La actividad política también puede ser una «eminente forma de caridad», recuerda el Papa

En su discurso al nuevo embajador de Albania ante la Santa Sede

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CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 2 octubre 2006 (ZENIT.org).- También la actividad política, si se vive como servicio desde la perspectiva del bien común, es una forma de caridad, confirma Benedicto XVI.

Pronunció estas palabras al recibir, el viernes pasado, las Cartas Credenciales del nuevo embajador de Albania ante la Santa Sede, Rrok Logu.

Ingeniero civil y profesor universitario, el diplomático –de 44 años, casado y padre de dos hijos- ha desarrollado, desde hace más de diez años, diversas responsabilidades en el marco de «Caritas» y ha sido consultor de la archidiócesis de Tirana-Durres para las relaciones con las instituciones estatales.

En sus palabras al nuevo embajador, el Papa dirigió su pensamiento al pueblo albanés, «cuya aspiración a la verdad y a la libertad» «no se suprimió ni por la larga y pesada dictadura comunista, de la que ha salido hace no muchos años».

«Para crecer en un clima de auténtica libertad se necesita un contexto ético-espiritual adecuado, fundado en una concepción del hombre y del mundo que refleje de ellos su naturaleza y vocación», recalcó.

El Santo Padre apreció que el diplomático hubiera subrayado previamente, tanto aludiendo al pasado como al presente, «lo importante que ha sido la presencia y la obra de la Iglesia católica en Albania para la promoción de la fe y de los valores espirituales, así como para el apoyo de múltiples situaciones de necesidad».

Y aludió en este punto a la Madre Teresa [de Calcuta] –albanesa de nacimiento-, beatificada por su predecesor.

«Con el testimonio de una vida evangélica y con el valor desarmante de sus gestos, de sus palabras y de sus escritos, esta hija predilecta de Albania anunció a todos que Dios es amor y que ama a cada hombre, especialmente al pobre y abandonado», reconoció Benedicto XVI.

Y es que «es precisamente el amor la verdadera fuerza revolucionaria que cambia el mundo» -añadió-; es de este amor del que la Iglesia «intenta dar testimonio con sus obras educativas y asistenciales, abiertas no sólo a los católicos, sino a todos».

Se trata del «estilo que enseñó Jesucristo –recordó Benedicto XVI-: esto es, el bien debe hacerse por sí mismo, y no por otros fines».

Al aludir al compromiso de la Iglesia «en el ejercicio del amor evangélico», el Papa quiso «recordar que una eminente forma de caridad es la actividad política vivida como servicio a la polis, a la “cosa pública”, en la perspectiva del bien común».

«Tal servicio se sienten llamados a desarrollar los católicos, especialmente los fieles laicos, en el respeto de la legítima autonomía de la política y colaborando con los demás ciudadanos en la construcción de una nación próspera, fraterna y solidaria», explicó.

Antes de concluir, el Papa alentó a Albania en su aspiración a integrarse institucionalmente con las naciones europeas, a las que se siente «ligada no sólo por motivos geográficos, sino sobre todo por razones histórico-culturales».

En cuanto a las relaciones oficiales Iglesia-Estado, mostró su satisfacción por la normativa aprobada a fin de hacer efectivo el Acuerdo de 2002 entre la Santa Sede y la República de Albania, y añadió su deseo de que le sigan oportunos acuerdos orientados «a regular también los aspectos económicos que revisten no poca importancia».

Y es que, de tal forma, la Santa Sede quiere «contribuir a la consolidación en Albania del Estado de Derecho y del necesario marco jurídico para el verdadero ejercicio de los derechos de los ciudadanos en el marco religioso», especificó el Santo Padre.

«Ello favorecerá además la convivencia entre las diversas confesiones religiosas presentes en el país -advirtió-, que han sabido ofrecer hasta ahora un ejemplo de recíproco respeto y colaboración, que hay que conservar y promover».

Entre 1990 y 1992 Albania cerró 46 años de régimen comunista e inició su andadura democrática, no sin dificultades. El principal problema del país es la pobreza. Su territorio registra más de tres millones y medio de habitantes: el 50% son musulmanes, el 25% ortodoxos y el 15% católicos.

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ZENIT Staff

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