CIUDAD DEL VATICANO, martes, 27 abril 2004 (ZENIT.org).- «El tapiz de madre Laura colgado de la fachada de San Pedro nos grita que la santidad es posible». El Papa Juan Pablo II acababa de proclamar el pasado 25 de abril, a la primera beata colombiana de la Historia: Laura Montoya, fundadora de las Misioneras de María Inmaculada y de Santa Catalina de Siena.

Además de los arzobispos de Bogotá, Medellín, Santa Fe de Antioquia y Popayán que concelebraron junto con varios de sus vicarios y sacerdotes colombianos, la Plaza de San Pedro se llenó de peregrinos nacidos en Colombia que venían a festejar a su primera beata.

Fernando, un sacerdote de la orden de los agustinos recoletos destaca de la nueva beata «la dimensión misionera innata». La Madre Laura Montoya había deseado tener tres largas vidas para ofrecérselas al Señor, una en adoración otra en las humillaciones y la tercera para las misiones. Y al hacer el ofrecimiento le pareció poco una sola vida para las misiones y le ofreció, como ella misma dijo: «el deseo de tener un millón de vidas dedicadas en las misiones entre los infieles».

«Quisiera --asegura Fernando-- que me contagiara la dimensión misionera que vivió toda su vida, porque antes de ser religiosa, antes de fundar su comunidad ella ya se iba sola a estar con los indígenas quince días, un mes y se olvidaba de todo los demás para estar con ellos».

La nueva beata puede ser una respuesta a las necesidades en concreto de Colombia. «Es una bendición para nuestro país --describe sor Verónica, de las hijas de San Camilo, de Medellín-- que vive una situación muy conflictiva. Encontrar un gesto de caridad de bondad de una persona que ha dado todo por los indios es un gesto grande para nosotros de la misericordia del Señor».

«Al ver su tapiz --sigue diciendo sor Verónica-- colgado ahora del Vaticano, la madre Laura nos recuerda que el bien siempre reinará. El mal siempre hará ruido pero el bien sobrepasa toda consecuencia mala. Que en el corazón del hombre siempre está la bondad de Dios hacia los mismos hombres».

«Es una gran esperanza --comenta el padre de una familia que ha venido desde Bogotá, Colombia-- el saber que el Señor hace grandes cosas en las personas humildes». La proclamación de este nuevo ejemplo de santidad para un sacerdote colombiano, Jaime Iván “me recuerda que yo también soy enviado de los más necesitados. Enviado donde nadie llega. Para la Iglesia la Madre Laura es también un ejemplo de misión, de entrega y sacrificio».

«Destacaría en ella --destaca Jaume otro peregrino venido de Medellín-- el sentimiento de solidaridad y de compromiso con las clases de los más necesitados, con los grupos étnicos minoritarios. Esa vivencia de la fe cristiana que cubre todos los aspectos de nuestra vida también y sobre todo la dimensión social, que es lo más importante».