Elección y funciones del Patriarca di Moscú

Entrevista con Giovanni Codevilla, autor de un libro sobre el Patriarcado ruso

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ROMA, lunes, 26 enero 2009 (ZENIT.org).- Este domingo, jornada de clausura del Octavario por la Unidad de los Cristianos, el Concilio de la Iglesia Ortodoxa se ha reunido para la elección del sucesor del patriarca Alejo II.

Para comprender mejor el proceso de elección y sobre todo las funciones del patriarca, ZENIT entrevistó a Giovanni Codevilla, que hace poco publicó un libro en italiano titulado «El zar y el patriarca. Las relaciones entre trono y altar en Rusia desde los orígenes a nuestros días» («Lo Zar e il Patriarca. I rapporti tra trono e altare in Russia dalle origini ai giorni nostri», editorial La Casa di Matriona), en el que reconstruye las relaciones Iglesia-Estado en la historia de Rusia.

Codevilla es profesor de Derecho Eclesiástico Comparado y Derechos de los Países de Europa Oriental, en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Trieste, Italia. Ha escrito numerosos libros sobre política y religión en Rusia.

–¿Puede explicarnos cómo se elige al Patriarca?

–Giovanni Codevilla: En la Iglesia Ortodoxa Rusa que, como se sabe, estuvo privada de la dirección patriarcal desde los tiempos de Pedro el Grande hasta principios de la etapa comunista, no hay un procedimiento definido para la elección del Patriarca.

En el Concilio local de 1917-1918, el nombre del nuevo Patriarca Tichon fue extraído a suertes entre una terna de candidatos elegidos con el voto secreto de los obispos, los representantes del clero, los monjes y los laicos. En la etapa soviética, los patriarcas eran elegidos de facto por el régimen.

En 1943, el metropolita Sergio fue elegido Patriarca por un simple Concilio episcopal con votación pública y, en 1945, Alejo I, único candidato, fue elegido, siempre con voto público, en un Concilio local, con sólo los votos de los obispos, los cuales por otra parte, para salvar el principio de conciliaridad, declararon expresar su voto también en nombre de los representantes del clero y de los laicos.

En 1971, el Patriarca Pimen, único candidato del agrado del Partido Comunista, fue elegido en un Concilio local, en el que participaron también los representantes del clero y del laicado, pero en el que votaron sólo los obispos, aunque también en nombre de los otros delegados privados del derecho a voto.

El Concilio local de 1990 deliberó la vuelta al escrutinio secreto, e instituyó un procedimiento electoral bastante complicado, diferente del de 1917-1918, que llevó a la elección Alejo II, aunque con el voto también de los laicos, incluídas mujeres, de los representantes de los monasterios, y de los institutos teológicos.

El próximo Concilio local, convocado para los días 27-29 de enero, precedido del Concilio Episcopal los días 25-26 de enero, definirá algunos detalles sobre el modo de elección del patriarca.

–¿Puede explicar brevemente los poderes y funciones del Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa?

–Giovanni Codevilla: El Patriarca tiene sobre todo un poder de representación de la Iglesia Ortodoxa Rusa, mientras que el verdadero poder de decisión corresponde en general a los concilios, tanto locales (los más importantes) como sobre todo episcopales, y al Santo Sínodo, órganos de los cuales, en todo caso, el Patriarca es presidente.

El Estatuto de la Iglesia Ortodoxa Rusa de 2000 afirma que el Patriarca dirige la Iglesia junto al Santo Sínodo, con el que convoca los concilios.

Al Patriarca se le atribuyen numerosos poderes, que sin embargo son más formales que sustantivos; por ejemplo, es el responsable de llevar a la práctica las decisiones conciliares y sinodales, representa a la Iglesia en las relaciones con los supremos órganos del Estado, y emana los decretos de nombramiento de los obispos diocesanos que, sin embargo, son elegidos por el Santo Sínodo, el cual ejerce, en cambio, un poder efectivo.

Es una consecuencia de la prevalencia del principio de conciliariedad (sobornost) que caracteriza la gestión de la Iglesia Rusa y se distingue de la jerárquica propia del catolicismo.

–Como se ve claramente en su libro, en las Iglesias Ortodoxas la relación entre poder civil y religioso se inspira en el principio de la «sinfonía». ¿Hay de verdad armonía entre Estado e Iglesia?

–Giovanni Codevilla: La idea bizantina de la sinfonía entre trono y altar –nunca negada a nivel teórico y doctrinal- tuvo en Rusia una aplicación bastante limitada en el tiempo, y precisamente en el periodo que va desde la institución del Patriarcato de Moscú (1589) al gran cisma de los Antiguos Creyentes (1654).

El resto de la historia rusa se caracteriza en cambio por una total subordinación de la Iglesia al Estado, que se agravó sobre todo con la llegada al trono de Pedro el Grande, quien a principios del siglo XVIII decide abolir el Patriarcado e instituir en su lugar el Santo Sínodo, regido por un laico nombrado por el emperador. La Iglesia se convierte así en una especie de ministerio estatal, totalmente privada de su autonomía.

La decisión del emperador, que parte de una concepción completamente extraña a los valores religiosos, crea en la sociedad rusa una fractura que persiste todavía. La concepción de Pedro el Grande, en última instancia, en mi opinión, es una de las premisas del desarrollo futuro del concepto bolchevique: no es casualidad que la figura de este emperador encuentre plena exaltación en el periodo comunista. 


–¿Qué piensa del comportamiento de la jerarquía ortodoxa rusa durante el poder soviético?

–Giovanni Codevilla: Este es un tema muy delicado. En primer lugar, no se puede hablar genéricamente de un comportamiento de la Iglesia Ortodoxa. Hay que distinguir entre la actitud de una parte relevante de la jerarquía, nombrada en realidad por el régimen comunista, y el de millones de sacerdotes y fieles que eligieron rechazar todo cálculo político y testimoniar la propia fidelidad a la Iglesia, pagando con la tortura y el martirio. Esto vale también para buena parte de la jerarquía nombrada antes de 1917, y en los años inmediatamente posteriores, que fue eliminada físicamente (pienso sobre todo en 1937-1938).

Creo que la Iglesia sobrevivió gracias al ejemplo de esta legión de hombres y mujeres, laicos y consagrados, y también miembros de la jerarquía. Las decisiones determinadas por el cálculo político, en realidad, y me refiero en concreto al metropolita (luego patriarca) Sergio, estaban llevando no ya a un ‘modus vivendi’ con el Estado sino a ‘modus moriendi’ de la Ortodoxia. Aunque sea paradójico, hay que reconocer que la agresión alemana, y la consiguiente tregua antirreligiosa (la llamada Nep religiosa estalinista), permitió la supervivencia de las Iglesias.

Traducido del italiano por Nieves San Martín

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ZENIT Staff

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