Representante musulmán: El ayuno, un paso valiente que supera divisiones

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Alí F. Schuetz comenta el significado de la iniciativa de Juan Pablo II

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MILÁN, 14 diciembre 2001 (ZENIT.org).- Un importante representante de la comunidad islámica en Europa hizo público un mensaje este viernes para calificar la jornada de ayuno convocada por Juan Pablo II como una «gracia de Dios».

«Al ayunar juntos, gracias a la propuesta iluminada del Papa, tenemos una ocasión providencial de experimentar una gracia de Dios en medio de los hombres», escribe Alí F. Schuetz, responsable de la Unión islámica para las relaciones con el mundo católico y miembro de la mezquita de Segrate (Milán).

Este 14 de diciembre Juan Pablo II llamó a los mil millones de católicos a unirse a los más mil millones de musulmanes a la última jornada de ayuno del Ramadán para rezar por el final del terrorismo y de las guerras en Afganistán y el mundo. Creyentes de otras confesiones cristianas y religiones se han sumado a la iniciativa.

«El ayuno –añade Schuetz, en su comunicado, que ha sido publicado por el diario Avvenire— nos une en una práctica antigua. Ha sido siempre desde los albores de la humanidad una práctica purificadora y liberadora».

«El ayuno, que osaría llamar ecuménico, en el sentido etimológico más antiguo, en la aldea global puede convertirse en un instrumento eficaz de nuestro encuentro y de nuestra convivencia pacífica que todos deberíamos anhelar», afirma Schuetz, quien es también secretario de la asociación «Il fondaco dei mori».

«Vosotros –añade dirigiéndose a los católicos–, gracias a la guía de vuestro pontífice, habéis tenido el valor de dar un paso difícil hacia nosotros, respecto al Islam que ora y ayuna; valor todavía más notable y meritorio debido al momento histórico tan difícil (para todos), en el que parece prevalecer, en cambio, la división, el odio, la violencia, el hastío, el rencor y la venganza».

«Pidamos al Dios del Amor y la Misericordia que os premie por este mérito –añade–. Que su gracia se concrete para todos los hombres de buena voluntad tanto a nivel espiritual –elevando a sus fieles y sinceros adoradores con el aumento de su fe, algo difícil en un mundo olvidado de los valores supremos o que los usa para fines terrenos y desviados– como a nivel físico y material, aportando beneficios individuales y sociales».

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ZENIT Staff

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