Ante el terrorismo, el Papa presenta la lógica del amor de Cristo resucitado

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Pide una acción más organizada de las organizaciones internacionales

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CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 11 abril 2004 (ZENIT.org).- Juan Pablo II presentó la «cultura de la vida y del amor» propuesta por Cristo resucitado como camino para hacer vana «la lógica de la muerte» del terrorismo y la violencia durante su esperado Mensaje de Pascua.

El Santo Padre imploró asimismo el consuelo divino para las «los familiares de las numerosas víctimas de la violencia» en su intervención pronunciada antes de impartir la tradicional bendición «Urbi et Orbi» (a la ciudad de Roma y al mundo).

Unas cien mil personas se habían congregado en la plaza de San Pedro para escuchar las palabras del obispo de Roma que fueron transmitidas en directo por 84 canales de televisión, después de que presidiera la celebración eucarística del Domingo de Resurrección.

«Hombres y mujeres del tercer milenio: ¡Cristo ha resucitado, Cristo está vivo entre nosotros!», comenzó diciendo el pontífice, quien después felicitó a los pueblos en 62 idiomas por la Pascua de resurrección, incluidos el árabe y el hebreo.

Que la humanidad encuentre «la fuerza para hacer frente al inhumano, y por desgracia extendido, fenómeno del terrorismo, que niega la vida y vuelve perturbada e insegura la existencia cotidiana de tanta gente trabajadora y pacífica», propuso a continuación.

«Que la acción de las instituciones nacionales e internacionales, aceleren la superación de las dificultades actuales y favorezca el progreso hacia una organización más ordenada y pacífica del mundo», deseó en implícita referencia a la Organización de las Naciones Unidas.

«Que se confirme y consolide la actividad de los responsables para lograr una solución satisfactoria de los conflictos que perduran, que ensangrientan algunas regiones de África, Irak y Tierra Santa», siguió auspiciando en su mensaje, un canto a la paz y de gozo por la Resurrección de Cristo.

Que judíos, cristianos y musulmanes –que «se sienten hijos de Abraham»–, aclaró, «descubran la fraternidad que los une y los mueva a propósitos de cooperación y de paz».

«Que la tentación de la venganza abra paso a la valentía del perdón; que la cultura de la vida y del amor haga vana la lógica de la muerte; que la confianza vuelva a reanimar la vida de los pueblos», proclamó.

Concluyó dirigiendo una súplica a Cristo por «los familiares de las numerosas víctimas de la violencia».

«Ayúdanos a trabajar sin cesar para que venga ese mundo más justo y solidario que Tú, resucitando, has inaugurado», afirmó antes de concluir poniéndose en manos de la intercesión de la Virgen María.

Si bien las medidas de seguridad a las que fueron sometidos los peregrinos antes de entrar en la plaza de San Pedro del Vaticano eran estrictas, provocando largas colas al pasar por los detectores de metales, se caracterizaron por su discreción.

Juan Pablo II que concluía una Semana Santa en la que ha presidido todas las principales celebraciones litúrgicas, presentaba un buen aspecto y pudo habar con voz fuerte.

Junto al altar del Papa se encontraba el icono del Santísimo Salvador, conocido como «Acheropita», –«no pintado por manos humanas»–, costumbre que fue introducida en el gran Jubileo del Año 2000, recuperando una tradición perdida desde hacía ochocientos años.

Es una de las imágenes más veneradas de la cristiandad y se conserva en la capilla del «Sancta Sanctorum», construcción que se encuentra junto a la basílica de San Juan de Letrán, de Roma.

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ZENIT Staff

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