La verdad a comunicar al enfermo incurable, según monseñor Sgreccia

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Presidente de la Pontifica Academia para la Vida

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CIUDAD DEL VATICANO, martes, 26 febrero 2008 (ZENIT.org).- No sólo una «verdad clínica», sino «una verdad global» del valor que tiene el final de la vida y la esperanza que la sostiene: es la información a la que tiene derecho el paciente incurable, advierte el presidente de la Pontificia Academia para la Vida (PAV).

Éste ha sido el eje de la intervención del obispo Elio Sgreccia, la última del Congreso Internacional que celebra la PAV en el Vaticano el 25 y 26 de febrero sobre el tema: «Junto al enfermo incurable y al moribundo: orientaciones éticas y operativas».

Como explica el prelado a Zenit, núcleo de su amplia ponencia es reconocer «cómo se vive el pensamiento de la muerte cuando se tiene salud», «cuando se es joven, niño o adolescente».

«Este momento lo considero esencial para poder afrontar la muerte cuando llega –admite–, porque con la muerte hay que hacer las paces cuando se vive», ya que «si se sabe contemplar adecuadamente la muerte, se sabe valorar en su verdadera luz y se sabe también dar sentido a la vida».

La desorientación al afrontar el tramo final de la vida procede de «no haber anticipado un concepto de muerte en nosotros mismos que esté abierto a la esperanza, a lo positivo, y por lo tanto sostenido por el amor», considera.

Y «transformar este rostro de la muerte hay que hacerlo cuando aún hay vida; no se puede esperar al último momento», pide. En cualquier caso, incluso entonces «debemos dar lo mejor de nosotros, y por lo tanto el diálogo, la verdad no sólo clínica -«cómo estoy, cómo me siento, mejor o peor que ayer, cuántos días me quedan…»», expresa el prelado.

Se trata de «la verdad global: la del valor que tienen esos días, la de la esperanza que tenemos enfrente, la del momento del encuentro con Dios, si especialmente el paciente está abierto a la fe –explica–; si no, hay una labor que hacer para orientar, si es posible, hacia lo positivo, hacia el acto final de la propia vida».

Monseñor Sgreccia es consciente de que tal momento «probablemente la política no lo toma en consideración, y la economía incluso lo considera nada -es más, dinero perdido»; en cambio, «para quien tiene sentido del valor de la persona, es el momento más frágil, pero el más precioso».

Obstáculos a la verdad de la muerte

«Rechazo» es la palabra con la que monseñor Sgreccia, en su intervención, sintetiza la dificultad de la sociedad y del individuo sano para manifestar la verdad de la muerte al enfermo.

Lo provoca la sinergia de diversos factores, tales «como la secularización de la cultura y de la sociedad», «la experiencia del bienestar» y «el aumento de la vida media» en los países desarrollados».

El resultado del que advierte el prelado es la fuga del pensamiento de la muerte y del sufrimiento, mientras que, «paradójicamente, se desecha con facilidad la vida de otros como algo sin valor o se inflige con igual facilidad la muerte para proteger la propia efímera satisfacción y el disfrute de la propia libertad».

Se oculta la presencia de la muerte, pero «se pone énfasis en la salud, en la productividad y en la organización del tiempo libre», constata.

También la práctica médica contemporánea, tan avanzada, por ejemplo en los países occidentales, muestra el mismo rechazo a la muerte: «antes considerada como evento natural en el ámbito mismo de la medicina, hoy se considera como fracaso, limitación, falta de éxito», advierte.

El obispo Sgreccia señala además el problema del rechazo de la muerte en quien está sano. «Debemos preocuparnos, sobre todo, de iluminar el misterio de la muerte en el ánimo de los chavales, de los adolescentes, de quien goza de salud, con la verdad que nos libera», pide.

Y es que los que «han hecho las paces con el dolor y con la muerte se sienten llevados a ayudar a los que concretamente se encuentran en el dolor y en la muerte, se abren al diálogo y al servicio»: «es el mundo de la solidaridad positiva, formado por cuantos, habiendo aceptado la propia cruz, con la fuerza del amor dentro de sí, ayudan a los demás a llevar su cruz», describe.

Atención al mundo paralelo que se percibe, en cambio, «de cuantos huyen del dolor, de una vida irremediablemente comprometida por la aproximación de la muerte» –alerta el prelado–, porque tal «fuga exterior y social denuncia una fuga interior» que se traduce en «el vacío en torno al enfermo incurable» y en la «antisocialidad», en la marginación de enfermos, de discapacitados, en la eutanasia eugenética de neonatos deformes o la eutanasia terminal y social de enfermos incurables.

De ahí la importancia de «edificar en el ánimo del joven y del adulto una «paz» con el dolor y con la muerte», cosa que implica «un camino pedagógico que se realiza con el esfuerzo de la razón y de la voluntad en el plano natural, y también con una maduración de fe en el plano sobrenatural», aclara monseñor Sgreccia.

La verdad en el enfermo y el moribundo

Vista la necesaria verdad en relación con el sentido de la vida y en la construcción de un sentido positivo del dolor y de la muerte, el presidente de la Pontificia Academia para la Vida recuerda la función de la verdad que debe acompañar asimismo el diagnóstico y la terapia del enfermo.

Apunta, a la luz de la moral católica, diversas indicaciones, partiendo de que «la relación médico-paciente se basa en la confianza».

«Existe, por un lado, un deber de justicia de que el médico» «debe revelar las verdades relacionadas con el objeto de la relación misma –enuncia–; por parte del paciente, en cambio, existe un derecho a la información, convalidado ya también por las leyes y normas internacionales y códigos deontológicos».

«Obligación moral» y «derecho jurídico» que «no comportan que deba decirse todo aquello que el médico pueda saber –precisa–, sino aquello que tiene relevancia para la compresión del estado real de la persona y de la gravedad de la situación».

«Es obvio, por ello, que hay que evitar la mentira; es debido que la realidad de la situación, en los límites de los conocimientos verificados, se exponga, evitando la comunicación drástica, pero dando paso a la esperanza, y deberá dar siempre garantía de cercanía y asistencia, porque si es verdad que la justicia exige la verdad, es también cierto que tal comunicación debe estar acompañada de la caridad», aclara.

Un solo acto: conclusivo e inicial

Llegados a la proximidad a la muerte, visto ya el deber de comunicar, lo más relevante en este punto es cómo comunicar, indica monseñor Sgreccia.

Son conocidas –por todos los que asisten psicológicamente a los enfermos graves– las fases, que cita el prelado, de negación, ira, negociación, depresión y aceptación.

En ésta última, el prelado advierte de la importancia de que exista una reflexión metafísica del morir y un anuncio de la muerte en clave salvífica y escatológica.

Y es que «no basta con hablar de la muerte como un hecho –subraya–, sino que hay que hablar de ella como un acto, y en cuanto acto humano», «que se concentra sobre todo en la agonía» y que «hay que considerarlo en su profundo espesor».

«Solemnísimo y sagrado instante» es el acto del morir –define–; «debemos contemplarlo con recogimiento y con amor».

«En este instante se contiene todo el tiempo del moribundo que, en un solo acto, puede ver la totalidad de la propia vida –apunta–. Para el creyente este acto traslada a la Pascua de Cristo la totalidad de la vida personal desde la inmanencia terrena a la trascendencia de la eternidad: es acto conclusivo e inicial: el nuevo nacimiento».

De ahí que «la
gran «información» que debe iluminar y reforzar las conciencias de los hombres es el anuncio de la Muerte y Resurrección de Jesús que abre el acceso a la vida plena de la eternidad», según el plan divino, concluye.

Por Marta Lago

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ZENIT Staff

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