El Papa alienta la acción coherente del seglar en la vida pública

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Envía su saludo al IX Congreso Católicos y Vida Pública (Madrid, 16-18 noviembre)

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MADRID/CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 19 noviembre 2007 (ZENIT.org).- Participantes y organizadores del IX Congreso Católicos y Vida Pública han recibido el aliento de Benedicto XVI a renovar sus esfuerzos «para resaltar la necesidad indispensable de oír la voz de Dios y respetar los valores supremos anteriores a todo derecho en todos los ámbitos de la vida».

 

El Santo Padre anima igualmente el empeño «para fomentar la toma de conciencia» de la citada «verdad fundamental en los diversos sectores de la sociedad y de la cultura».

Leyó el mensaje papal, con la firma del Secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Tarcisio Bertone, el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, al clausurar el domingo las tres jornadas de este encuentro que, por noveno año consecutivo, ha organizado la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) y de la Fundación Universitaria San Pablo–CEU.

«Dios en la vida pública. La propuesta cristiana» fue el lema de esta edición, que ha contado con más de 1.500 participantes inscritos, 57 ponentes, 200 comunicantes y miles de internautas.

A partir del tema central, se articularon ponencias y concurridas mesas redondas sobre «Laicidad y laicismo en la sociedad democrática», «Los límites del poder en la democracia», «Occidente contra Occidente», «Ciudadanía Cristiana: libertad y conciencia». De todo hizo un resumen práctico el cardenal Rouco con su intervención «Exigencia y compromiso del católico en la vida pública».

El concepto de «vida pública» «no se ciñe sólo al contexto del Estado o de la comunidad política, sino que se extiende a toda la realidad social en su conjunto», explicó el purpurado

Retos

Trazó la situación actual de la sociedad española, marcada por un «laicismo radical» que envuelve todo y llega a cuestionar «el contenido de algunos derechos fundamentales», así como «cualquier intento de fundamentar sobre un base supra-política, excluyendo por supuesto toda referencia a un principio trascendente, el Estado democrático de derecho».

A este laicismo, que también arrinconar la fe, se añade el relativismo moral tejido de juicios formulados e impuestos –cultural, social, política y jurídicamente, sucesivamente– «según los intereses más diversos de individuos y grupos».

El «individualismo egoísta, utilitarista y socialmente insolidario» está dibujando también la sociedad actual, en la que además, según el cardenal Rouco, los nuevos sistemas de comunicación y de la nueva economía se utilizan con metas egoístas del poder económico, cultural y político.

De la propagación del relativismo ya había advertido, en la inauguración del Congreso, el nuncio apostólico, el arzobispo Manuel Monteiro de Castro, así como del peligro de «dejar de dar testimonio», pues «si las verdades son muchas» parece que «ya no hay necesidad de misionar».

Respuesta necesaria
Retomó este punto el cardenal Rouco advirtiendo de la necesidad del compromiso del seglar en el «testimonio explícito de la fe profesada», haciendo así «visible y posible» la presencia de la Iglesia en el mundo como el gran signo de la verdad de Cristo.

Empezó así a sintetizar la «exigencia y compromiso del católico en la vida pública», alertando de que sólo es alcanzable la plena libertad religiosa y de la Iglesia cuando el seglar católico toma conciencia del valor fundamental de esta libertad para el bien de la persona y de la sociedad.

Pero para transmitir la fe es necesaria una «libertad íntegra e integral, no sólo reducida a mínimos formales del ordenamiento jurídico –puntualizó el purpurado–, sino la posibilidad real de vivirla y expresarla en todos los ámbitos de la vida pública».

El destino del hombre y de la sociedad contemporánea se juega en «espacios esenciales» –prosiguió– donde es apremiante el compromiso de los laicos, como es el relativo a la necesidad de fundamentar en un plano trascendente la legitimidad de la existencia y de la autoridad del Estado.

Éste es el «punto más urgente que reclama el compromiso intelectual, cultural y específicamente político del seglar católico», subrayó el cardenal Rouco, señalando la urgencia de un retorno del Derecho Natural.

«Asumir la concepción y la realización práctica del matrimonio y de la familia como institución natural anterior al Estado y como primera célula de la sociedad» es otro de los campos de compromiso necesario, que «se extiende al derecho de los padres a poder ejercer su paternidad» también en el terreno educativo. «Los hijos no son del Estado ni de la sociedad; son de sus padres», advirtió.

Y el compromiso del seglar por un orden internacional al servicio de la unidad solidaria y de la paz es «de especial gravedad» en España para un católico que, consciente de su responsabilidad evangelizadora en la vida pública, no puede dudar de la valoración ética del terrorismo ni del reconocimiento de las exigencias «de guardar generosamente el bien de la unidad multisecular» –puntualizó el cardenal Rouco– recibida «de una fecunda historia común».

Principios no negociables
«Es el momento de tomar conciencia», expresó el presidente de la AcdP al despedir el Congreso en que se ha podido recalcar que «la razón de ser de la autoridad política y la justificación moral de su ejercicio debe ser siempre la defensa y la promoción del bien integral de los ciudadanos, la defensa y la promoción de la dignidad de la persona humana, el reconocimiento de los derechos fundamentales que le son propios».

Invitó a prestar especial a los principios que no son negociables, tales como «la protección de la vida humana en todas sus expresiones –desde el momento de la concepción hasta la muerte natural–, el reconocimiento y la promoción de la estructura natural de la familia –como unión entre un hombre y una mujer basada en el matrimonio–, su defensa frente a los intentos de la ley civil de equipararla a formas radicalmente diferentes de unión que en realidad contribuyen a desnaturalizar y tergiversar la institución familiar».

A estos principios no negociables añadió «la protección de la libertad de enseñanza y más específicamente el respeto de los derechos de los padres a educar a sus hijos, y sobre todo la defensa frente a las pretensiones de adoctrinamiento desde el poder político».

«Son principios insertos en la naturaleza humana, y por lo tanto forman parte del patrimonio ético de la civilización», concluyó.

Por Marta Lago

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ZENIT Staff

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