Dios se enamoró de la humildad de María, explica el Papa

En el día de la Inmaculada Concepción

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CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 8 diciembre 2006 (ZENIT.org).- Dios se enamoró de la humildad de María, escogiéndola para ser la Madre de Cristo, explicó Benedicto XVI al rezar el Ángelus en el día de la Inmaculada Concepción.

Reconociendo que se trata de «una de las fiestas de la bienaventurada Virgen más bellas y populares», explicó en el sentido de esta solemnidad al dirigirse a los miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.

Hablando desde la ventana de su estudio, afirmó: «no sólo no cometió pecado alguno, sino que quedó preservada incluso de esa común herencia del género humano que es la culpa original, a causa de la misión a la que Dios le había destinado desde siempre: ser la Madre del Redentor».

Según el obispo de Roma, el fundamento bíblico del dogma de la Inmaculada Concepción «se encuentra en las palabras que el Ángel dirigió a la muchacha de Nazaret: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”» (Lucas 1,28).

«Llena de gracia», consideró, «es el nombre más bello de María, nombre que le dio el mismo Dios para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la elegida, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, “el amor encarnado de Dios”».

«¿Por qué entre todas las mujeres, Dios ha escogido precisamente a María de Nazaret?», preguntó el Santo Padre.

Reconoció que «la respuesta se esconde en el misterio insondable de la divina voluntad». Ahora bien, añadió, «hay un motivo que el Evangelio destaca: su humildad».

Lo reconoce incluso María en el «Magnificat», su cántico de alabanza: «Engrandece mi alma al Señor… porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava».

«Sí, Dios se sintió prendado por la humildad de María, que encontró gracia a sus ojos –reconoció–. Se convirtió, de este modo, en la Madre de Dios, imagen y modelo de la Iglesia, elegida entre los pueblos para recibir la bendición del Señor y difundirla entre toda la familia humana».

«Esta “bendición” es el mismo Jesucristo –aclaró–. Él es la fuente de la “gracia”, de la que María quedó llena desde el primer instante de su existencia».

«Acogió con fe a Jesús y con amor le entregó al mundo –recalcó–. Esta es también nuestra vocación y nuestra misión, la vocación y la misión de la Iglesia: acoger a Cristo en nuestra vida y entregarlo al mundo «para que el mundo se salve por él».

El Papa concluyó señalando que «la fiesta de la Inmaculada ilumina como un faro el período de Adviento, que es un tiempo de vigilante y confiada espera del Salvador».

En este período de preparación de la Navidad, exhortó, «miremos a María que brilla como signo de esperanza segura y de consuelo para el pueblo de Dios en camino».

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ZENIT Staff

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