, sino presencias vivas con las que se puede dialogar; También María, madre de Dios, tiene una importancia fundamental».

«Y, por último –consideró Boiteau–, hay una gran sensibilidad por la oración y por la adoración eucarística. No como gestos mecánicos sino como verdaderos momentos de encuentro con el Señor, capaces de llenar la vida entera».

Esta vitalidad encuentra expresión también en la liturgia. «En Francia estamos asistiendo a una renovación de las corales y del modo de «proclamar» la oración», relata la teóloga.

«El pueblo de Dios es consciente de ser una minoría y de haber vivido pruebas –añadió–. Pero la liturgia se celebra de modo alegre, porque los cristianos han aprendido a fiarse totalmente del Señor».

Un papel determinante en este proceso lo ha tenido Juan Pablo II, particularmente durante la Jornada Mundial de la Juventud, en 1997, cuando reunió a más de un millón de personas presentes en la misa conclusiva.

«Esto ha obligado a Francia a comprender que su Iglesia estaba viva y muy alejada de la falsa imagen pintada por algunos: la de un enfermo agonizante, al final de un necesario proceso sociológico», concluyó Boiteau.

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ZENIT Staff

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